Reseñas — 10 noviembre, 2008 at 9:32 am

El juego de las golondrinas (Zeina Abirached)

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Portada
El juego de las golondrinas (Zeina Abirached). Sins entido, 2008. Rústica. 192 págs. B/N. 17 €


El juego de las golondrinas consiste en abandonar el lugar donde han nacido y han sido criadas para retornar a él año tras año. Y así sucede con los protagonistas de esta historia de Zeina Abirached, que nos pone en la piel de gentes que viven su vida en Beirut, una ciudad llena de bullicio y movimiento, hasta que la guerra llega para instalarse de forma permanente, alterando por completo sus rutinas y quehaceres diarios. Nada vuelve a ser lo mismo: una lucha que parecía agotada antes de empezar, se prolonga en el tiempo, convirtiéndose en el centro de su exitencia ya que pone límites y acota cualquier actividad a realizar. Así, las casas han cambiado no sólo por fuera, acolchadas por sacos de arena, costurones de ventanas cerradas a cal y canto, marcadas por los impactos de todo tipo de proyectiles, sino que sus interiores se han convertido en reductos. La vida se realiza en pequeños núcleos donde las paredes son más anchas y reforzadas, o en aquellas que quedan más alejadas de las líneas de tiro. Ir de un lugar a otro se ha convertido en algo para lo que hay que elaborar un complicado plano de actuación, consistente en ir aprovechando muros de edificios, bidones estratégicamente colocados y carreras contrarreloj para evitar a los mortíferos francotiradores, apostados en rincones desde los que dominan toda la calle.

Justo así comienza este tebeo, como si fuésemos acercándonos en uno de esos travellings tan típicos en las películas bélicas: una avenida da paso a un tramo de la calle por la que paseamos, desierta, echando vistazos a ambos lados para constatar la desolación que aportan los bidones (en los que ya han empezado a crecer hierbajos, tanto es el tiempo que llevan ahí colocados) que nos dejan ver las marcas de los balazos, los sectores en lo que se ha dividido la cuidad, hasta llegar a la negritud del interior de la casa de la abuela de los niños que narran la historia. Sus padres han ido a verla pero no saben cuándo van a a poder regresar y eso que vive, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Ellos comienzan a impacientarse hasta que por su casa -o por lo que queda habitable de ella- empiezan a circular todos los vecinos del edificio en un ritual diario, maracado por: la hora, la puesta en marcha del generador, la cena, el cariño surgido de la necesidad y del sentimiento de pertenencia y seguridad y de los ataques con misiles.

Así vemos lo que bien podría ser una representación de aquellos habitantes de Beirut antes y después del conflicto: sus vidas anteriores y cómo son ahora, vistas bajo el prisma de dos pequeños hermanos, que sufren las tensiones de los adultos que les rodean, pero que -al tiempo- son capaces de sacar la parte más positiva de este entorno humano, que se ha convertido en una especie de familia aumentada, llena de color y de historias por contar, que hacen que esas tardes horribles y espantosas tengan olor a café y dulces recién hechos, se llenen de humo y de fragmentos de Cyrano, de preocupación y de sonrisas, enmarcado todo ello por el mundo exterior, a veces lejano pero siempre omnipresente y por la habitación y el tapiz que representa la huida de Egipto de Moisés y los hebreos… [que] ya estaba colgado en la entrada y [bajo el cual] no podía pasarnos nada malo . Y como gran parte de la historia se desarrolla en esa entrada, el tapiz aparece como resguardo mágico de toda la gente allí congregada.

Interior
La edición de Sins Entido, dentro de su colección Sin_Nosotras, es impecable.


A la hora de analizar el dibujo de Zeina Abirached lo primero que se nos viene a la mente es la influencia de Marjane Satrapi, cuya sombra parece muy alargada. Y sí, es innegable cierto parecido con la autora de la aclamada Persépolis o Pollo con ciruelas e, incluso, me atrevería a decir con David B. (¿no les recuerda su estilo como un eco, o es sólo cosa mía?), pero la autora ha conseguido dotar a su dibujo de una personalidad propia, sin dejar de lado sus influencias, con personajes bien definidos, de rasgos y características propias que dejan salir al exterior lo mejor de sí para conseguir hacer más llevadera una situación insostenible. El juego de blancos y negros es aún más acusado que en las obras ya citadas, formando parte indisoluble de lo narrado, aportando contraste, haciéndonos sentir parte de esa oscuridad que es parte diaria en sus vidas.

Por todo ello, y a pesar de los primeros prejuicios que no juegan a su favor (pero que se disuelven a los pocos minutos del inicio -y disfrute- de su lectura) este El juego de las golondrinas engancha desde el primer instante, trabajando con cuidado y equilibrio los momentos de drama con los de comedia costumbrista, en los que no perdemos de vista nunca el telón de fondo, la guerra, el marco que engloba toda la historia y que se convierte en protagonista, tanto como cualquiera de las personas que comparten situación, tristeza, sufrimiento, ilusiones y esperanzas.

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Bueno, este es el nivel medio que habría que pedir a cualquier tebeo


Mar