Opinion — 28 enero, 2014 at 9:00 am

NO ME ESCUCHÁIS (III) Flor de sal

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En la cocina con Alain Passard


Pongo un caldito al fuego, una sopa-espectáculo que va a templarme el medio día que me queda tras despertar a las tantas luego de una noche de extravío, sin cenar, y entre que hierve el domingo muy someramente (en los domingos no hay más que un par de apios y una carcasa) recupero un libro al que no presté atención en su momento y que está resultando de una altura impensable en su sinopsis, que es la de un dibujante bailándole el agua a un cocinero de altos vuelos.

En la cocina con Alain Passard es un reportaje proteico que entre la pincelada psicologista, la anécdota y el dibujo musical tan deshinibido de su autor se simula un cuaderno de notas dorado al horno, cambiante, aunque en verdad le ha costado a Christophe Blain tres años de ponerse morado como la cubierta de este libro que le ha salido en la que aparece el cocinero como un torero citando a la bestia del hambre.

Christophe Blain me parece –con Blutch– el mejor dibujante con que cuenta el cómic contemporáneo. Es –como Blutch– notable en el ensayo y en la ficción, pulsa la comedia con gracia enorme, mantiene un trato exquisito con su propia memoria y lo mismo podría estar en nómina de una revista infantil histórica –si ésta existiera– que parece capaz de una obra de gravedad que todavía no ha dado porque está muy sometido al amor humilde de los géneros. Todos esos talentos suyos vuelven a certificarse en la confección a fuego lento de esta historia sin colisiones ni conflictos, con el teleobjetivo de la emoción puesto en un pez de San Pedro, unas fresas o unas judías verdes, en los avíos que encuentra cuando se asoma al territorio de Alain Passard, este cocinero que no sé quién es pero que cae muy bien en el retrato cortés y preciso que le ha conseguido un dibujante que tal vez está fintando la hagiografía que le han encargado.

Más que un mero recetario que haga al lector sentirse capaz, este libro es político en su apología de la vocación y las vidas plenas de pasiones, que en el caso de Passard se enuncian en el trazo de Blain mientras éste, a su vez, se dibuja e interviene aunque en verdad no se está dejando ver más que en el trabajo fluyendo, porque tiene aprendido del cocinero que a los platos hay que borrarles la mano, esconderles el gesto, dar la pieza autónoma y fresca.

La cocina de diseño, mirada con pelusa por un vulgo suspicaz y cargado de avaricia, presenta modismos irresistibles que emparentan la gastronomía al amor, siendo la una al aparato digestivo lo que el otro al genital, constructos culturales que pretenden dar correa pero mantener bien atado el sistema nervioso, convenciones que vienen bien para domar las tiranías biológicas, y es por eso que leyendo este libro se me ha abierto el apetito pero sobre todo me ha entrado el gusanillo, porque esto no solo me ha parecido un tebeazo sino una excelente obra erótica a no ser que sea yo que me estoy haciendo gallina vieja.


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