Reseñas — 15 enero, 2014 at 9:00 am

Diario (Loris Z)

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Damos la bienvenida a un nuevo colaborador, Berliac (Buenos Aires, 1982), autor y estudioso del cómic residente en Noruega. Ha colaborado en fanzines y numerosas antologías, participado en exposiciones en diversos países y es autor de un buen puñado monografías, entre ellas Playground, editada en España por Edicones Valientes en 2012.

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Diario (Loris Z). La Pinta, 2013. Rústica. 15 x 21 cm. 260 págs. B/N. $ 80

Casualmente en Diario de Andrés Fava, Julio Cortázar decía algo así como que “es maravilloso ver ‘el mundo en un grano de arena’, según los versos de William Blake, pero cuánto más maravilloso es ver el grano de arena por lo que es, un grano de arena”. Mientras que otros autores reconocidos del género (Jeffrey Brown o Gabrielle Bell), buscan expresar la magia presente en los pequeños momentos de la vida cotidiana (es decir, ven “el mundo en el grano de arena”), en su Diario, Loris Z nos pone cara a cara con lo contrario, algo que yo mismo menciono en mi libro Cien volando: “las más terribles rutinas en donde la mayor trivialidad golpea con la fuerza de un milagro”. Como tantos argentinos de mi generación, Loris Z parece vivir en esa superficialidad que Boris Vian llamó La espuma de los días, pero cuánto más insiste en narrar lo ocurrido en dicha superficie, tanto más sugiere la idea de una lava que corre por “debajo”, y que en ocasiones se mete por entre las rendijas de la vida moderna.

Uno de los aspectos más interesantes de Diario, de Loris Z, es cómo la vida del autor no se nos presenta como algo que “le toca” vivir (al contrario de la mayoría de la historieta autobiográfica en argentina, en donde la vida es un piano que nos cae desde un balcón y no hay nada que hacer, salvo reir o llorar), sino una negociación entre “lo que puede” y “lo que quiere” para sus días. Es el resultado de negociación cotidiana lo que en todo caso se lee como real, y por eso, que los eventos descritos sean verídicos o no da igual. Los hechos, las rutinas, son tan sólo el pre­texto para lo real, el diario. En Diario dichas rutinas están bien marcadas, y son cuatro: la historieta, el trabajo (el que paga las cuentas), los videojuegos, y los afectos (en particular la familia, en donde mejor se adivina la italianidad del autor). Diario entonces,actúa como una suerte de manual de cómo hacer confluir estas rutinas de forma más o menos armoniosa (de dar congruencia a los días) y sobrevivir en el intento. Aunque a veces el azar hace lo suyo, por ejemplo: historieta, afectos y empleo confluyen en una página memorable, en donde, en su empleo de turno noche, Loris Z se encarga de repatriar los restos de Carlos Trillo.

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Quizá lo más notable del libro sea cómo el autor explora el género mediante la forma. Por esto me refiero a que en todo momento lo que importa es que el libro se lea como un diario, sin confundirse con aquel género similar, el de las memorias. Para ello, primero y principal, Loris Z se ciñe a una premisa que le oí mencionar varias veces a lo largo de nuestra amistad, desde finales de los ‘90, que es la de “una página = una idea”. Cada página de Diario, debidamente fechada, es nada más que un día en la vida del historietista, y en ella se exprime al máximo una idea (temática, visual,tonal, etc), que luego se abandona, muchas veces para no volver sobre ella nunca más.

Otra forma en que Loris Z subraya que estamos frente a un diario, es por omisión o falta de contexto. A modo de ejemplo, encontramos una página en donde vemos al autor sentado en un autobús de larga distancia, volviendo a Buenos Aires. ¿De dónde vuelve? ¿Por qué motivos realizó el viaje? No se nos ofrece respuesta, y eso es casualmente otro de los rasgos distintivo de un diario: al contrario de las memorias, que están pensadas para el lector, un diario es para uno mismo, no hace falta contextualizar nada porque el destinatario el propio autor ­ya sabe de qué está hablando.

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Por último, así como uno cuando escribe en su libreta no va cambiando de lapicera a cada rato, las páginas de Diario están hechas en su mayoría con una sóla herramienta (Pentel recargable), con un resultado que a veces nos recuerda a Raymond Pettibon (basta con ver la página del 22 de febrero, fecha del accidente ferroviario de la estación de Once), Davide Catania (recuerdo un ejemplar de la revista Canícola en las estanterías del autor, cuando compartiamos estudio), e incluso hasta algo de Shi’ichi Abe. Lo que tienen en común estos artistas es el aspecto caligráfico de su dibujo, otra de las características propias del diario: estar escrito a mano, al vuelo, en cualquier momento y lugar. En el comienzo del libro Loris Z nos advierte que se autoimpuso la regla de que cada página esté hecha en no más de una hora. Esto no sólo resalta el aspecto confesional de un diario (cuando uno va al confesionario el tiempo está acotado), sino que al trabajar con contenidos verídicos, como ocurre en un diario, lo que se busca no es solamente hacer pasar hechos por verdades, sino “ser verdadero en el hacer”, es decir, como dibujante, sería bastante presuntuoso creer que dedicándole más de 15 minutos a una viñeta uno puede seguir diciendo la verdad: llega un punto en que el lápiz empieza a mentir, a adornar, y en la historieta sudamericana de hoy, detenerse en el momento justo es una cualidad que muy pocos dibujantes poseen (pienso en Ernán Cirianni, Pedro Franz, o Manuel Depetris). Pautarse una página por hora, entonces, es la forma de Loris Z de no caer en el decoro, de no sólo presentarnos experiencias reales, sino además hacerlo de una forma lo más cercana a la realidad de un diario posible.

En este libro no hay espectacularidad, hay vida. Loris Z no estuvo en el holocausto, ni le ganó al cáncer. Ni siquiera lo dejó la novia. Sólo sufrió el infortunio de vivir en Buenos Aires entre el 2 de junio del 2011 y el 2 de junio del 2012 (la fecha de su cumpleaños). No importa que uno no conozca de antemano a Loris Z, personal o profesionalmente, porque el libro es casualmente la mejor forma de conocerlo. Y para los que sí lo conocemos desde antes (salgo mencionado al menos una decena de veces), nos alivia pensar que quizá existimos solo para salar sus páginas.


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