Opinion — 19 diciembre, 2013 at 9:00 am

FIRMADO MR. J (IX) Un poemario en viñetas

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portada el hombrecito


A Chester Brown, como a tantos otros, lo descubrí gracias al inteligente trabajo editorial de La Cúpula, cuando publicó a mediados de los noventa El Playboy en la nunca suficientemente elogiada colección Brut. Me refiero a que lo pude leer y apreciar al fin de primera mano, pues referencias del historietista de Montreal habían llegado con anterioridad a la piel de toro, y ya andaba uno con ganas de hincarle el diente.

Reconozco que El Playboy no me hizo tilín. Bueno, un poco sí los dibujos, con su finura y delicadeza. También el storytelling de Brown, tan frío, cargado de elipsis y silencios, me llamó la atención, pero la anécdota, aquello del imberbe que se la menea mirando tal o cual playmate y siente luego la punzada de la culpa o la vergüenza… Será que es un asunto que personalmente superé a tiempo, o que ciertas confesiones me parecen insustanciales, el caso es que el tebeo me dejó indiferente.

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Tardé más de una década en volver a catar algo de Brown, y claro está que volvió a ser un cómic de La Cúpula: Louis Riel, la biografía en viñetas del controvertido líder canadiense de la etnia métis. Seco, complejo y meticuloso, el recuento de la vida de Riel es un libro admirable e inesperado, que posee trazas de diversos pioneros de la historieta –de los que Harold Gray viene inmediatamente a la memoria–, pero asimiladas dentro de una personalidad propia. La novela gráfica da noticia de la misma frialdad, la misma falta de humor, el mismo carácter obsesivo del autor de El Playboy, y es precisamente la idiosincrasia de Brown la que trasciende el argumento de ambas obras y las cose en un discurso inaudito, una visión del mundo propia de un genio. Con esta nueva perspectiva, me releí con gozo lo antiguo y salí ipso facto en busca de lo demás, que resultó no ser tanto: Ed, el payaso feliz (La Cúpula, 2006), recopilación de trabajos primerizos y medio surrealistas, y Nunca me has gustado (Astiberri, 2007), una especie de ampliación –o estrechamiento, según se mire– de los límites sentimentales del universo de Brown.

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En 2011, recibí con ansia otra novela gráfica editada por La Cúpula, Pagando con ello, una desapasionada mirada al mundo de la prostitución que suma lo mejor de dos de los extremos ya exhibidos: la confesión y el ensayo. Y hace apenas unos días he leído El hombrecito (La Cúpula, 2013), compilación de historietas cortas firmadas por el dibujante entre 1980 y 1995, más jugosas notas textuales del propio Brown. Solo por “El gemelo”, adaptación de un antiguo cuento gnóstico sobre la iluminación del Jesucristo niño, el tomo merece ya la pena, pero es que se trata de un verdadero poemario lleno de joyas como “Helder”, “Mostrando Helder”, “Knock knock” o “Mi madre era una esquizofrénica”. El hombrecito muestra la evolución de uno de los historietistas fundamentales de nuestro tiempo, es un delicioso testimonio de los años en que Brown buscaba voz y timbre y contiene no pocos hallazgos. Claro está que en el camino encontró la voz, vaya si la encontró.


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