Opinion — 10 diciembre, 2013 at 9:10 am

FIRMADO MR. J (VIII) La función del arte

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portada oh la lart


Acabo de releer, disfrutando a rabiar, la maravillosa compilación de viñetas de El Roto titulada Oh, la l’art!, una suma de estampas satíricas sobre el circo contemporáneo del arte, servida con la elegancia y la hermosura editorial propias de Libros del Zorro Rojo. Y he recordado que en marzo del año 2000 asistí a una conferencia de Andrés Rábago, alias El Roto, ofrecida en un colegio mayor de Madrid. Vivía yo por entonces en la capital y llevaba siempre conmigo una libreta roja y varios bolígrafos. Aquella antigua afición mía de andar con cuadernos en la mano me permite hoy compartir los apuntes que garabateé durante la charla, introducida por el gran Felipe Hernández Cava: “El trabajo de Andrés Rábago es un trabajo que debe hacerse, una obligación en los tiempos que corren”, amén.

Voy directamente a las palabras del conferenciante: “No soy OPS, no soy El Roto, no soy Rábago”. El tema principal era la función de la sátira en la sociedad de la hipnosis: “La hipnosis no es algo nuevo. Hay que reinterpretar lo visto. Desde el nacimiento, nuestra percepción está influida por la experiencia previa. Hoy día más que nunca, con la radio, la prensa, la televisión. Esto es hipnosis”.

Confieso que no tengo –ya me gustaría– ninguna fotografía del evento, pero guardo en la memoria una imagen diáfana del dibujante, sentado en la posición del loto, levitando a un metro de la silla, con los ojos cerrados, el pelo blanco como una aureola de rayos luminosos mientras recitaba, con cadencia parsimoniosa: “La edición es una forma de manipulación. La propiedad de los medios es algo oscuro. La sátira debe ser un cortocircuito en el sistema”. O enumeraba un mantra, del que solo recuerdo las tres primeras sílabas: Goya, Grosz, seguido de una referencia culta: “Sátira viene del latín, satura, satyra, ensalada, una mezcla sazonada”.

el roto


Rodeados como estamos –hasta el hartazgo– de parodias, de imitaciones, de caricaturas, el conferenciante defendió la sátira como una pura literatura de ideas: “La sátira debe sustituir a la caricatura, porque ya se ha despersonalizado el poder. La sátira es una forma de humanismo, con trasfondo moral. La sátira denuncia la mercancía averiada del mercado. La sátira debe ser libre y no condicionada, pero no está libre de peligros. Uno de los peligros del humor y la sátira es lo gracioso. Otro es la avalancha de información, dificulta saber qué es importante y obliga a un cierto seguidismo en la información. La solución es el distanciamiento”. Y fue entonces cuando comprendí que aquel hombre sin nombre era un místico.

Ah, pero es tan fácil caer en la tentación de imponer las ideas propias: “El crítico no debe suplantar la opinión del lector, el lector tiene su propia opinión, hay que crear espacio para que esta aparezca y luego dar la nuestra para reforzar o romper aquellas. Hay que conjugar el trasfondo moral con la estética. Al final quedan los buenos dibujos, con el tiempo el fondo pierde vigencia”. Y se despidió, cómo no, con otro mantra: “España es Goya, Solana, Castelao, Herreros, el vacío”.

No, el vacío no, El Roto.


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