Opinion — 26 noviembre, 2013 at 1:49 pm

FIRMADO MR. J (VI) Un cóctel de libertad

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A medio camino entre el arte surrealista y los dibujos animados de los estudios Fleischer, el universo de Frank –esto es, el universo de Jim Woodring (Los Angeles, 1952)– constituye una de las parcelas más asombrosas del cómic contemporáneo, la prueba más convincente de la potencia y el vigor de las viñetas en un mundo caracterizado precisamente por imágenes. Tiene brillo y frescura, es un ejercicio de libertad creativa y provoca en el lector la sensación de estar invadiendo un territorio virgen, con su ausencia de palabras, su lógica y su gramática interna, y una copiosa variedad de formas en constante mutación.

Tal como reveló Woodring a The Comics Journal en 1993: “Empecé a dibujar cuando tenía cuatro o cinco años, como la mayoría de los niños. El deseo de dibujar algo que no existía previamente tuvo siempre una importancia primordial para mí. Ese era mi objetivo como artista. Es por ello que mi técnica es tan inconexa, porque siempre me concentraba en el contenido y andaba tratando de materializar cosas que no podía ver. Ni siquiera oí hablar del surrealismo hasta que estuve en el instituto, y entonces, en 1968, hubo una enorme retrospectiva de surrealismo en el Los Angeles County Art Museum y asistí con un grupo de estudiantes. Tardé tres días en recuperarme de la experiencia. Me noqueó, me noqueó por completo, no tenía ni idea de que esta clase de cosas ya existieran o se hubiesen hecho. Y era abiertamente lo mismo que yo había estado intentado hacer. Me dio una gran dosis de esperanza porque no me sentí como una completa anomalía. Y por otra parte me llenó de desesperación porque este movimiento lo componía mucha, mucha gente que había hecho ese trabajo increíblemente poderoso, ese retrato físico de cosas invisibles, un trabajo que yo no podía igualar. Y el movimiento llevaba muerto un montón de años, pertenecía al pasado, así que sentí que había llegado demasiado tarde.”

frank tending the machine #1 copy


Pero no es la filiación con una escuela artística determinada lo que ha definido y define el trabajo de Woodring, sino precisamente su singularidad, su firme voluntad –sostenida a lo lardo de los años y las obras– de modelar lo informe, de crear antes que recrear. Hay retazos de iluminación en Frank, aunque nunca frialdad. Las desventuras de estos seres de la imaginación son crueles y tiernas a un tiempo, y es fácil reconocer en ellas las huellas del que ha conocido la rotura y se ha recompuesto. Fran –sin k–, el fabuloso álbum de Fulgencio Pimentel que cierra la obra maestra del dibujante, suma de la premiada “Congress of the Animals” y “Fran”, muestra un abrazo en portada, y es que el afecto quizá sea el tema principal de toda la serie. A la pregunta “¿Cuándo te volviste alcohólico?”, Woodring contesta: “Yo prefiero pensar que nací alcohólico y me hice alcohólico practicante”, y la práctica marcó ocho años de su juventud. No deberíamos pasar por alto la confesión, pues está en el corazón de esta poderosa suma de novelas gráficas. Ya lo escribió Raymond Carver, otro talento que tuvo que lidiar con los tormentos de la adicción: “¿Y conseguiste lo que querías en esta vida? Lo conseguí. ¿Y qué querías? Considerarme amado, sentirme amado en la tierra”.


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