No hacía calidad, sino cantidad



Columba fue, durante muchos años, la editorial argentina más poderosa y popular, ¿cómo era tu relación laboral con la empresa?

Columba era un monstruo. No hacía calidad, sino cantidad. Un montón de revistas, extras… Modestamente, yo era el escritor estrella de Columba, había creado todos sus grandes éxitos, incluso desde el extranjero. Casi nunca vi mis trabajos publicados, porque no me podían enviar las revistas dondequiera que estuviera. Hubo una época en que la política intervino mucho. Yo nunca fui político, pero se me acusó de miles de cosas. Me acusaron de fascista, porque había escrito historias del Vietnam, o sobre legionarios bajo una buena luz… Siempre he creído que los pobres soldados son los imbéciles que van a matarse, y después son los políticos los que crean los héroes. Altuna me calificó de nazi… Dios mío… y el gobierno me calificaba de sionista… y como yo tengo la filosofía de no querer complacer a nadie, dejé que lo hicieran. Total, yo estaba lejos… Con mis ocho años de fábricas, me trataron de enemigo de la clase obrera. Después, unos señores de traje oscuro me visitaron y me preguntaron si era judío, porque había escrito cosas sobre Israel. Me dijeron que tuviera cuidado o volverían. Era un ambiente enfermo, excesivo, intolerante. Los bolcheviques me trataban de capitalista, la derecha de sionista. Madre mía… me dijeron que me uniera al sindicato obrero de la historieta. ¿Qué coño era eso? Les dije: “Todos sois universitarios, vivís con papá y mamá, os pagan la universidad… ¿Qué sabéis de la clase obrera? ¡Nada! Yo fui obrero, toda mi adolescencia y juventud”. Nunca fui muy diplomático.

Los dueños de Columba eran anticomunistas. Ni siquiera sabían lo que era un comunista, como les dije una vez, pero había ciertas normas a la hora de publicar. Por ejemplo, no se aceptaba el suicidio porque era anticatólico. Tampoco el adulterio, ni el sexo… Una vez aparecía un personaje femenino que se duchaba, y le pusieron con bragas y sostén… Ridículo. Me dijeron: “Robin, si no lo hacemos así, el público sentirá que es una procacidad…” Yo les dije: “¡Qué procacidad! Es el culo de una mujer… igual que el nuestro, aunque más lindo, eso sí”. Pero se portaban muy bien, conmigo y con todos. Se cobraba bien, no exigían una calidad perfecta… podían permitírselo. Vendían más de un millón de revistas por mes. Tengo buenos recuerdos de ellos, eran buena gente. Yo vendía, y mucho, y me cuidaban, y yo a ellos, que me enviaban el dinero que me permitía llevar la vida que quería.

Lo malo es que los dos pilares de Columba, Claudio y Ramón Columba, dieron paso a sus hijos. El desastre fue total. Aquella empresa enorme, con imprentas, distribuidoras, bosques, papeleras… tardó exactamente seis años en fundirse. Se cerró y se acabó, pero para entonces yo ya trabajaba para Europa. Eran buena gente, los hijos, pero malos comerciantes. Los padres fueron genios.

Entrevista con Robin Wood en ECC.


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