Reseñas — 11 agosto, 2011 at 11:45 am

Quai D’Orsay (Christophe Blain y Abel Lanzac)

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Quai D’Orsay, tomo 1 (Christophe Blain y Abel Lanzac). Norma, 2011. Cartoné. 96 págs. Color. 17 €.

Christophe Blain es uno de los mejores autores del panorama francés actual. De eso poca duda puede haber tras obras como Isaac el pirata, Gus o Sócrates el semiperro —junto a Sfar—. Por eso es normal que cada nueva obra suya genere unas expectativas altas, y que se le exija en función de su calidad. Quizás por eso este Quai D’Orsay, centrado en la actividad política del ministro de exteriores Taillard de Vorms —sosias de Dominique de Villepin—, deja una sensación algo agridulce, y no porque sea un mal cómic.

Vamos por partes. Sobre el dibujo, nada que objetar. Es impecable, Blain se supera en cada nuevo trabajo y éste no es una excepción. Es una gozada, un muestrario de recursos puramente historietísticos y de la inhumana habilidad de Blain para captar el movimiento humano y deformarlo, la caricatura y la expresividad. Sus personajes hablan tanto o más con las manos —esas enormes manos de Taillard— que con la voz. Leer páginas de conversaciones y monólogos que dibuja resulta apasionante incluso sin prestar atención a los bocadillos porque Blain se esfuerza muchísimo en hacerlas interesantes a través de su dibujo.

Sin embargo, en el guión es donde podemos encontrarle a Quai D’Orsay algunos problemas. Blain, junto a Abel Lanzac, pseudónimo de un exconsejero de Villepin, crea una historia que gira en torno a la personalidad arrolladora del ministro y a la locura que supone trabajar con él para su equipo y concretamente para el periodista Arthur Vlaminck, que entra a trabajar en su gabinete al principio del tomo. Congresos, relaciones diplomáticas, redacción de discursos surrealistas y lecciones de la vida de Taillard se mezclan en un cóctel divertido por momentos, para qué negarlo, pero excesivamente amable. Lo que se presenta como una sátira no llega ni a parodia. Blain y Lanzac, para empezar, hacen un retrato de la política demasiado benévolo, como ya dijo en su reseña Pepo Pérez. Sí, hay cinismo, y las ideas la mayoría de las veces importan poco, pero todo el mundo es demasiado honrado, demasiado bienintencionado, aunque sus intereses sean siempre prácticos; no hay crítica real. Vivimos tiempos en los que ésta es más necesaria que nunca: por eso decepciona aún más que una obra que trata de política sea tan indulgente. Por supuesto, no toda historia política debe ser sangrienta en sus conclusiones, pero si algo se presenta como una sátira, uno espera un poco de saña, como mínimo. La faja que Norma ha colocado a su edición reza “Los políticos… sin micrófonos… tal y como son… unos @#!%”. Y no, en absoluto se ve eso. Ni se cargan las tintas ni se les retrata “tal y como son”. Pueden ser algo mezquinos, raros, concretamente el ministro puede ser un pesado con el que es imposible entenderse… pero no se les ataca, no se “destapa” ninguna verdad oculta, como pretende darse a entender.

En Quai D’Orsay sus autores se ríen con Villepin, en lugar de de Villepin. Ésta es la clave. Se hace humor con aspectos más o menos amables de su personalidad, se le presenta como un excéntrico, y se pretende que el lector pase un buen rato al tiempo que piensa que la política es una locura. Pero nunca se pone en tela de juicio su papel o la honradez de sus ejecutores, al contrario: hay dos momentos clave en los que Blain y Lanzac definen de forma inequícovamente positiva su postura. El primero, una conversación entre Vlaminck y su novia. La chica es la voz crítica, la única voz crítica en realidad, contra el ministro, principalmente porque él es de derechas. En la conversación de cama donde ésta lo cuestiona, el periodista, la voz de los guionistas, en realidad, da la cara por él y destaca su carisma y determinación. Y sobre todo, claro, el final de la historia, en la que el raro de Taillard/Villepin soluciona con determinación una grave crisis diplómatica en un país africano. Todas sus excentricidades e incultura quedan así en un segundo plano al quedar constatado que pese a todo ello, que efectivamente es objeto de amables chistes, el ministro es un hombre capacitado para la política, precisamente por esa personalidad arrolladora que tiene. El mensaje es claro: Villepin mola.

Sigue siendo un buen cómic, pese a todo esto. Con buen ritmo, diálogos divertidos, buenos gags. Y el dibujo de Blain justificaría casi cualquier historia. Pero apena un poco que un autor tan bueno como él se dedique a estos menesteres. Quai D’Orsay es una crónica divertida pero demasiado blanda de un asunto muy serio y en el que, evidentemente, se puede hurgar mucho más de lo que se hace, porque, en realidad, lo que interesa aquí es crear una imagen positiva de Villepin, mucho más que satirizarlo o mostrar la verdadera trastienda de la política, que todos sabemos que es mucho más oscura de lo que aquí se muestra.

24 comentarios

  1. Sin haber visto mas que las páginas que salen en bedtheque, el primer capítulo, y tras la lectura de este artículo, yo diría que Blain se posiciona precisamente en la zona mas dificil de defender hoy día, y es que la política no es por definición igual a corrupción. La serie televiiva “El Ala Oeste de la Casablanca” hace lo mismo, no niega la existencia de la corrupción, pero lo protagonistas creen en lo que hacen en un momento en que lo que hacen falta son gente así. No se si lo habrá planteado Blain de esta forma, pero quiero creer en esta posibilidad, por mucho que la terca realidad se empeñe en llevarme la contraria día tras día.

  2. Algo de eso hay, Emilio, el problema es que sin mostrar la corrupción y posicionándose a favor de la política tradicional como forma de resolver los problemas podría no haber sido tan consdendiente con Villepin, porque la cuestión es que de otros políticos sí se dice que, por ejemplo, están en una reunión de la ONU para pillar subvenciones nada más, que lo demás no les importa… Es una historia demasiado apologética para con su protagonista. Ya me dirás si lo acabas leyendo, en todo caso.

    Un saludo, Emilio.

  3. “Villepin mola”. No sé, creo que el álbum es algo más complejo que esto. Me atrevo a aventurar que el retrato del día a día político es fiel. Al fin y al cabo, la dinámica, las jerarquías, todo el circo, no es muy diferente de cualquier empresa. Y esto no deja de ser una empresa: el negocio aquí es vender imagen, aunque parezca que uno esté haciendo otras cosas.

    El tipo, Villepin, cuyo ego monstruoso dicta la política exterior francesa, es bueno para lo suyo (sin que ello signifique que lo suyo sea bueno, p.e.: ¿ha resuelto el problema en África, o ha puesto otro parche político, otro calmante temporal?); el joven queda deslumbrado desde el primer dia por esa sobredosis de ego y de carisma, y porque sentirse parte del poder debe producir esta especie de efecto. Y de desconexión de la realidad, ahí está la novia para representar esa fractura.

    Por lo demás, diría que hay más voluntad de retrato que de sátira. A lo mejor la fajita que le ha puesto el editor al libro no es la súper gran idea, en este aspecto. En Francia tienen una tradición de sátiras durísimas muy asentada, y no veo en esto la intención -ni la necesidad- de formar parte de ello. Creo que es otra forma de acercamiento: la política no sólo es un nido de corrupción y de servilismo al gran capital, esto ya lo sabemos. Pero además, es una actividad obsesiva, de protocolos y vicios complejísimos, de una tensión insana que, finalmente, es tan inoperante y perjudicial como cualquier otra oscura red de intereses. Y como en ese tópico que dice que la profesión de actor consiste en pasar muchas horas esperando, aquí Lanzac dice que la profesión de político consiste en perder muchas horas reunido.

    Y eso, que contar que la profesión de político tiene un enemigo en su propio funcionamiento, pues ya es algo. Y que hay políticos que esconden sus carencias bajo capas de carisma y golpes de efecto, tampoco huele a mentira. Y etc etc. De una forma que se adivina documentada y fiel. A lo mejor no es gran cosa, pero tampoco es para despreciarlo.

    Y tampoco vamos a tirar el libro a la basura porque al final no pasa lo que queríamos que pasara, no sé: que el Ministro fracasa en África y, a partir de entonces, sombra de lo que fue, disfruta de su poder pero ya no del respeto de los que le secundan; que de repente entra el señor Shell al despacho y el ministro se convierte en un títere y un pelele que trabaja a su dictado; que el ayudante se canse de tanto protocolo y tanta inútil retórica y le manda a la mierda y vuelve con su novia a la vida auténtica y al activismo de base; que se suicide un miembro del gabinete victima de ese ecosistema depredador de personas; que se destape un caso de corrupción y haya un gran escándalo; que estalle la revolución y se porten como fascistas, y etc etc.

    Claro, todo esto podría haber pasado pero no pasa. Y es tan obvio que no pasa, que a lo mejor hay que preguntarse por qué no pasa. Porque poder, podría pasar, ojo, y a todos nos parecería estupendo -que no sorprendente, ja ja. Y no creo que si no pasa sea porque no se les ha ocurrido a los autores, que esta es otra.

    A lo mejor no pasa porque, como dices, el objetivo del libro es hablar bien de Villepin: “Villepin mola”. No sé, quizás. Pero me parece una explicación un poco primaria, un poco fácil, ya te digo.

    A lo mejor quieren limpiar el nombre de la política, ¡la política es gente honrada!… no lo sé. En cualquier caso, no dice explícitamente que los políticos sean corruptos, pero tampoco dice que no lo sean. Y no me parece un libro trufado, precisamente, de personajes positivos.

    A lo mejor la intención es otra, ¡quien sabe! Vienen, en teoría, más libros. A lo mejor tenemos suerte y sí, al final de la saga entra el Emilio Botin francés por la puerta y Villepin le come el rabo, ¡y de repente entendemos la sátira de Lanzac y Blain en todo su esplendor!

    Si algún defecto le encuentro al tebeo es que en algún momento se hace aburridillo, tanta reunión, tanto teléfono, tanto rodeo y circunloquio que a ratos Blain resuelve con brillantez, pero a ratos, pues no tanto. Acaba siendo la cosa (para mi gusto) un poco reiterativa. Pero vaya, a cualquiera puede sucederle.

  4. Está claro que todo arte es político, y la obra posiciona al artista en determinado lugar, aunque ni siquiera haya pensado en ese aspecto. Vivimos malos tiempos, que exigen algo más de implicación desde todos los ámbitos. Blain parece demasiado complaciente con la clase política, aunque el guión no sea suyo, es libre de dibujarlo o no. Ahí se posicionó.
    Hasta aquí estoy deacuerdo.
    Pero dejando de lado este punto, descontextualizando la obra, analizando el trabajo con mirada “inocente”, centrándome en su valor artístico. Me parece un tebeo increible, de lo mejor que ha dibujado y probablemente de los mejores que veremos este año. Sólo hay que “forzar” un poco la mirada.

  5. Manel, a mí el tebeo me ha gustado hasta cierto punto, no lo desecharía simplemente por el problema que comento. Me parece disfrutable y de hecho yo ni siquiera me he aburrido en ninguna parte, el show de Blain con el dibujo me parece la leche, con eso me basta. Y tienes razón en que no se puede juzgar el cómic por lo que no es, por lo que no quiere ser. Pero a mí, personalmente, me parece que hacen los autores algo de “trampa”, juegan a la sátira (vale, habría que ver cómo lo ven ellos, más que cómo lo ha querido vender el editor español) pero al final el personaje es glorificado. Sí, qué raro es, qué tío más excéntrico, y qué mal funciona la política, qué desesperante… pero al final funciona. Y el ministro es el héroe, con todo lo que eso supone. De todas formas totalmente cierto que falta por ver qué dirección toma la cosa, es un error por mi parte no tener en cuenta en la reseña que es serie abierta, lo he leído como una historia cerrada.

    Rayco, ésa es la cuestión: yo estoy en tu onda por lo que veo. Creo además que el guión es de ambos, pero aunque no lo fuera, Blain se pronuncia, y su posición es demasiado complaciente, sí, pero más que con la clase política, con el propio Villepin. Digamos que se le ve un poco “el plumero”, no cae en la propaganda pura y dura, pero para mi gusto se acerca demasiado. Eso sí, que quede claro que como dices el cómic es muy bueno y el dibujo es cojonudo, no sé si el mejor de Blain, porque a mí el Sócrates 3 me dejó turulato, pero de lo mejor sin duda, y sólo por eso ya merece la pena leerlo.

    En todo caso, es un cómic que no deja indiferente y genera debate, y eso por sí mismo ya es genial.

    Un saludo a los dos.

  6. ¿Hasta qué punto podemos reprochar a los autores de una obra que no hayan hecho lo que nosotros pensamos que deberían haber hecho? No sé… no lo veo claro…

  7. No sé, ya te digo, tampoco conozco tanto las circunstancias en que este tebeo fue concebido. Igual hay un desencuentro entre nosotros en esto que dices, de que al final el tipo es… ¿”glorificado”? Al final el tipo ha hecho política, ha escrito otro titular más, como los que leemos cada día en los periódicos. No ha solucionado el problema de África, ha solucionado el problema de su imagen, como ministro, y el de Francia como ex-país colonizador. Y (por esta vez) ha quedado bien con la opinión pública, ya está, pasemos a otro problema. Así funciona el libro, un repaso a la agenda, un retrato del loco torbellino que pagamos entre todos y del que dependen tantas cosas. Tampoco me parece tan poca cosa haberlo sabido reflejar.

    ¿Blain es complaciente con la clase política? Yo no veo personajes positivos en el libro, insisto. Ni “demasiado honrados” (¿cuándo, por qué?) ni “demasiado bienintencionados” (nadie se preocupa por África, sólo por salvar el culo y la propia imagen). Dices que no nos los presenta “tal como son”, y yo creo que sí, que precisamente esto es lo que intenta hacer: son egomaníacos, jerárquicos, exigentes, insoportables, vendedores de humo. Se adoran. Etc etc.

    Tampoco veo tan claro que los autores hablen por boca del periodista. Ni tan siquiera que este sea, para ellos, un personaje positivo.

    Y el quid de la cuestión, por lo menos para mi, sería entender esta asociación de ideas: “… el ministro es un hombre capacitado para la política, precisamente por esa personalidad arrolladora que tiene. El mensaje es claro: Villepin mola.” ¿Que está capacitado para la política significa que mola? Es más, ¿haber sabido salvar su culo significa que está capacitado para la política?

    En cualquier caso, con un Ministro que no esté capacitado para la política, o con un corrupto, o con un cretino, no cuentas el funcionamiento de un Ministerio, la historia se te va inevitablemente para el Ministro. Incluso me parece que retratar un ministro de Exteriores ayuda: el de Sanidad, de Justicia, de Interior, podrían llevar a hablar de la sanidad, de la justicia o de la seguridad en Francia, y no, no se trata de hablar de los problemas de Francia, se trata de hablar de la política como herramienta cara, desquiciada y farragosa, manejada por personas de la calle que viven su canción, también se emborrachan y lloran cuando tienen depresión, oh, nena, voy a ser una rock’nroll star y todo ese rollo.

    Para terminar, la lectura del tebeo no me incita ni a admirar a Villepin, ni a desear haber podido votarle… ¿tú crees realmente que puede producir este efecto? ¿Que esa era la intención de Blain?

    “Vivimos malos tiempos, que exigen algo más de implicación desde todos los ámbitos”… ¿Y esto se lo recriminamos a uno de los poquísimos tebeos que cuestionan el juego político de los que han salido estos últimos años?

  8. “…“Vivimos malos tiempos, que exigen algo más de implicación desde todos los ámbitos…” ¿¿que exigen??!!
    ¿Desde cuándo los autores, cualquier autor, debe ser un activista del 15-M (es un decir…)? ¿El que no lo sea, no “mola”?
    Espero realmente que la crítica no tome ese camino…

  9. Una cosa que no llego a ver clara es ese acuerdo generalizado de que la política es una mierda. Es suficiente decir eso para que haya un asentimiento generalizado de todos los presentes y no hay que explicar mas. Si la política es una mierda es porque la hacemos que lo sea. Es mas, la política es un reflejo de lo que hay en el resto de la sociedad que vivimos. En el fondo de todos nosotros anida un corrupto que está deseando se le ponga a tiro la ocasión. Asumido este punto, también quedan personas qe están dispuestas a trabajar por los demás, y no merecen que se las identifique con el resto, tienen topo mi respeto y admiración porque para dedicarse a la auténtica política estando como está la cosa hay que echarle valor.
    Y tampoco me vale el argumento de los que van por la vida como Conan, matando a todo aquel que se le ponga por delante. Hay que ser un poquito mas listo, reservarse para ganar la guerra y no quedar fuera de juego a las primeras de cambio.

  10. Ahí quería ir yo, creo que le están lloviendo demasiados palos a este tebeo, por eso digo lo de descontextualizar.No creo que se deba centrar la crítica en lo que creemos que se debe hacer y dejar los valores artísticos como algo secundario.

  11. Ojo, Xelo, yo no soy crítico y con “exigir” me refiero a que habrá que “atarse los machos” que vienen curvas, hablo de implicación y volumen de trabajo, no del 15M. No soy tan bienpensante.

  12. respecto del cómo fue concebido el album, sabed que, bajo seudónimo, el guión en el que se basa Blain es el de un colaborador real de Villepin, que transcribe más o menos fielmente sus impresiones de la época. El tipo, ahora haciendo carrera diplomática en algún país del mundo, ha procurado que no se sepa quién es el topo, puesto que, amable o no, no deja de ser un retrato de la vida política en las altas esferas, en las que él sigue envuelto.
    Respecto de cómo lo soluciona Blain, a mí me parece excelente, pues no se prestaba el asunto a recursos fáciles y resuelve de forma a veces divertidísima.

  13. Ahí estoy de acuerdo, de hecho creo que eso lo resalto en la reseña. Pero bueno, lo digo otra vez: Blain es un animal y el tebeo es una gozada éstética.

  14. Claro, Manel, ahí es donde diferimos. Yo no lo había visto así, y puedes tener razón: no es que se convierta en un héroe, es que simplemente salva su culo. Puede ser. Yo sigo viendo en determinados puntos una intención más o menos clara de criticar el sistema superficialmente pero salvar de la quema a Villepin, de “lavar su imagen” (que no sé si es necesario, es una forma de hablar sin más). En la conversación entre el periodista y su novia que menciono lo veo claro, por ejemplo. Pero entramos en terrenos subjetivos, claro.

  15. Pienso igual, al margen de que por supuesto mi reseña es una opinión personal, no la crítica en su conjunto, claro. Pero cada obra es hija de su tiempo. En una época revuelta como ésta, una obra política creo que debe tener otro cariz. En una dirección o en otra, por supuesto, no hace falta decir que no hablo de pensamiento único. Pero los valores estéticos siempre están ahí.

  16. Muy de acuerdo con esto, Emilio. Sin querer entrar en pormenores, a mí me cabrea mucho más la actitud de la masa votante que la de los malos políticos. Y por supuesto que los hay buenos también.

  17. Sí, el trabajo de Blain con el dibujo y con la planificación de página es admirable. Hay páginas y páginas de conversación política que sabe hacer apasionantes.

  18. Yo sólo digo que a mí el retrato del pseudo-Villepin que se hace en el tebeo me parece demoledor (un “encantador de serpientes”, vacuo y presuntuoso) y que si el retratado se siente halagado en lo más mínimo es que debe ser aún más gilipollas de lo que se representa.

  19. Hey, que lo de “la crítica” no iba por ti, Rayco. No era una respuesta a tus planteamientos, aunque utilicé tu frase (puede que indebidamente y si así fue, me excuso) como ejemplo de un determinado sector crítico que no juzga un tebeo por lo que es, si no por lo que cree debería haber sido… a nivel ¿político7social?
    Por otro lado, lo de activista del 15-M como dije era un decir (y tampoco iba por ti, aclaro). Podría ser de cualquier otro movimiento (la crítica), con sus pros y sus contras, pero que no debe condicionar la percepción de la calidad de un tebeo. O eso creo…

  20. a riesgo de desdecirme, porque mi lectura aún no ha acabado (me queda como una cuarta parte, poco ya) me posiciono con Manel, creo que efectivamente el cómic no “está siendo” demoledor, ni sátira feroz, pero que tampoco esa es la idea. La faja de Norma, a la papelera, por favor, que no va por ahí (aunque dicha faja viniese directamente de la versión franchute, que no sé). El retrato me parece, antes que feroz, mordaz, pero también costumbrista, y en cierto grado, retratista de un caso. No se trata de analizr a la clase política universal, sino de reflejar una experiencia directa con un político concreto. No se trata de hacer leña del arbol caido, sino de reflejarlo en sus miserias y grandezas, que no tienen que ser las que achacamos a una clase social o laboral (la política). No sé si me explico.

    Pienso que si fuese más conciso, más “48 páginas” de toa la vida, ganaríamos en viveza, porque a veces me parece estirado, innecesariamente.

    Y pienso que a nivel gráfico y de narración estamos otra vez ante el mejor autor europeo, capaz de renovar desde el clasicismo, y aquí reforzando su veta humorística (yo es ver esas escenas de Villepin (“¡plaf, plaf, plaf!, ¡zas, zas, zas!”) y me río tanto o má que con todo un libro del (genial) Satouff, de verdad, qué habilidad con el pincel tiene Blain…

  21. ¿y qué mejor plan para un sábado en casa que acabarlo? Pues hecho,

    y si en líneas generales no me desdigo, y creo que Quay es más retrato con retranca (ironía gallega, adulación superficial con retrogusto crítico) que ácida crítica a pecho descubierto… es cierto que desconcierta el último capítulo, un acto heroico que no se imbrica en absoluto con lo mostrado antes del ministro. No puedes ser un tipo como el que te describen durante ochenta páginas y al final, en diez, resolver conflictos internacionales con la flema de un Suárez ante la toma del Congreso a tiros, por mucho chiste que calces -el sueño ególatra, o el realmente divertidísimo de Darth Vader-
    Aunque ojo… aún con peros que hay que señalar, sigo posicionándome como “defensor” de este último Blain, reconociendo que estamos ante un cómic que busca un lector digamos generalista desde una posición moderada (también muy ilustrativa… los que conocemos algo a políticos como Manuel Fraga, sabemos que hay mucho Taillard por esos ministerios y Auntonomías de Dios, tanto o más caricatura que él: ¿nadie conoce el “caldo y carne para todos” de Fraga? No, es una anécdota privada, que sé por familiares funcionarios de la Xunta).

  22. No me extiendo, porque ya habéis apuntado muy bien los pros y los contras del libro. En líneas generales, yo me coloco del lado de los que han disfrutado bastante del tebeo y de los que no acaban de ver que sea un canto a las virtudes de Villepin. Vamos, que me ha gustado, me lo he pasado muy bien y no tengo nada que objetar al “mensaje”. O no demasiado.

    Ahora bien, lo que sí me ha pasado al terminar de leer este libro es pensar “¿en qué tomo me voy a aburrir del asunto?”. No sé qué pasa con Blain, pero me deslumbra al comienzo de cada nueva serie y para el tercer tomo ya veo costuras y efectismos por todas partes y me canso. En cualquier caso, con Quay d’Orsay puede haber dado con un tema-filón, creo que da para mucho y que admite muchas aproximaciones, y este tebeo es prueba de ello.

    ¡Chac, chac, chac!

  23. Octavio, justo en el final es donde está el mayor pero, el deseo de justificar, de glorificar al ministro.

    Berni, yo con el segundo seguro que pico. Incluso aunque el mensaje siga siendo amable, el Blain dibujante ya lo vale. Sobre lo que dices, fíjate, a mí Gus casi casi me gusta más en el tercer tomo que antes, aunque los tres me gustan mucho. Y mi Sócrates favorito es el último, aunque eso no cuente porque el guión es de Sfar. Isaac el pirata lo leí hace tanto tiempo que no recuerdo con detalle cada tomo.

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