Entrevistas — 1 febrero, 2011 at 12:18 pm

Entrevista con Ramón Boldú

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Aunque no sea uno de los nombres más habituales en boca de los aficionados, el de Ramón Boldú merece un lugar destacado en la historia de los cómics españoles. Boldú es un autor que ha publicado historietas en la revista erótica de mayor tirada de España, en la revista de cómic de humor más longeva, y en la revista más vanguardista, de la que también fue director artístico. Un curriculum que muchos desconocen pero que habla de su pasión y su relación constante con la historieta a lo largo de más de tres décadas. Pero su verdadera contribución al acervo del cómic patrio comienza en 1991, con la publicación de sus historias autobiográficas. Se puede decir que Boldú fue uno de los pioneros de una corriente que realmente no acabaría de eclosionar a nivel mundial hasta 10 años después. Tras un período de silencio, Boldú volvía a las estanterías de las librerías en 2008 plenamente integrado en la nueva corriente de la novela gráfica actual, y al mismo tiempo absolutamente personal y único. Finalmente, hace apenas un mes, se editaba Sexo, amor y pistachos, su nuevo trabajo. Aprovechando la coyuntura, entrevistamos a Boldú, a quien agradecemos desde aquí su excelente disposición e implicación en todo momento.

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Boldú flanqueado por Javier Zalbidegoitia y Fernando Tarancón, sus actuales editores. Fotografía tomada de Set de Còmic.



¿A ti te gustan los cómics desde siempre o son un descubrimiento relativamente tardío en tu vida?

De gustarme desde siempre, desde que tenía uso de razón; bueno, desde antes de perderla, es que ahora estamos todos locos.

Bueno, al principio desconocía a los grandes americanos del cómic propiamente dicho que si Will Eisner o Milton Caniff…; ni siquiera conocía a Tintín de Hergé, conocí antes a Batman de Bob Kane que a Tintín. De hecho lo primero que me gustó fueron las páginas del TBO; el de trazo esbelto Coll, el superoriginal y ancestral Urda; el de trazo libre de Muntañola con su Josechu el Vasco, Blanco y sus personajes de línea recta y simple; pero el que más me gustaba de todos era Benejam, el de La familia Ulises, siempre me gustaron sus historias tan del pueblo, aunque los guiones no los hiciera él, dibujaba la realidad misma y el movimiento de sus personajes tan natural. A los diez años flipaba con ellos y los imitaba y me hacía un lío de estilos. No se porque pero no solía imitar a los de Bruguera… los de Tío Vivo, Pulgarcito, etc. Me gustaban pero no los imitaba; aunque ahora me he enterado que los de Bruguera eran como de izquierdas y los del TBO era de un humor de derechas; si lo hubiese sabido entonces no se lo que hubiese pasado. Comencé a conocer el trabajo de humoristas americanos gracias a las páginas que mi padre me enseñaba de las sundays americanas; mi padre era bibliotecario del Ateneo barcelonés y allí llegaban los periódicos americanos con sus enormes páginas de cómic, a mis diez años me parecían enormes, y yo flipaba con ellos. Allí comencé a decantarme más por el humor que no a los cómic “serios”; además a mí siempre me ha gustado reírme de todo No veas como quedó, a final de curso de segundo de bachillerato, de cuando yo tenía once años, el libro de religión que aún conservo, todo lleno de chistes anticlericales y tal (de hecho es como si fuese mi primer libro de chistes).

A los trece años intenté publicar en el TBO; el director señor Viña (que durante algún tiempo hizo los guiones de La familia Ulises) me dijo que lo mejor que podía hacer es seguir estudiando y que lo de dedicarme a hacer historietas ya vendría después. Entonces lo intenté con la editorial Bruguera, les llevaba páginas y me las devolvían con marcas rojas marcando los fallos de dibujo y yo volvía otra vez, cada vez me devolvían las páginas con menos marcas rojas, pero nunca llegué a que no hubiera ninguna y no llegue a publicar nunca en Bruguera. Entonces, por una casualidad de la vida conocí a Ferrándiz, el famoso creador de christmas. Vio mis páginas y dijo que tenía mucho potencial, tendría yo sobre los catorce años cuando me invitó a ir a su estudio, un estudio alucinante que tenía en el Tibidabo, y allí tuvimos varias conversaciones y me corregía mis dibujos y me dio muchos consejos que aún me sirven hoy en día.

A los diecisiete años ya sabía lo que era la frustración por no publicar. Entonces comencé a publicar chistes en un periódico de Esplugues de Llobregat, año 1968; es que mi novia y futura primera esposa tenía a un familiar de una amiga que trabajaba en la redacción del periódico y como que yo prometía pues… o sea comencé a publicar por enchufe. Entonces descubrí lo que siente un autor al ver su trabajo publicado, que es ni más ni menos lo que sigo sintiendo hoy en día cuando sale algo mío publicado.

Descubrí a esa edad a El Hombre Enmascarado, sobre todo me gustaba el de dibujo claro de Wilson McCoy al que también intentaba imitar; luego descubrí a El Príncipe Valiente de Harold Foster, a este no le imitaba pues había un abismo entre mi potencial de dibujante y lo que llegaba a hacer él; por eso siempre me quedó claro que yo debía realizar un dibujo resultón para disimular mis limitaciones…

Y entonces, sobre los diecisiete años, es cuando descubrí a Tintín, que fue un flash en mi vida.


Primeros intentos de penetración en el mercado reflejados en El arte de criar malvas (Astiberri, 2008).


Dices que te gustaban Benejam y Wilson McCoy y que Tintín fue una especie de flechazo. O sea, que te atraía ese aspecto pulcro, limpio, donde el dibujo respira. Y sin embargo tu estilo es todo lo contrario, con las viñetas abigarradas, llenas de personajes y de texto. ¿Cómo acaba uno dibujando en un estilo tan distinto del que admira?

La verdad me gusta la profesionalidad de todos estos autores, cada uno por un motivo distinto, uno por la simplificación realista, otro por el costumbrismo de sus historias y naturalidad de movimientos, etc… Yo, en principio, deseaba ser igual de profesional, pero mi carácter aventurero e impulsivo me ha llevado a ser como soy, y he dejado de preocuparme de imitar a nadie, aunque no era esta mi intención y me he dedicado a disfrutar del momento de la creación, sabiendo lo que sé, pero haciendo algo que me sale del interior.


En cualquier caso, Boldú encontró espacio para homenajear al Little Nemo de Winsor McCay en El arte de criar malvas (Astiberri, 2008).


¿Cómo acabas en la redacción de una revista como Lib haciendo Los Sexcéntricos durante 7 años?

A parte de mi vena creativa estaba ahorrando para casarme con mi primera esposa, poder comprarme un piso y tal. Para ello estudié programación de ordenadores y analista de sistemas de IBM, fui uno de los primeros que se dedicaron a eso, aquí en España. En 1974, yo tenía 23 años, ya programaba ordenadores de clientes e inventaba sistemas, etc. En aquella época los ordenadores iban en pañales. Al lado de la empresa donde trabajaba yo de programador se instaló Editorial Z y ya iban por el número 7 de Interviú, era el año 1976; a la hora del desayuno salí de mi trabajo con mi carpeta y me presente en la redacción de Interviú con más de cuarenta chistes de actualidad al estilo Boldú; publicar en la Revista de Esplugues me había servido para irme reafirmando en algo parecido a un estilo, el estilo Boldú. En la redacción vieron mis dibujos y por casualidad estaban buscando un chiste para un artículo que se titulaba “fraude arbitral”. Y yo, entre los cuarenta chistes, llevaba uno, por casualidad, en el que se veía a un arbitro, con su silbato y todo, saltando de alegría gritando “¡GOOOL!”. Fue el primer chiste que publiqué en Interviú.

Y no solo publiqué a partir de entonces cada semana uno o dos chistes en Interviú, sino que me preguntaron si sabía diseñar revistas; y yo, que no tengo nunca un no por respuesta, les dije que sí, que tenía una experiencia bárbara, en realidad no tenía ni zorra idea.

Así comencé a trabajar en Editorial Z; por descontado que dejé de inmediato de programar ordenadores, aunque comencé cobrando menos por fin estaba en una redacción, el sueño de mi vida. Mi esposa se cabreó bastante, pues teníamos una hipoteca y una hija que mantener.

Al principio iba de culo diseñando Interviú e hice barbaridades que aún, en Z se recuerdan hoy en día, como una vez que a doble página puse Euskadi, pero escrito así: Euscadi con “c”. Se corrió la voz, en plan cachondeo, por la editorial, de que por mi culpa bajaron las ventas de Interviú por aquella zona.

Tres meses llevaba yo diseñando Interviú cuando un tal Ilario, consejero de Asensio, se le ocurrió decir que se podría crear una revista erótica para aprovechar los sobrantes de fotos de chicas de Interviú, para publicarlas cambiando el nombre, etc. Y así nació el Lib, me encargaron que la diseñara y también que diseñara su logo. Estuve toda una noche dibujando e inventé la pera mordida del Lib, muchos creen que es copiada de la manzana que llevan los ordenadores Mac; pero no, la manzana de Apple no existía aún, ya que al mismo tiempo que yo estaba creando la pera mordida del Lib, Rob Janoff presentaba a los de Apple el diseño de la manzana mordida (por el cual no se le pagó ni un solo céntimo, al igual que me ocurrió a mí). El Lib lo creamos Lucho y yo; Lucho el director de redacción y yo el director de arte de la misma. Y nosotros nos lo hicimos todo durante bastante tiempo, hasta que se lleno aquello de redactores, fotógrafos…, bueno todo eso lo cuento en mi libro Bohemio pero abstemio. Como nosotros nos lo guisábamos y comíamos, yo mismo me nombré coautor de la contraportada e invente una serie de humor sobre sexo que se llamó Mi pareja, años después cambié el título por Los Sexcéntricos, mucho mas explícito. Yo dibujaba la parte inferior de la página y en la parte superior iban unas historias de la misma índole de un tal Nitka, un tío holandés acojonante de bueno y que ha desaparecido. Allí estuve, en ese plan, siete años; efectivamente.


Boldú al habla: “Como los auténticos Sexcéntricos me deseparecieron, los estoy rehaciendo, pero en lugar de cuatro viñetas los hago a página entera (hace un tiempo que se están publicando en el Penthouse Comix) y a ver si llego a llenar un álbum con ellos, sería el álbum de los recuerdos. Normalmente hago mi autobiografía de cientos de páginas (la próxima que estoy haciendo tendrá mas de 400), y cuando deseo relajarme un poco, me hago una de Los Sexcéntricos.


Por lo que cuentas en tus cómics, la redacción de Lib era un sitio muy loco pero también se corría cierto peligro, ¿no? ¿Cómo recuerdas aquellos tiempos?

Siempre que me encuentro con compañeros de aquella época coincidimos en que fue algo irrepetible. Fue una época surrealista, Lib nació en el piso de encima de una parroquía, en la calle Consejo de Ciento de Barcelona; estábamos en el punto de mira de la apertura, la libertad, nos divertimos mucho y la revista era la cuarta revista de España en ventas, se vendían cientos de miles, es algo en el día de hoy increíble. Bueno, lo que más se vende hoy en día, son móviles, a cada época lo suyo; aunque los vendedores de móviles entre los que se encuentra hoy el pequeño de mis hijos, Alan, no se divierten como lo hacíamos nosotros, a pesar de que también venden mucho.

Incluso dentro de Z había quienes nos odiaban, porque éramos una redacción en la que estábamos siempre de cachondeo y al mismo tiempo salían las cosas bien. Una vez algunos de Interviu, que eran los serios, se quejaron del desmadre que vivíamos en la redacción del Lib, y Asensio les contestó: Yo no tengo queja, a mí lo que me interesan son las ventas.

Además, todo esto mezclado con que estaban los defensores de la moralidad española, por ejemplo los de Cristo Rey, también la policía residual franquista, etc. Entre unos y otros, cada dos por tres nos amenazabna con colocarnos alguna que otra bomba (al Papus sí que se la colocaron); todas esas historias no tienen desperdicio, ¿quién se resiste a no contarlas en cómic?

¿Tenías por aquel entonces contacto con otros autores?

Yo, cuando nació El Víbora, en el 79, solo me preocupaba de Los sexcéntricos, diseñar la revista Lib, realizar chistes para Interviú y para alguna que otra revista de la editorial y punto; bueno y punto no, el resto del tiempo de fiesta ya sea en la redacción o de aventuras a pasármelo bien en todos los sentidos. Los únicos autores con los que tenía contacto fueron los de El Jueves, ya que por aquella época también comenzó El Jueves: Kim, JL Martín, Óscar, etc. Publicaba asiduamente en El Jueves, desde sus inicios hasta allá por el 82. Hacía una serie de una página semanal que se llamaba Las ideas de Marcelino, en la que aparecía yo en persona en foto vestido de marinerito y escenificando alguna ocurrencia de las mías. También me publicaron una serie que se llamaba La familia Fivorcio, una familia bastante destroyer, etc. Una vez bajé a la redacción de El Jueves; El Jueves estaba en la segunda planta de la editorial y el Lib en la tercera; y pesqué a Gin, el director de El Jueves de la época, retocándome una de mis páginas, estaba dibujando edificios en una ciudad del fondo que había yo dibujado en una de la viñetas, pero que había puesto poco edificios y él dibujaba más. Me dijo que así quedaba mejor. Se lo agradecí, era un maestro.


Boldú escenificando una ocurrencia de las suyas para Las ideas de Marcelino.


¿Aspirabas a hacer otro tipo de cómic, o Los Sexcéntricos era para ti lo suficientemente gratificante a nivel artístico y económico?

Pues sí, económicamente me iba la mar de bién y era lo que quería hacer; disfrutaba con ello y se me había borrado la existencia de otro tipo de arte que no fuese lo mío. No pensaba en el cómic largo, seguía siendo fan de los dibujantes que te he comentado antes, pero como lector, no para realizarlo yo. Creía que había encontrado lo mío. Buscaba ser simple, directo, cachondo, historias de cuatro viñetas, chistes, o máximo de una página… Me gustaban los dibujantes del Mad americano tipo: Don Martin, o la serie Espía contra Espía de Prohias.

Más tarde llegaste a El Víbora e hiciste Mario Gamma, el Griego, una serie a color “pintado”. Eran historias que, en el fondo, recuerdan un poco al tipo de cómic autobiográfico que hiciste después. ¿Era autobiografía encubierta?

Eso ocurrió allá por 1988. Al principio no era mi intención que las historias de este personaje tuvieran nada de autobiográfico, pero poco a poco lo fue. De hecho comencé Mario Gamma porque, en El Víbora, me encontré con la posibilidad de realizar más de una página, como estaba acostumbrado, y no era plan de desperdiciar la ocasión. Al principio hice historias independientes de 4, 5, 6 y 7 páginas, todo un reto por aquella época para mí. Eran historias para que el lector se riera y un poco desmadradas de sexo y tal por aquello de ir algo fuerte porque aquello se trataba de El Víbora. Luego ya comencé a que el guión de las historias fuera como días sucesivos del personaje, que las historias ligaran unas con otras. Y comencé a poner cosas autobiográficas; por ejemplo cuando Mario discute con su esposa, el tono de la discusión era la que había vivido yo, pero en lugar de que el tema era el cómic, en Mario era su adicción a correr en moto. O lo que le ocurrió al hijo de Mario, que hace autostop y le lleva un camionero que resulta ser traficante de coca; a mí me ocurrió lo mismo, pero con traje de marinerito, ya que me ocurrió cuando estaba en la mili. Este mismo traje es el que, años después de la mili, saque del baúl y, tras lavarlo para que volviera a resplandecer su blancura, me lo puse para salir en El Jueves en la serie Las ideas de Marcelino.


Boldú al habla: “Es una de las páginas de Mario Gamma, en el momento que comencé a explicar cosas autobiográficas, pero bajo mi alter ego Mario Gamma. He añadido los nombres de las personas reales de la historia”. Clic para ampliar.


O sea, que en Las ideas de Marcelino aparecías tú mismo, llevabas tu traje de marinero… mirando atrás, ¿te da la sensación de que estabas predestinado de alguna forma a hacer autobiografía, que tu propia vida trataba de llegar a la página de alguna manera?

Una muestra de yo vestido de marinerito aparece en foto en la edición del 2009 de Bohemio pero abstemio. Memorias de un hombre de segunda mano que me editó Astiberri, pues en dicho cómic relato una de las sesiones fotográficas que hacía cuando trabajaba para El Jueves. Por aquella época de El Jueves no tenía ni idea que llegaría a contar mi vida, aunque sí que ya empezaba a mezclar realidad y ficción de alguna forma, precisamente realizaba las fotos en el escenario de un pequeño jardín que tenía en casa, o en casa de mis padres (cuando necesitaba de un ambiente mas retro).

Si no me equivoco, fuiste durante un tiempo director artístico de El Víbora. ¿En qué consistía tu trabajo?

Acabábamos de hacer junto con Berenguer, el dueño y editor de El Víbora, un experimento que duró cuatro divertidos meses: la revista Europa Viva. Cuando se acabó me propuso que fuera director de arte de El Víbora. En El Víbora estuve desde 1988 hasta 1992. Al llegar a la redacción de El Víbora lo primero que me dijo Berenguer es que quería ahorrar. Descubrí armarios llenos de originales; Berenguer tenía un archivo de originales sin publicar acojonantes. El 30 por ciento acojonante de bueno, el resto no pasaba nada que no se publicase. Es que ya hacía casi nueve años de la creación de El Víbora y Berenguer, el editor, seguía como al principio, con la costumbre de pagar en el acto todo lo que le traían, guiones medio escritos en una hoja de papel a lápiz, etc. Incluso llegó a pagar por promesas de futuras e inminentes entregas. Y cosas que sabía que era imposible que nunca se pudieran publicar por espacio, pero que el autor le caía bien, o por lo que sea.

Comenzamos con Berenguer a clasificar, sacar cómics buenos que se morían de risa en los armarios, para que así se pudiera reir todo dios con ellos; y también publicando cosas que nos iban llegando, nuevas, claro.

Por mis manos ha pasado lo mejor de lo mejor, originales que me dejaban boquiabierto; de los mejores autores. Y también cosa de autores en sus inicios, que prometían y con algún que otro consejo acabaron por ser cracks como el Iron y su personaje Ángel, etc.

Mi trabajo consistía en filtrar lo que llegaba a Berenguer, luego reunirme con él para decidir lo que se publicaba en la revista; diseñarla, ir a imprenta a repasar las galeradas, fotolitos, etc. Hoy todo esto se puede hacer con un Mac desde casa, a excepción de tener los originales en la manos y reunirte con los autores cara a cara, esto no lo hace todavía el ordenador… bueno, quizás con la Webcam, pero no es lo mismo.

¿Cómo era el ambiente en El Víbora? Por Bohemio pero Abstemio ya sabemos un poco cómo era la redacción de Lib, pero seguro que a los lectores de cómic les interesa conocer algún detalle sobre lo que pasaba en aquella editorial que publicaba cómics tan locos y extremos.

Cuando llegué yo a El Víbora, ya llevaba 9 años la revista apareciendo en los quioscos. Los autores ya no se pasaban todo el día en la redacción dibujando y reunidos como ocurría en sus inicios. A partir de que llegué yo, por lo general, llegaban, entregaban, hablábamos un rato y se iban. Pero os contaré algún ejemplo de lo que pasaba: Algunos dibujantes venían pero no traían nada, aprovechaban la visita para llamar por teléfono, así les salía gratis (aquella época no existían los móviles); Berenguer acabó por poner un candado al aparato telefónico, ya he dicho antes que lo que quería Berenguer era ahorrar.

Pons, venía, se traía sus páginas a medio hacer, me refiero en las ocasiones que las dibujaba él, pues normalmente Pons realizaba los guiones y las dibujaba Galiano; pues Pons venía, se sentaba en una mesa de dibujo y le veías mirando fijamente una viñeta concentrado, y al cabo de unas horas le veías en la misma posición y viñeta. A veces le decía ¿cómo va?, para ver si seguía vivo.

Martí venía a veces reclamando a Berenguer los originales que acabábamos de enviar a imprenta, porque había un tío en la puerta con pinta de mafioso, que había venido con él y le debía algo, y Martí le pensaba pagar dándole sus páginas originales.

Calonge venía con las páginas en una carpeta bajo el brazo, entraba a todo correr en el despacho de Berenguer como huyendo de algo. Miraba paranoicamente varias veces por la ventana para ver si le habían seguido, tenía la neura de que había visto un auto subir y bajar por Vía Layetana varias veces observándole mientras él se dirigía a la editorial con la evidente intención de robarle sus historietas.

Lo peor que me ocurrió fue que un día vino un dibujante valenciano que publicaba asiduamente en El Víbora y un día discutió con Berenguer porque éste le dijo que ya no le publicaba más. Comenzó a gritar, a tirar las cosas del despacho de Berenguer, Berenguer acojonado nos pidió ayuda (todos nos hicimos los remolones). La sangre no llegó al río, se largó echando pestes. Cuando el dibujante se fue, Berenguer me dijo preocupado que el dibujante le había robado algo que estaba sobre su mesa y no sabía el qué. Cuando, mas tarde, le pregunté a Berenguer si se había mirado los originales de Los Sexcéntricos que le había dejado yo con la intención de que se animara a editarme un álbum con ellos (eran una selección de las mejores historias que habían aparecido en el Lib a lo largo de siete años, la selección constaba de 120 originales). Pues no los encontramos, incluso buscamos por debajo de los armarios y nada; llegamos a la conclusión que lo que se llevó el dibujante eran mis originales de Los Sexcéntricos. O sea que se perdieron para siempre, con el cariño que les tenía.

Otro caso: Carratalá, que se había ido a la India y se trajo a una chica hindú, preciosa, que la había vendido su padre a él (bueno en realidad el padre de la chica le había dado dinero para que se casara con ella porque en la India una mujer es un gasto). Se casó con ella, y venía con ella a la redacción de El Víbora y la obligaba a no levantar la mirada para que no tuviera tentaciones sobre todo conmigo, ya que un día se puso a gritarme como un loco diciendo que seguramente me había puesto yo una camisa roja para que ella se fijara en mí.

Bueno, todo esto que te he contado son solo algunos ejemplos, ya te decía al principio que estamos todos locos; no me digas que no es un tema para otro libro autobiográfico.

El publicar y trabajar en El Víbora, la revista más vanguardista e interesante que ha habido nunca en España, con toneladas de talento tanto nacional como extranjero, ¿influyó de alguna manera en tu carrera, en los objetivos que te planteabas en el mundo del cómic?

Bueno, allí aprendí mucho; pero cuando ves tanta cosa la influencia es tan grande… Pons, Calonge, Liberatore, Andrea Pazienza, Shelton, Cadelo, Tatsumi, Crumb… que no puedes llegar a imitarlos todos y acabas por ser tu mismo. La realidad de las entrañas de uno mismo, único y exclusivo.


Los personajes de Pazienza se abren paso en las páginas de Mario Gamma, el Griego (La Cúpula, 1991).


¿Mantienes el contacto con algunos de tus coetáneos de la revista?

De la época de El Víbora, de verlos he visto alguno y hablado, sobre todo coincidiendo en los salones del cómic, presentaciones de libros, firmas de ejemplares por aquí y por allá: Martí, Gallardo, Hernán Migoya… pero luego ya no tenemos más contacto personal el uno (yo) con los otros (los demás) hasta el día que otro evento nos vuelve a reunir.

Como hemos dicho, Mario Gamma era una serie, en principio, de ficción. Además el dibujo era muy acabado, especialmente si lo comparamos con tu trabajo posterior. ¿Por qué esa preocupación estética en aquel momento y a qué se debe el que posteriormente te soltases?

Bueno, cuando llegué a El Víbora quise romper con la sencillez del dibujo que venía arrastrando desde la época de Los Sexcéntricos; quería experimentar cosas nuevas. Y me marqué la meta de hacer lo máximo que daba yo de sí en el dibujo para que el lector tuviera la sensación de que estaba viendo una película real. Y realicé Mario Gamma con esta ambición. Para ello lo hacía todo en pinceles y en pintura acrílica y en unas páginas enormes tipo cuadro. Ni que decir tiene que para realizar cada página me pasaba una semana entera. Pero no me importaba, disfrutaba con ello; y daba mas importancia al dibujo que no al guión, pero esto fue cambiando. Como en las últimas historias de Mario Gamma ya mezclaba ficción con mi realidad, comencé a darme cuenta de que tenía muchísimas cosas de interés aún por explicar de mi vida (para los amantes del costumbrismo surrealista) y que en aquel plan de una página por semana necesitaría vivir por lo menos doscientos años para poder contarlo. Gabriel García Márquez dijo que antes escribía un libro cada siete años y desde que trabaja con ordenador pasó a poder realizar uno cada tres; pues eso es lo mismo, si deseas contar cosas en cómic y haces un dibujo lento, abigarrado, detallista y meticuloso es como si García Márquez escribiese sus obras, en lugar de ordenador, a mano, y no solo eso, sino que encima le diese por hacerlo con letra caligráfica de redondilla. En este plan en lugar de un libro cada tres o siete años solo podría escribir uno cada veinte. Cuando acabé el contenido del primer álbum, Mario Gamma, el Griego, tenía claro lo que deseaba hacer; comencé a escribir historias de mi vida en Editorial Z, del día que conocí a Berlusconi, lo que recordaba de mi infancia en Lérida con mi amigo el pastor, mi primer divorcio (por aquella época no sabía que iba que casarme más veces), etc. Comencé a contar mi vida en cómic en 1991.


El día que conoció a “Berrusconi”. Recogido en Bohemio pero abstemio (Astiberri, 2009).


Evidentemente eres uno de los pioneros de la autobiografía en España. Incluso a día de hoy eres uno de los pocos autores nacionales que la practican de forma tan descarnada y con tanta naturalidad. ¿Tuviste alguna revelación que te indicara que ese era el camino? ¿Te inspiró algún otro autor, una película, un libro, los consejos de un amigo?

Me di cuenta que las cosas que inventaba para Mario Gamma no eran de tanto interés ni tan alucinantes como la realidad que había vivido. Digamos que el formato externo me lo inspiraron Crumb, Pazienza, etc… aunque Crumb realiza sus cómics en base a su paranoia mental y es muy discreto y poco atrevido (en el sentido de dejar entrar la lector en su propia casa y en su intimidad real) con su realidad del día a día, y yo quise ir a tope, nada de ponerle burkas a mi realidad, ¿para qué?, total dentro de cien años la gente dirá “hay que ver por que tonterías se escandalizaba la gente”. ¿La realidad no es así?, pues así hay que contarla, con nombre y apellidos. Bueno, sobre todo se puede hacer esto cuando te das cuenta que la realidad en la que vives no es nada corriente. Lo que me inspiró también fue Bukowski, que más que un escritor es un realizador de cómic que sólo escribe (escribía). Sus escritos son auténticas viñetas pasadas a texto; es alucinante; no hay nada de paja (me refiero a la mental). Por eso yo al principio ponía mucho texto, me daba igual escribir que dibujar, lo hacia todo al unísono, era explicar las cosas de la forma mas natural posible para mí, sin barreras, que fuera extremadamente gestual, directo, desde mi interior al papel, ¡zas!, sin programar nada, como una conversación; en una conversación hablas al tiempo que gesticulas: ahora hablas, ahora mueves las manos, los brazos, te ríes, das una palmadita al de tu lado… Por eso mis cómics autobiográficos del principio acababan las páginas cada vez con las viñetas mas pequeñas, y es porque quería explicar tal o cual cosa en aquella página y como no la había diseñado ni planteado visualmente antes, me veía obligado a hacer las viñetas y textos cada vez mas pequeños para que pudiera entrar todo. Una de las influencias que tuve al principio, en cuanto a la forma de mi humor, el humor de mi personaje, o sea de mi mismo, fue el personaje del señor Hulot de Jaques Tatí, al que le dieron un Oscar por Mi Tío, y también tiene aquella peli, Las vacaciones del señor Hulot; fue único, he estudiado su vida, su humor, su forma de crear películas, etc, al detalle y me caló; Jaques Tatí creó un estilo muy diferente a todo lo que existía y ha existido (y que nadie a seguido, murió con él). Bueno, todos chupamos de todos, incluso él mismo, para crear su personaje del señor Hulot, el que sale en sus películas (porque él no era así realmente), también se inspiró en un compañero que conoció en la mili, que actuaba así, iba por la vida y sin quererlo hacía cosas que hacían a su vez que pasaran cosas a su alrededor que te partías de risa. Me inspiró también Ambroise Vollard y su libro Memorias de un vendedor de cuadros; en el que cuenta su relación con Van Gogh, Manet, Picasso, etc… Las anécdotas, la verdad y la realidad de cómo vivía aquella gente, supera lo que el mejor guionista pudiera inventar sobre el tema.

¿Qué reacciones te encontraste cuando empezó a salir Bohemio pero abstemio? Me refiero, por una parte, a la gente de tu entorno que se veía reflejada en la historia y, por otra, a tus compañeros de profesión.

En cuanto salió Bohemio pero abstemio, me llamaron los que aún trabajaban en Z, me invitaron a visitarles. Allí se hizo un corro para contarme muchas más cosas (que yo no sabía, para que las pusiese en mis cómics futuros). Aunque yo solo suelo contar lo que vivo yo y cómo lo vivo; en Z lo tomaron como una forma nueva de periodismo.

Otros me llamaban para querellarse, bueno, me llamaban sus abogados. Y otros para darme las gracias por haberlos sacado en el cómic; hubo un amigo mío que lo dibujé en el cómic tal como era, o sea, todo el día iba persiguiendo a las chicas de Z; éste se cabreó conmigo pues, por culpa de salir en el cómic, el director de La Caixa, que hasta el momento le hablaba de usted, le comenzó a hablar de tú, sonreírle, darle palmaditas en la espalda, a guiñarle el ojo en plan complicidad y a decirle: vaya crápula que estás hecho; ¡y con su esposa al lado!

Otro caso fue el del chico, de veinte años, que por casualidad su padre (que en mis cómic sale como El Comebragas) le compró El Víbora del mes, no era un asiduo, y casualidades de la vida en aquel número salía uno de mis cómics en el que aparece el chico en medio de una fiesta particular de la época en casa de su padre de Sitges, cuando el chico tenia doce años, pidiendo un bocadillo a los que estábamos entretenidos en otro asunto con las chicas, detrás de los sofás. El chico grita a su padre: “¡Papa, salgo en El Víbora!”, ¿te imaginas que alucine?… su padre me llamó y me dijo: “Boldú, no se si denunciarte o invitarte a algo.”

Referente al último cómic Sexo, amor y pistachos, que trata de cuando trabajé en la producción de una película de Private, la productora estaba en Sant Cugat; hace algún tiempo, antes de realizar este cómic, en una entrevista en el diario El País, comenté que iba a realizar un cómic hablando del tema. Una mujer de Sant Cugat tras leer la entrevista de El País vio a un hombre en el edificio de enfrente de su casa que se masturbaba, desnudo de cara a la ventana. La mujer en un principio quiso llamar a la policía, pero después pensó que quizá se tratase de la famosa productora porno de Private y aquel hombre un actor ensayando su papel. Estuvo días dándole vueltas al asunto, hasta que decidió ir a preguntar. El conserje le dijo que en aquel edificio en el último piso, que es donde apareció el hombre; estaba en obras y solo estaban los obreros de la construcción. Aún así a la mujer le quedó la duda; y toda esta surrealista historia se publicó en el diario de Sant Cugat. O sea, una historia provoca otras historias sin que yo intervenga. O sea, hay tema para realizar un cómic que se titule: Las historias de mis historias.

Bueno, hubo también sus más y sus menos con mi primera ex; nuestra hija se enteró de nuestra vida de desmadre hippie a través del cómic. Le preguntó: “¿Mamá, todo esto es verdad?”, a lo cual mi ex asintió, aunque añadió: “Es que era otra época, hija”.


El Comebragas haciendo honor a su nombre en Bohemio pero abstemio (Astiberri, 2009).


A pesar de tratarse de cómics autobiográficos y por tanto basados en la realidad, tu personaje que siempre lleva la misma ropa. ¿Por qué?

Nadie me lo había preguntado nunca, en serio; pensaba que de eso nadie se había dado cuenta. Ya que es la primera vez que hablo de ello, seré meticuloso en la respuesta.

Cuento la realidad, aunque el personaje, o sea yo, sea un personaje de cómic y, como guiño a todos los personajes de cómic que existen y que visten siempre igual, ya sea el señor Hulot, Carpanta, Mortadelo o Tintín, decidí que iba a ir con un atuendo. Voy en tejanos, prenda distintiva de nuestra época que nunca pasa de moda, con un jersey a rayas muy visual incluso cuando el personaje esta lejos y una chaqueta de piel negra para que contraste y se vea la mancha también y destaque dentro de la viñeta. También lleva, el personaje Boldú, un pañuelo de seda negro en el cuello, que eso sí que lo llevo yo casi siempre, en la vida de carne y hueso. Porque, gracias al pañuelo, durante el invierno no me resfrío y durante el verano no se me ensucian tan rápidamente los cuellos de la camisas. También me pongo el pañuelo como guiño a la película Cowboy de medianoche; el personaje del Cowboy que protagonizó John Voight, es un personaje con el que tengo un ligazón intelectual (quizás por lo cortitos que somos ambos; si no, no me pasaría lo que me pasa en la vida); lo mismo sucede con las botas verdes de piel de cocodrilo, me dibujo con ellas por dos motivos: el primer motivo es también por Cowboy de medianoche y el segundo porque tenía unas botas igual a las que les tenía mucho cariño; hasta que mi madre harta de ellas me las tiró. En cambio no tiró unas de mi padre que estaban al lado y estaban roídas y con las suelas agujereadas.

¿Se han publicado tus cómics autobiográficos en el extranjero? Si es así, ¿han tenido éxito? Si no es así, ¿crees que tendrían éxito?

Se ha publicado poco. Nadie se ha preocupado hasta ahora de moverlo, ni siquiera yo; si se ha publicado algo es porque lo han pedido directamente. Lo primero que me publicaron fueron varias historietas de Los Sexcéntricos en Alemania (1980-1982); también se ha publicado Mario Gamma al completo, por capítulos en Suecia en la revista Pox, y Bohemio pero abstemio y Memorias de un hombre de segunda mano se ha publicado por capítulos en la revista Totem italiana. Sobre el éxito, sé que en Italia, a los lectores les gustaba mucho, ya que asociaban lo que hacía al estilo de lo que hacía Andrea Pazienza, autor italiano famoso y muy seguido.

Entre Memorias de un hombre de segunda mano y El arte de criar malvas transcurren bastantes años. ¿Te retiraste del cómic durante esa temporada?

Que va, lo que pasa es que coincidió la publicación de Memorias de un hombre de segunda mano (1998) con la exposición que nos montó el ayuntamiento de Barcelona a doce dibujantes en el palacio de la Virreina. Cuatro meses estuvo la exposición a disposición del público. Aparte de lo mío estaba lo de Kim, Gallardo, Nazario, Seguí, Max, Bernet… Entonces me metí en un programa de TV3 a escribir guiones de humor, casi al unísono vino lo de Private; precisamente lo que cuento en mi último libro Sexo, amor y pistachos. Al mismo tiempo comencé a dibujar lo que me estaba ocurriendo en aquel momento en mi vida para un futuro libro (Sexo, amor y pistachos) y ¡zas!, entonces me interrumpió mi segundo divorcio (2001); el mismo año de la caída de las torres de New York. Fue un cambio radical en mi vida, el regreso a casa de mis padres con mis hijos, la búsqueda de rolletes para no encontrarme solo, cuyas historias cuento en El arte de criar malvas, etc. Mi divorcio me truncó el cómic que iba a escribir sobre la aventura que vivimos mi hijo Rubén y yo en la productora porno de Private. Y como que el vivir la vida y dibujarla es para mi algo indivisible, me puse a explicar lo que me estaba sucediendo en aquel preciso instante, que es la parte en blanco y negro del cómic de El arte de criar malvas (el cómic dentro del cómic). Luego realicé en color mi historia después del divorcio, mi vida en casa de mis padres cual hijo prodigo (pero con hijos incluidos) y de todo eso, la parte de color más las páginas en blanco y negro de mi divorcio, que eran un par de años mas antiguas, con todo ello nació El arte de criar malvas (publicada en 2008). También dediqué bastante tiempo en conocer a mi nueva esposa, etc. Un día también saldrá a la luz, sin duda, esta parte de mi vida. Es que para contarla, primero hay que tener tiempo de vivirla, es decir, digamos que tardé diez años en vivir algo interesante o fuera de lo común, para después poder contarlo.


El cómic dentro del cómic en El arte de criar malvas (Astiberri, 2008).


Algo muy peculiar de tu persona/personaje es que acepta los golpes de la vida con mucha entereza, nunca se deprime ni culpa a los demás de sus problemas. ¿Te ayuda tu propio personaje a superar los problemas?

Bueno, cuando vivo mi vida en directo estoy tan abrumado por lo que me ocurre que sufro como un humano normal. Luego, al cabo de unos años, cuando rememoro los hechos en cómic y gracias a la perspectiva que te da la experiencia del hecho, el saber el final de la historia y el tiempo transcurrido en sí, hace que la cosa me parezca incluso divertida; como si yo fuese otro; además de que me doy cuenta de detalles que en el momento de vivir la experiencia que estoy contando ni siquiera los intuía. Pero lo que sí es cierto también es que al igual que Obelix se cayo de pequeñito en un barreño con la pócima del druida, a mí me da la sensación que me tuve que caer en un barreño de optimismo. Por muchas cosas que me pasen, aunque me abruman en el momento, las supero enseguida. Tengo un truco: cuando me pasa lo que me pasa en la vida, en lugar de desesperarme pienso en el señor Hulot de Jaques Tati y entonces me lo tomo con filosofía y me digo “bueno todo esto debe entrar en los cánones de la normalidad”. Bueno, a veces mis libros también pueden servir como esos de autoayuda; una vez coincidí en una cena de grupo con un amigo de un amigo que me dijo que gracias por Memorias de un hombre de segunda mano y El arte de criar malvas, en los cuales cuento mis divorcios, ya que a él le había ocurrido lo mismo y se separó y se fue a vivir con su hijo y tal; y allí, mientras me decía esto durante la cena, a su lado, ambos delante de mí, estaba su hijo de catorce años, el cual asentía a todo lo que decía su padre, y añadió que gracias a ver como me tomaba las cosas yo, él hacia lo mismo y eso le había ayudado a superar la crisis del divorcio y tal.

Hay una pregunta que siempre me ronda la cabeza cuando delante hay un autor de autobiografía. ¿Hasta que punto se confunden realidad y ficción? ¿Ha habido momentos en que tu vida real se ha visto afectada por tu personaje? No me refiero a querellas o cosas así, sino que más bien quiero saber si alguna vez has tomado una decisión o actuado de determinada forma pensando en la historieta que podrías escribir después al respecto.

En los demás autores autobiográficos no lo sé. En mis autobiografías en particular la únicas verdades que sacrifico es en beneficio de que la obra tenga un ritmo y un interés de sucesos hasta el final. Es decir, por poner un ejemplo, en lugar de al día siguiente, quizá realmente pasó al cabo de quince días; o, a veces, he utilizado un personaje secundario para contar como eran dos personas parecidas, para potencial al personaje y no crear mas personajes que los necesarios para la historia. Pero salvo esto, y cosas que a veces no desvelo en el cómic para no machacar demasiado algún personaje real, ya que no voy a eso, sino a que mi única intención es que el lector llegue a sentir lo que yo sentí, tal como lo viví. Respecto a si he actuado de una forma determinada pensando en que lo voy a contar en cómic; te diré no, pero lo que sí me ayuda, cuando me pasa algo destroyer, es pensar que alguna vez lo podré contar en cómic, sí, y entonces me imagino que tengo al lector subido a mi espalda, viviendo conmigo los hechos, y me entra la risa.

Precisamente desde El arte de criar malvas, da la sensación de que hay una preocupación por elaborar los guiones de forma más intrincada. Quiero decir que en Bohemio pero abstemio y Memorias de un hombre de segunda mano, uno se encuentra con una sucesión de anécdotas y personajes, mientras que en El arte de criar malvas y Sexo, amor y pistachos, hay varias historias que transcurren en paralelo y que te encargas de entrelazar. Hay incluso un cómic dentro de un cómic, tal cómo has puntualizado antes. ¿A qué se debe esta nueva preocupación? ¿Tiene algo que ver con que tus nuevos libros sean obras no serializadas previamente?

En parte sí; Bohemio pero abstemio comenzó como historias en El Víbora de cuatro, cinco, seis páginas independientes, autoconclusivas, incluso llevaban titulito: “El comebragas”, “20 días en Carabanchel”, “Mi fracaso matrimonial”, “El día de la bomba”, etc. Cuando seguí publicando sobre mi vida me encontré, naturalmente que iban saliendo los mismos personajes que si mis padres, mis compañeros de Z, mi esposa, hijos… que iban creciendo según la historia iba adelantando en el tiempo. Cuando comencé con las historias de Memorias de un hombre de segunda mano, las historias, aunque salían en El Víbora en capítulos, ya eran mas continuadas (trataban sobre mi vida correlativa hasta llegar a mi primer divorcio). Pero el cambio mas grande es en El arte de criar malvas. Aquí, antes de dibujar nada de nada, he escrito el guión como si se tratase de una película, teniendo en cuenta el ritmo del guión, la construcción dramática, y el movimiento hacia delante que es el crear interés hasta el final. Aunque Maurice Maeterlinch (premio Nobel) dijera: “Tener ideas es el Paraíso, pero elaborarlas es el Infierno”, a mí las ideas me las da la vida ya que no invento nada y me divierto mucho en la elaboración.


La complejidad de la trama en Sexo, amor y pistachos (Astiberri, 2010) sitúa parte de la acción en Arabia Saudita en el año 1951, ni más ni menos.


En cualquier caso, ¿crees que el panorama del cómic en España era más propicio para tus obras cuando hiciste Bohemio pero abstemio o lo es ahora?

Bohemio pero abstemio creo que se adelantó a su época, sí; incluso años después, cuando Glénat me publicó Memorias de un hombre de segunda mano (1998), les dije que diseñaran una portada tipo colección de Anagrama, de color amarillo paja, para confundir al personal, y así salió. Y realmente muchos lectores cogían el libro creyéndose que era de texto, y al ojearlo daban un brinco, les sonaba súper raro ver que aquello era un cómic… Ahora es un momento más adulto, ahora me da la sensación de que va cuajando y con estas últimas creaciones que han salido que te conmueven, que hablan de historias profundas (aunque edulcoradas con humor para que entren mejor, porque la vida se compone de todo), el lector se da cuenta que aquello que tiene en las manos, aquel libro, contiene una historia, puede ser de solo texto, con texto y dibujos, fotos, solo de imagen, dibujos fotográficos, de humor, o lo que sea; pero contiene una historia al fin y al cabo… Eso sí, se puede encontrar cosas buenas y cosas malas tanto en novelas de texto como en novelas gráficas. De hecho yo no les llamaría nada, no creo que haya que diferenciar si el autor decide contar lo que cuenta solo escribiendo, escribiendo y dibujando o solo dibujando; es una historia y punto. Es como una película, puede ser muda, color, blanco y negro, puede llevar música de fondo o solo que sea de diálogo y sin música, etc.


La portada original de Memorias de un hombre de segunda mano (Glénat, 1998).


Antes comentabas que tú, a la hora de hacer tus cómics, tratas de ser natural y empleas la cantidad de texto que te pide el cuerpo en cada momento, que además suele ser mucha. Me gustaría hablar un poco más sobre esto. Porque esa cantidad de texto puede tener distintas funciones y distintos efectos sobre los lectores, ¿no?

Los efectos son los mismos que les ocurre a los espectadores de cine; cuando van al cine ya van preparados para lo que creen que van a ver y no les des otra cosa que a lo que están preparados mentalmente. Por ejemplo en la peli Muertos de risa de Santiago Segura y El Gran Wyoming, la gente creía que se iba a partir de risa y es una película buena, pero seria. Hasta ahora, cuando un lector coge un cómic, normalmente, cree que se va a encontrar páginas con dibujos, poco texto y una trama sencilla para seguirla sin concentrarse mucho y que le va a entretener sin ningún esfuerzo, y si al abrir un cómic se encuentra que allí hay mucho texto que leer, aunque no sea tanto como en un libro, pero que hay bastante texto; resulta que mientras en un libro le parece normal y ya esta preparado para leer, al verlo en el cómic le parece, por poco que haya, demasiado. Eso les ocurre incluso a los lectores asiduos de libros de texto cuando deciden coger un cómic (y resulta que hay bastante texto). Pero, como te decía, ahora, poco a poco la gente se esta mentalizando que cuando abre un libro se va a encontrar una historia ya sea todo texto, texto y dibujos o solos dibujos y cuando esto lo tenga en mente, no le importará, sólo que la historia sea buena y le cale y le conmueva. Tengo una visión surrealista del futuro: la gente entra a ver una película, preparada mentalmente a seguir una historia en la pantalla, y al entrar en la sala, en lugar de pasarse la película, cada espectador se encuentra con un cómic en su asiento. Y entonces, como la cosa más natural, se sientan todos (cada uno en su butaca numerada) y se quedan ahí un par de horas leyendo la historia en cómic tan feliz (riendo o llorando según del cómic de que se trate), sin desear nada más. Y al acabar salen de la sala y se van en grupos a tomar algo y a comentar lo que han visto, ya que los libros eran todos el mismo, el que anunciaban en las carteleras.

Por el tono de tus comics nadie lo diría, pero creo que te gustó mucho Madre vuelve a casa de Paul Hornschemeier. ¿Estás al tanto de lo que hacen las nuevas generaciones de autores nacionales y extranjeros? ¿Qué tipo de cómic te suele atraer más?

Es que Paul Hornschemeier te envuelve en un mundo de sentimientos desgarradores impresionante que están en el trasfondo de sus guiones y en cambio las imágenes son de lo más dulce que te puedas imaginar y es un creador de atmósferas inigualable. A parte de Hornschemeier últimamente me gusta Edmond Baudoin y su Ensalada de Niza, por sus guiones poéticos sin compasión y trazo gestual; Una vida errante de Tatsumi; Castillo de arena de Frederik Peeters; Shigeru Mizuki con su historia NonNonBa; fantástico también Fun Home de Alison Bechdel; David Prudhomme; Craig Thompson y el de siempre, Chester Brown, haga lo que haga; de España me ha impactado el retorno de Miguel Fuster con su 15 años en la calle, el jovencímo Alfonso Zapico con su Café Budapest, y los que están en boca de todos: El arte de volar de Altarriba y Kim, María y yo de Gallardo, Arrugas de Paco Roca, etc. Cuando leo todos estos cómic disfruto como un enano (me refiero a los enanitos de Blancanieves, que nadie se ofenda).

Casi se puede decir que tus cómics autobiográficos eran novela gráfica antes de que la novela gráfica fuera lo que ahora conocemos como tal. ¿Cómo ves tú el fenómeno de la novela gráfica y qué relación le encuentras con tu propio trabajo?

Me anima ver que muchos hayamos escogido este camino para expresarnos y todos de manera diferente… digamos que unos en bici, otros andando, y otros corriendo o saltando. Yo, particularmente, es como si sintiese cuándo un lector abre uno de mis libros, se sumerge junto a mí en mi mundo y comparte conmigo mi experiencia, que es lo que deseo; por ejemplo, ahora, pienso que en este preciso instante más de uno estará metido en alguno de mis libros reviviendo mi vida, es impresionante.

Algunos tienen fantasías sexuales con enfermeras y tu tienes querellas de las enfermeras. ¿Se puede saber por qué se querella la gente contra ti? Todos tus personajes están tratados con bastante ternura y comprensión.

Cierto, no voy en contra de nadie. Y lo que cuento es en pro de que los humanos que me leen sepan como son los humanos que normalmente no me leen; pero que cuando alguno de esos que no me suele leer y sale en mis páginas me lee es cuando viene la querella.

Lo de las enfermeras, fueron las de la Clínica Quirón, creo que eran ocho, antes de entrar a juicio me dijeron con toda la cara, sin que el juez las oyera, que se divirtieron mucho viéndose en la revista, pero que el abogado les dijo que podrían sacarme un montón de pasta por aquello.

Otro se querelló por que era asesor de Cultura la Generalitat de Catalunya, un antiguo conocido mío, y aunque yo le había cambiado de nombre en el cómic, por precaución, dijo que se le reconocía por los hechos. Pero por culpa de ponerme una querella fue cuando en realidad se enteró todo dios, ya que salió publicado en La Vanguardia, en la que decía: “Un Asesor de la Generalitat se ha querellado contra Boldú porque asegura que uno de los personajes de sus historias es él, aunque no lleva su nombre. Al final tuvo que retirarla, menos mal pues me pedía cuatro millones de la época de la peseta.


Algunos no tienen sentido del humor. En El arte de criar malvas (Astiberri, 2008).


Hemos leído que colaboraste con Manuel Vázquez. ¿En qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Conocí a Vázquez personalmente un año antes de que se muriese. Resulta que creamos una revista que se llamó Barragán, que comenzó siendo una revista mensual y acabó siendo semanal (en total salieron trece números), era como El Jueves, pero más bestia; pero no pudimos resistir los avatares de El Jueves y nuestro invento sólo duro un total de cinco meses. Quisimos que dibujara con nosotros Óscar de El Jueves, que se negó, y también Kim, que dijo que le era imposible; ya sé que todo esto suena a surrealista pero es que en un principio el director era yo y el editor y dueño era Barragán, el humorista destroyer ese que sale en la tele, que en realidad se llama Josep María Rubio y entonces se añadieron al proyecto Ja, Vázquez, Vallés, Carali, Fajardo, Lejeune, Ramón de España, Revilla, Orcajo, Carlos Vila, etc. Y tambíén humoristas de la tele, amigos de Barragán, como Paco Aguilar, Moncho Alpuente, Javier Giménez, etc.; estos últimos escribían sus articulitos de humor.

Al final el director fue Vázquez y yo fui el director ejecutivo de la misma. Cuando se acabó Barragán, Vázquez y yo, seguimos viéndonos y comenzamos a proyectar una revista de humor erótico y lanzado que se iba a llamar Cultura X (el nombre se lo inventó él). Cinco días antes de que Vázquez se muriera, me invitó a cenar a su casa (sí, sí lo habéis oído bién, ¡me invitó!) cenamos con su esposa y su hijo, el menor. Allí ya teníamos el diseño de la cabecera de la revista y él ya estaba preparando Anacleto y Las hermanas Gilda en plan porno y yo también otras historias seudo autobiográficas de ligues y tal. Vázquez habló por teléfono, cuanto estábamos en los postres de la cena, con la gente que iba a invertir la pasta y acordamos en vernos el miércoles de la semana siguiente para seguir con el proyecto. Llegó el miércoles y Vázquez no me llamó, bueno, pensé “son cosas de Vázquez, que se le ha ido la olla”; en fin, el que sí se había ido era él, pero entero, pues se había muerto precisamente aquel día. Es decir, el último proyecto que tuvo Vázquez en su vida fue conmigo.

¿Por qué diablos hacer cómics cuando uno puede trabajar para Private?

Lo de Private fue un accidente casual de mi vida; buscaban un guionista y acabé haciendo cafés para las actrices porno, actores y personal de producción. Este es uno de estos casos que cuando te está sucediendo te dices… “Je, esto lo tengo que contar en un cómic que se llame Amor y pistachos”; aunque luego añadí “Sexo” al título, pues, en realidad hay más sexo que amor en esa historia, aunque algo de amor sí que lo hay. Además me llevé a mi hijo para que me hiciera de intérprete, pues todos hablaban inglés y yo no tenía ni idea. Es como la película española esa famosa, Recluta con niño, pero en lugar de llevar el niño a un cuartel lo llevo a una peli porno. Aunque el cómic Sexo, amor y pistachos tiene de todo menos porno. Es que al fin y al cabo descubrí que la realidad del porno no es nada porno.


De todo menos porno en Sexo, amor y pistachos (Astiberri, 2010).


La revista U incluyó Memorias de un hombre de segunda mano entre lo mejor de la década de los 90. Dos amigos con un criterio bien formado me han comentado, de forma independiente, que consideran que Sexo, amor y pistachos merece el Premio Nacional de Cómic de 2010. ¿Consideras que has abierto camino en el cómic español? ¿Consideras que tu aportación ha sido lo suficientemente reconocida?

Suficientemente reconocida, pues… si te refieres a que si la muchedumbre se abalanza hacia las librerías a codazos unos con otros para no quedarse sin uno de mis cómics, pues no; pero no porque no le guste, sino porque desconoce que existe. Los que han leído algo mío coinciden en que se lo pasan bién, unos se ríen, a otros les da por pensar, o les sirve de autoayuda, y casi unánimemente quedan a la espera de que salga el próximo para seguir leyéndome, pues ya me han descubierto. Lo del Premio Nacional, ojalá, pero no sé… deberían cambiar mucho las cosas para que decidieran darle este premio a una obra que no aspira a conmover a nadie; ¿o sí que ha conmovido a alguién?…

Este año cumples 60. ¿Te jubilarás a los 65 o a los 67? Lo digo para calcular cuántos tebeos de Boldú nos quedan todavía por leer.

En el momento de palmarla, que será cuando realmente me jubile, me gustaría dejar suficiente vida en tebeo como para que no me encontréis a faltar durante mucho tiempo. Y me sigáis queriendo, que es al fin y al cabo mi intención.



6 comentarios

  1. Muchas gracias!!!

  2. Vaya pedazo de entrevista. Tres veces bravo.

  3. Pingback: Tweets that mention Entrevista con Ramón Boldú -- Topsy.com

  4. Estupenda entrevista, muchas gracias.

  5. Es tremendo este hombre. Geniales todos sus tebeos. GRacias poer hacérmelo pasar tan bien,.

  6. Qué bueno es Boldú, me encantan sus historias de “Bohemio pero abstemio”, recuerdo cuando se publicaron que tuve el honor de conocerlo en el salón del cómic de Barcelona y como no había nadie más que quería tener un cómic firmado suyo, nos pusimos a hablar de sus historietas. Joder, han pasado tantos años de eso, yo era un chaval! JAjajaja, grande Boldú y enorme artículo!

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