Reseñas — 7 diciembre, 2010 at 7:15 pm

Amistad estrecha (Bastien Vivès)

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Amistad estrecha (Bastien Vivès). Diábolo, 2010. Cartoné. 136 págs. Color. 17,95 €


Si Bastien Vivès dejase mañana de publicar tebeos, habría dejado para la posteridad lo que en mi casa llamamos “la trilogía del amor”. Una obra, en su conjunto, que por su temática y por la juventud del autor me recuerda mucho a la de tantos poetas que han jugado con su herramienta, la palabra, para aprehender ese sentimiento tan inexplicable como indispensable para la maduración personal. La herramienta de Vivés es sin embargo el dibujo, y con ella es capaz de dibujar los cómics más tristes esta noche. O la noche que le dé la gana, porque su habilidad para convertir líneas en el papel en historias en nuestra cabeza y sentimientos en nuestras entrañas, es extraordinaria.

En El gusto del cloro asistíamos a un amor inesperado, fugaz, un flechazo atenuado por ese azul piscina tan sedante. En En mis ojos el amor volvía a nacer de la nada para crecer en intensidad y sensualidad. El dibujo y el color acompañaban, sí. Finalmente, en Amistad estrecha, el amor no surge, porque estaba ahí. Los protagonistas, chico y chica, son amigos desde la niñez. Y sin saberlo, o al menos sin que uno de ellos lo sepa, se aman. O se preguntan cómo sería amarse. O se preguntan cómo sería hacer esas cosas que se suponen que deben hacer los que se aman. En cualquier caso, como en el resto de cómics de Vivès, casi más importante que lo que se cuenta, es cómo se cuenta. No porque lo contado no sea interesante, carezca de sensibilidad o contenido, sino porque el cómo es el qué. Es como si hubiera tenido que llegar un jovencito –o dos, si contamos a Dash Shaw– para contarnos que los cómics no son palabras más imágenes. Los cómics son cómics, y las imágenes hablan y las palabras son dibujos, indistintamente. Lo reconozco, es exagerado esto de los jovencitos, pero ya nos entendemos.



Curiosamente, esta trilogía del amor parte de un concepto cercano al método Dogma de Lars von Trier, es decir, la imposición de ciertas restricciones que coarten la libertad del autor y que conviertan la obra en un ejercicio de estilo o de experimentación. En El gusto del cloro los elementos limitantes eran la levedad argumental y lo cerrado del escenario, una fría piscina, que no parece a priori lugar más idóneo para hablar del amor. En mis ojos cambiaba totalmente de tercio, alternando distintas localizaciones y trastocando el frío verdeazulado del anterior trabajo por apasionados rojos y verdes, pero ciñéndose rigurosamente al encuadre de una primera persona subjetiva. En Amistad estrecha la historia narrada, en cuanto relato, es tan original como las dos anteriores. O sea, nada. No es ahí donde hay que buscar la experimentación. De nuevo, sus personajes son un poco repelentes –no sé si Vivès los hace así adrede o si le salen así porque es lo que conoce–, él por pavisoso y ella por petarda, así que tampoco por ahí encontraremos el nuevo reto autoimpuesto por el autor. En mi opinión -que no es única y exclusiva- el auténtico reto que se ha planteado Vivès en esta ocasión es el dibujo, que como ya hemos dicho es, también, narración. Sin el acabado más pulcro de El gusto del cloro y sin las ceras embellecedoras En mis ojos, el dibujo de Amistad estrecha es dibujo en estado puro, espontáneo, plagado de “errores” de acabado. Es un dibujo vivo, vibrante, cambiante, en el que las cortinas se mueven sin necesidad de dibujarlas como si las arrastrase un vendaval y los personajes pueden quedarse sin ojos ojos de una viñeta a la siguiente sin que la narración se resienta, un poco pidiendo al lector que complete el dibujo, o tal vez indicándole que ni siquiera es necesario completarlo, que así ya es suficiente. Compárese este dibujo con el mucho más elaborado y meditado de El gusto del cloro, y se entenderá perfectamente la nueva norma Dogma que Vivès se ha dispuesto a cumplir en esta ocasión. Es más, diría incluso que esta urgencia por traspasar el gesto del cerebro al papel a través de la mano, que es a la vez traidora y sello de identidad, crece a medida que avanza el álbum. Fondos que aparecen y desaparecen. Escenas rescatadas de la memoria, borrosas mediante el tratamiento informático. Un polvo de 18 páginas para cerrar el álbum. Bastante experimental, sí, y todo ello potenciado por un fantástico color entre pastel y estridente –si ello es posible– de Romain Trystram.



Pero la gracia del asunto, el auténtico valor de Vivès, radica en que en última instancia no importa demasiado si lo que hace es experimental o no. Lo que importa es que es creíble, lo que importa es que nos cuenta lo que ya conocemos (o incluso hemos vivido) como si fuera algo nuevo y único. Lo que importa, ahora sí, es que genera una respuesta en el lector. Porque nos cuenta lo que nos cuenta con un lenguaje que parece el de siempre pero que es el lenguaje de un nuevo cómic que se sacude prejuicios y mañas aprendidas, que no necesita parecerse ni a la realidad tal cual la percibimos en tres dimensiones ni a la ficción tradicional sobre papel. Es, en definitiva, una realidad nueva en dos dimensiones, con sus propias reglas y dinámicas. Y ojo, que eso no quiere decir que este sea el camino ni que Vivès esté descubriendo la pólvora. Otros lo han hecho, aunque en otros momentos, otros contextos y otras condiciones. Y por tanto con otros resultados. Simplemente, como casi todos los grandes autores, Vivès aprende a base de prueba y error en sus propias carnes, está descubriendo su pólvora, y resulta que su pólvora es de la que arde y sus fuegos artificiales de los que deslumbran. Y si no deja los tebeos mañana, le queda mucho camino por recorrer y muchas trilogías por firmar y, con suerte, nosotros las veremos y podremos decir que estábamos ahí desde el principio.

10 comentarios

  1. Completamente de acuerdo con un nuevo lenguaje como hallazgo, al igual que estoy de acuerdo con el dominio del gesto, casi cinematográfico, al que alude Pepo y las escenas de cama, soberbias desde mi punto de vista… sin embargo, no puedo dejar de fijarme en el lugar en el que coloca al narrador en todas sus obras y de cómo sobresignifica unas relaciones tan 2.0, con el pagafantas como absoluto protagonista. Esto me pone un poco alerta, sobre todo porque Vives es muy buen voyeur, y algunos somos bastante sensibles a esto de mirar por la cerradura. Una vez superada la tentación, sí comentar que los desenfocados digitales, aparentemente toscos, me dejaron bastante fría. Entiendo su cometido, pero no me terminaron de convencer.

  2. Aporto mi propio comentario como complemento. Para mí el vértice más débil de la trikogía romántica de Vives:

    http://mundosenparalelo.blogspot.com/2010/09/comic-amistad-estrecha.html

    Saludos.

  3. Aporto mi propio comentario como complemento. Para mí el vértice más débil de la trilogía romántica de Vives:

    http://mundosenparalelo.blogspot.com/2010/09/comic-amistad-estrecha.html

    Saludos.

  4. En mi humilde opinión creo que los 2 primeros ganan en cómo se cuenta y este gana en la historia en sí. Me llenó más el contenido de esta última historia que no el resto, que su interés estaba en cómo lo cuenta. Las tres son para mí geniales. Muy buen análisis ;)

  5. yo no entiendo los cocmentarios de que “se repite”. Reincide en su tema medular, si queremos, vale; pero ni de coña veo repetición en Vivés.. de hecho, casi ni en el tema: ¿tan iguales son el descubrimiento convertido en necesidad (El Gusto del cloro), el proceso completo revelado desde la mirada en primera persona (En mis ojos) y la duda del roce y el cariño que supone este tercer eslabón? Yo creo que Vivés alimenta y hace crecer un discurso “autoral”, pero no estamos ante un dejabú (eeeehhh, no sé francés, lo digo como quiero :D )
    Y en lo gráfico y narrativo, que se sale, carai, que me da igual si tira por el birli birloque del anterior o por una narrativa más ortodoxa (que no convencional).
    Por cierto, yo también disfruto de la de romanos, es un ejercicio de estilo, este sí, más convencional, pero es que a Vivés la calidad le sale por los poros…

    como siempre, Berny, sembrado. Que no pare, queremos reseñas entrecomiqueras, vamos, todos… ;)

  6. Si este hubiera sido el primer comic que leo de Vivès, probablemente me habría despertado las mismas sensaciones que me causó El Gusto del Cloro, pero cuando pretende contarme por tercera vez la misma historia empiezo a sospechar que me está vendiendo una burra coja y que lo estamos sobrevalorando entre todos.

  7. “Yo creo que Vivés alimenta y hace crecer un discurso “autoral”, pero no estamos ante un dejabú”

    Lo curioso es que alguien tan joven explore las consecuencias de la idealización (como si ese tema no hibiera sido tratado). Me siguen pareciendo mucho más interesantes los cuentos abiertamente perversos de Kiriko Nananan, sobre todo en contenido. Lo que cuenta Vivés ya lo han contado otros; es decir, es un autor en el que prevalece la forma frente al contenido, lo que tampoco es negativo, todo lo contrario, sorprende por su afán de experimentación en lo que se refiere al momento, al detalle, al saber llevar el tiempo.

    Supongo que tiene que vivir más. Pero su forma de mirar al sexo femenino, a mi por lo menos, me parece “sospechosa”, demasiado del XIX.

  8. Es el modo en que suele mirarlas un chico de veintipocos años. Los chicos de veintipocos años. A finales del XX, o a comienzos del XXI.

  9. Uy Peter, de generalizaciones está llena el mundo, y hay miradas en chavales de veinte muy distintas en ilustración, literatura, cine… no sé hasta qué punto la edad es una excusa ;)

  10. ¿Cómo cuáles? ¿Puedes poner ejemplos concretos?

    Pequeña Del, no se trata de excusas. Se trata de las cosas que le pasan de verdad a la gente. En la realidad. Un chico de esa edad tiende a idealizar a las mujeres. Así es. Lo sabe cualquier hombre que ha pasado por los veintipocos, o al menos la mayoría. Y porque las idealiza, las chicas de su edad tienden a manejarles. Pregunta a un hombre al respecto. A un hombre que sea honesto y te diga la verdad sobre el asunto. Como Vivés.