Reseñas — 20 febrero, 2007 at 8:25 am

El viajero de la tundra (Jiro Taniguchi)

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El viajero de la tundra
El viajero de la tundra (Jiro Taniguchi). Ponent Mon, 2006. Tomo manga, tapa blanda con solapas. 250 págs. B/N. 16 €


El viajero de la tundra es una recopilación de relatos cortos que tienen su base en historias relacionadas, en mayor o menor medida, con la naturaleza, en la relación que el hombre como ser individual o como género ha mantenido o mantiene con ella: cómo eran y cómo son ahora; cómo hemos actuado sobre ella, intentando llevarla a “nuestro terreno” y cómo la Naturaleza –así, con mayúsculas- nos deja inmiscuirnos en su campo, aunque, querámoslo o no, vamos a salir cambiados de ese contacto, fuese o no ésa nuestra primera intención: nos rodea, nos abarca, nos pone límites a todas nuestras capacidades, nos hace ejercitar el ingenio y nos reta continuamente.
Así nos hace sentir Jiro Taniguchi con las historias que recogidas en este tomo: el hombre que quiere llegar a conocer cuáles son sus límites, movido siempre por intereses tan distintos como el propio conocimiento, la auto superación o la simple y dura supervivencia.
Todas y cada una de estas pequeñas grandes historias están enmarcadas por una naturaleza poderosa, que juega un papel fundamental: no es un mero marco, un fondo para el desarrollo del relato que se nos está contando. Es un personaje más, que con sus cambios hace que el guión gire y transforme el devenir del resto de los implicados, pobres humanos que, a pesar de sus ideas, acaban sucumbiendo ante su poderío y su fuerza.

En primer lugar nos encontramos con El viajero de la tundra, que da nombre al recopilatorio. Aquí nos encontramos a un joven Jack London en sus primeras peripecias por la región del Klondike y de cómo sobrevivir siendo un novato a la llegada de los primeros e intensos fríos, y de su relación con Jing Ha, un carnato –el pueblo del Alce- un cazador y perfecto conocedor de la zona y de su clima y que no entiende la invasión del hombre blanco y “su fiebre del oro”.
No es el único relato de Jack London: la segunda historia, El páramo blanco, es “una reconstrucción de la primera parte” de Colmillo Blanco: de nuevo, por tierras de Alaska, dos hombres contratados para llevar el ataúd de un aventurero rico hasta algún lugar de vuelta a la civilización y su encuentro con una manada de lobos hambrientos.
En el siguiente relato, Hacia la montaña, nos encontramos con el Taniguchi que gusta de rememorar tiempos pasados, tradiciones llenas de honor, casi perdidas, herencias de antiguo que parecen no tener cabida en la actualidad. Para contarnos todo esto y paladear aquellos viejos sabores, vuelve a su Japón natal, y nos cuenta la historia de un padre, ya hecho abuelo, cazador del pueblo matagi, que sale a dar caza al oso asesino de su propio y único hijo, que ha vuelto a “su” montaña, más fiero que nunca.
En el cuarto relato, cambiamos la montaña por el mar. Kaiyosejima es la historia de un niño debilucho que va a pasar las vacaciones estivales a una localidad costera, donde el paisaje –natural y humano- le cambiarán para siempre, casi por completo y sin apenas darse cuenta.
Shôkarô es la historia de un mangaka que quiere abrirse paso como autor y no seguir trabajando a las órdenes de un maestro para el que sólo puede entintar. Es el relato diferente de este tomo. El joven autor, que narra la historia en primera persona , vive en una habitación muy pequeña, con un diminuto tragaluz en el techo como única ventana al exterior. La naturaleza es al gran ausente, brilla por su ausencia en este relato, en el que el ambiente llega a ser, por momentos, claustrofóbico y agobiante, en comparación con los grandes espacios contemplados hasta ahora.
El último relato es Regresar al mar en el que, a través de los ojos de un científico ocupado en el estudio de las ballenas, Taniguchi fabula con la existencia de un enorme cementerio de ballenas en un punto lejano del norte, en el océano Glacial Ártico.

Interior
Este escaneado no hace justicia a la cuidada edición de Ponent Mon, que conserva el sentido de lectura oriental


A poco que se conozca o se haya podido ojear la obra de Taniguchi, sabremos reconocer su dibujo: precioso y preciosista, esmerado, cuidado hasta el más nimio detalle.
Como ya hemos dicho, la naturaleza juega un papel muy importante en esta obra: las viñetas de las montañas, las grandes extensiones heladas de Alaska, la costa, el mar, … todo nos sitúa en el lugar preciso, sabemos que está o que estuvo así justo mientras sucedía lo que se nos está contando: nos transporta hasta ese preciso momento dulce o tormentoso, alegre o tortuoso, sin esfuerzo aparente.
Igual sucede con los animales, no pocos, que aparecen por aquí: un alce blanco, un oso, lobos y perros, ballenas,… Todos ellos son personajes más de la historia, acompañan al paisaje y al individuo, ayudándolo a superar o haciendo más duro y difícil, su paso por ese mundo particular que se nos propone.
Los personajes humanos tienen el claro y diferencial sello de Taniguchi: los ojos y sus expresiones, la forma del pelo, las poses cuidadas y, como siempre, los distintivos detalles –marca de la casa- que consiguen que parezca que conocemos de vista a algunos de ellos: sí, ese personaje me suena, del que llegas a intuir algo y del que, por supuesto, quieres saber más, pues estás convencida de que su historia no será nada trivial, aunque pueda ser común.

De todo esto se deduce que Jiro Taniguchi es un autor que me gusta mucho, muchísimo, aunque también debo decir que este tomo pueda parecer una obra menor dentro de su trabajo, pero desde luego, es una obra a tener en cuenta dentro del panorama actual, que destila sensibilidad y buen hacer.

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Bueno, este es el nivel medio que habría que pedir a cualquier tebeo



Mar

5 comentarios

  1. Taniguchi sabe sensibilizarnos como nadie con los temas que trata en sus obras. Esta serie de relatos gira entorno a la naturaleza, como verdadera protagonista de la historia, e intenta enseñarnos que es ella la que impone las leyes/equilibrio que nosotros tenemos la obligación de acatar, teniendo la suerte los seres humanos de poder disfrutar de su belleza y sabiduría. Ella es la verdadera “maestra” que sabe, en muchos momentos, encauzarnos y hacernos reflexionar acerca de lo desproporcionados que son a veces nuestros actos sobre las cosas que nos rodean y que somos unos privilegiados de poder admirarlas si somos capaces de no destruirlas.

  2. A mí no me ha parecido una obra menor.

    Los dibujos son fabulosos, como de costumbre en este autor, y los fondos y paisajes majestuosos; la utilización de las tramas para crear las montañas y el agua del mar es ejemplar y de gran belleza.

    Los relatos cortos no tienen por que considerarse obra menor. Hay grandes obras literarias que son una recopilación de relatos: Rimas y Leyendas de Bécquer, Novelas ejemplares de Cervantes,…

  3. Hola, Jesús!
    Desde luego que no es una obra menor (y no es eso lo que digo :-D), sino que dentro de la magnífica obra de Taniguchi, no alcanza -para mí, desde luego- el nivel de otras suyas, como puedan ser Barrio lejano o El Almanaque de mi padre.

    Besitos

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