Reseñas — 7 enero, 2010 at 9:59 am

El Vecino 3 (García & Pérez)

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El Vecino 3 (García & Pérez). Astiberri, 2009. Cartoné. 144 págs. B/N (y un toque de color). 16 €


“Es por aquí”, dice Lola en la segunda viñeta señalando hacia la derecha. “Ah, gracias. Es que con la obra ya no me aclaro”, responde Javier en la viñeta siguiente. Con este sencillo diálogo, Santiago García y Pepo Pérez parecen hacer un comentario sobre su propia serie, que número a número se reinventa a sí misma estilística y temáticamente respondiendo a sus propias inquietudes en cada momento, y que en este tercer tomo alcanza una madurez hasta hace poco nada habitual en el cómic español, una madurez basada en la autoconciencia del medio que parece estar floreciendo en los últimos tiempos en obras como El arte de volar (Antonio Altarriba y Kim), El experimento (Juaco Vizuete) o Buñuel en el laberinto de las tortugas (Fermín Solís), por citar algunas de las más recientes. La comedia de situación centrada en la relación entre un opositor y su vecino superhéroe (aunque nunca veamos a Titán ejercer sus superpoderes) del primer número dio paso a algo más cercano a la denuncia social en el segundo, con un mayor énfasis en la construcción de los personajes, mientras que en este tercero se prescinde completamente del “género”, como si los autores hubieran soltado las muletas, para emprender un camino mucho más universal y posiblemente mucho más cercano a cada uno de nosotros.

Este tercer Vecino no sólo cambia formato respecto a los dos anteriores, reduciendo su tamaño y prescindiendo del color para entrar de lleno en el terreno de la novela gráfica, sino que se adopta una serie de decisiones narrativas tan arriesgadas como decisivas en la percepción del lector de la obra. A muchos habrá llamado la atención la retícula de 3×3 viñetas de idéntico tamaño que se repite en todas y cada una de las páginas del libro, e incluso algunos se habrán acordado de Watchmen. Bueno, nada más lejos de la realidad. Mientras que en Watchmen la retícula es un elemento visible que se rompe en varias ocasiones llamando así la atención sobre su uso, en El Vecino 3 se convierte en una argucia que destruye completamente la composición de la página en viñetas y su uso con fines narrativos. Más que nunca, el cómic se convierte aquí en “el arte invisible”. Cuando Lola dice “es por aquí” señalando hacia la siguiente viñeta, comienza un maratón narrativo que no termina hasta que cerramos el libro, un libro sin capítulos ni puntos y aparte. No son demasiados los autores modernos que han optado por esta solución: se me ocurre que Joe Matt lo hizo en Spent y Joann Sfar y Christophe Blain en el tercer Sócrates el semi-perro, pero aquí se juega con un segundo factor determinante en el ritmo trepidante del libro, y es que las secuencias no terminan ni empiezan donde habitualmente se supone que deben hacerlo, al final o principio de cada página, sino en cualquier otro punto intermedio. Esta decisión (buscada) se acentúa debido al remontaje de las páginas, originalmente dibujadas en una retícula de 4×4. Esta retícula y estos saltos de escena, tan queridos por Jaime Hernandez (con distintas intenciones y resultados), causan extrañeza las dos primeras veces que aparecen. La tercera vez, provocan una necesidad imperiosa de seguir pasando las páginas de una historia que no da tregua al lector. Ayuda, claro, que en la historia se dosifiquen de una manera tan calculada pero con apariencia tan natural las vivencias de los distintos personajes, pasando inesperadamente de un escenario a otro y creando conexiones implícitas entre las distintas acciones que se suceden. El dibujo, ya con una caligrafía propia, despojado de lo superfluo y de trucos de embellecimiento deudores en las dos anteriores entregas de Dupuy & Berberian y Blain respectivamente, se transforma en lo que Chris Ware quiere para sus dibujos, una herramienta para narrar, no un artificio que admirar. El Vecino 3 no se mira, se lee. El lenguaje corporal de José Ramón, siempre compungido y reprimido, o el de la becaria, siempre provocadora y exuberante, se leen y comunican tanto como sus diálogos. En este sentido, se puede decir que la labor de García y Pérez en cada uno de los apartados de la elaboración de este libro es casi intercambiable: el dibujo es guión y el guión no es cómic hasta que se dibuja. También se percibe la intención de los autores de huir de algunas convenciones que a lo largo de los tiempos ha ido adoptando la historieta, muy deudoras del cine (cambios de plano, zooms, encadenados), al tiempo que echan la vista atrás hacia los fundamentos del cómic, en especial el valor de la caricatura como elemento comunicativo de emociones, ejemplificado en el temblor de los personajes, las gafas de José Ramón o la velocidad con la que pueden llegar a bajarse unas escaleras. Una caricatura, todo sea dicho, que no se queda tan sólo en el dibujo. Personajes como “el eterno opositor” o “el primo del pueblo” son pura caricatura asumida en nuestra cultura, por no hablar de lo que parecen delirios esquizofrénicos de Javier/Titán, contrastando con el aparente naturalismo de lo relatado.



Aunque parezca una frase hecha, El Vecino 3 es como la vida misma… sólo que la vida, la realidad que nos circunda, no es igual para todos. De hecho, existen tantas realidades como personas, siendo cada uno responsable, consciente o inconscientemente, de su propia realidad. O lo que es lo mismo, cada uno de nosotros vive su propia ficción, como podemos intuir ya desde la portada. Este es, a mi parecer, el tema central de esta obra, en la que todos los personajes mienten para mantener el statu quo de su propia realidad/ficción auto impuesta, acercando el meollo de El Vecino a la tesis esgrimida por Grant Morrison en Los Invisibles, o de forma más tangencial a lo que propone Vizuete en El experimento. José Ramón no duda en mentir para asegurar su incierto futuro como funcionario aún a costa de su vida amorosa con Rosa. Rosa miente a José Ramón para seguir siendo la novia perfecta. Lola trata de que todo a su alrededor se mantenga estable aunque tenga que ocultar la verdad a sus seres queridos o se niegue a escuchar la realidad tal y como se la plantea Rosa. La becaria miente a todo el mundo para lograr su exclusiva. Javier/Titán, el protagonista, es quien más claramente crea su propia realidad. Un personaje que, en su personalidad cotidiana ha de mirarse constantemente al espejo para reafirmar su existencia y que cuando se viste con los colores de su propia ficción, los colores de Titán, deja de ser invisible para transformarse en un héroe que no duda en cerrar el paso a toda costa a una legión de villanos invisibles (y “que nadie ha visto nunca”). Y un personaje memorable, el empresario que se lucra con el merchandising de Titán (tremenda la escena del primer encuentro entre ambos), con la seguridad del que vende su propia realidad a los demás. Este choque de realidades tal y como las perciben los distintos personajes es lo que genera la tensión dramática del libro, que por otra parte nos llega como algo muy cercano aunque no nos identifiquemos necesariamente con ninguno de los personajes.



Como tema central de un cómic, esta mirada hacia la construcción individual de la realidad corre el peligro de caer en lo pretencioso, como me parece que les pasó a Felipe Hernández Cava y Pablo Auladell en Soy mi sueño. Sin embargo, Santiago García y Pepo Pérez juegan la carta inversa, evitando cargar las tintas en lo filosófico, apenas sugiriéndolo para que sea el propio lector quien saque sus propias conclusiones y firmando un tebeo tremendamente divertido y adictivo. Contribuyen a ello los diálogos recién salidos de la calle, no siempre relevantes pero casi siempre con el tono de credibilidad adecuado, chistes antológicos, como el de “la Legión”, montajes en paralelo, como el de la conversación ente Lola y Rosa mientras a Javier le dan plantón en un concierto, o simplemente la caracterización de personajes, con esa capacidad para poner de relieve algunos rasgos de la psicología femenina (“Te voy a dar mi opinión sincera, tanto si me parece bueno como si no”, “Claro, eso es lo que quiero”) como de la masculina (“No menciones nada de esto. Como si no hubiera pasado. Al fin y al cabo somos hombres, ¿no?”).

El Vecino 3 llega justo a tiempo. Una novela gráfica española madura justo cuando la novela gráfica se asienta en el mercado español. Un cómic de una profunda levedad que se aleja de caminos trillados y evita préstamos y reglas innecesarias. Un cómic-cómic.


1 comentario

  1. La mutación de la serie ha sido propia de un gusano de seda. Gracias a la reseña ya se porqué no pude parar de leer hasta el final, ¡porque los autores lo dispusieron así!, jejeje.

    El volumen más exigente y jugoso que invita a más de una lectura y que, además de todo lo dicho por el tio berni, es divertido y emocionante. Los blog de los autores son, para mí, una lectura obligatoria por sus reflexiones sobre el cómic. Ver como muchas de esas ideas se plasman y toman forma en una obra ayudan a comprender más esos puntos de vista.

    Como bien dice el tio berni al final, este cómic es un pura sangre.