Reseñas — 14 abril, 2008 at 9:02 am

El reductor de velocidad (Christophe Blain)

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El reductor de velocidad (Christophe Blain). Norma, 2008. Cartoné. 80 págs. Color. 19 €


Con El reductor de velocidad, un Christophe Blain de tan sólo 30 años obtenía el premio Alph-Art coup de cœur en la edición del año 2000 del Festival de Angoulême. Exceptuando un par de cuadernos de dibujos, ésta era su primera obra en solitario, tras haber colaborado con David B en la serie Hiram Lowatt & Placido y recién comenzada su participación en la serie La Mazmorra: Amanecer con El Camisón. Así pues, nos encontramos ante una obra donde el Blain guionista da rienda suelta a los temas que después han demostrado ser sus favoritos y han conformado el esqueleto de Isaac el pirata y Gus: la autobiografía disfrazada, la amistad y la camaradería, la pasión por el género femenino, y el mar, que dejó profunda huella en el autor tras realizar el servicio militar en la marina.

En El reductor de velocidad, Blain narra la aventura de un marinero novato embarcado en un destructor en tiempos de guerra, la adaptación a los usos marineros, la relación con sus camaradas y, sobre todo, lo que significa encontrarse en el microcosmos lleno de pequeñas maravillas y de enormes peligros de un barco en medio de no se sabe dónde y con un destino incierto. En cierta medida, estos son los temas que tres años después desarrollaría en Isaac el pirata, pero en este primer abordaje nos encontramos con un Blain más crudo y espontáneo que se retrata a sí mismo con descaro entre los personajes. Lo primero que llama la atención es la soltura del dibujo, la caricaturización exagerada y el oscuro expresionismo que en el futuro se suavizarán en aras de un mayor acabado estético y que aquí parecen funcionar como una válvula de escape. La deformación de los personajes permite a Blain jugar con su lenguaje corporal y dotarlos de una expresividad extraordinaria, convertir el buque de guerra en una mole inmensa y casi terrorífica, al tiempo que consigue integrar escenas oníricas o “cuentos marineros” sin que desentonen del conjunto (y donde, por cierto, me ha parecido ver la huella de David B). A lo largo de las 80 páginas del álbum, Christophe Blain se las arregla para acumular la tensión en dos frentes: por una parte, el enemigo exterior, y por otra el enemigo interior. Sin embargo esto no es más que una excusa para hilvanar un argumento que articule la exposición de los temas antes mencionados y que son realmente lo que a Blain le interesa contar(se). Esta es prácticamente la única concesión de Blain hacia el lector, ya que al final, como es habitual en los tebeos del autor, no hay un rumbo fijo o una moraleja que extraer de la lectura.

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Además de encontrarnos con un Blain menos preocupado por la belleza “académica” de sus dibujos, en este álbum se percibe tal vez un menor interés o habilidad para utilizar algunos de los recursos en los que más tarde demostrará ser un maestro como la elipsis, la composición de la página o la narración paralela. No es que los utilice mal, ni mucho menos, y de hecho hay momentos en los que estos recursos brillan con luz propia, pero no parecen tan meticulosamente planeados como en sus obras posteriores. En este sentido, El reductor de velocidad da la sensación de ser un álbum realizado con las tripas, más atendiendo a una necesidad urgente de expresarse que a algún tipo de exploración de sus posibilidades como historietista. Algunas escenas se podrían hacer un poco largas y monótonas si no fuera por esa elaborada expresividad y, sobre todo, por el impresionante ambiente claustrofóbico que destila todo el álbum y muy especialmente las secuencias en las zonas de máquinas, una especie de infierno dentro del barco que a la vez cobija su corazón y las mayores maravillas. A pesar de tratarse de una historia bastante “oscura”, Blain no se olvida del humor, y tampoco de dotar de un cierto aire épico a esos marineros capaces de hacer flotar en medio de la nada una fortaleza mecánica que prácticamente es una reliquia de otra época. Pero si algo se queda grabado en el subconsciente tras leer este tebeo es el color, que corre a cargo de Walter. El colorista que acompañaría después a Blain en Gus convirtiéndolo en una obra prácticamente redonda, hace gala aquí una vez más de una habilidad excepcional para convertir el color en un elemento fundamental e indispensable para la narración. Porque El reductor de velocidad es un tebeo donde los colores tienen una función expresiva y narrativa clara, y así marrones, violetas y grises sirven para definir momentos más calmados y de transición, mientras que el rojo, el amarillo y el naranja (el color “estrella”) se convierten en señales de peligro, colores brillantes y planos que atacan directamente al ojo y añaden un grado de expresionismo al dibujo ya de por si expresivo.

No me parece éste en conjunto el mejor álbum de Blain, pero sí un elemento importante para acabar de comprender el universo del autor desde una perspectiva gráfica distinta a la que estamos acostumbrados, lleno de momentos interesantes y de imágenes memorables.

3
Bueno, este es el nivel medio que habría que pedir a cualquier tebeo


el tio berni

6 comentarios

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  2. Brrr… Estos de Norma no respetan nada. Lo anuncían para el Salón y lo sacan antes de tiempo. Pues ya me pasaré por la librería a por él.

    Ya les contaré…

  3. No, no ha salido que yo sepa, yo tengo la edición en inglés de NBM, de ahí he escaneado esa página.

  4. Una de las lecturas imprescincibles de este Salón. Por cierto, gracias por recomendar en su día las historias de Sócrates el semi-perro. Acabo de terminarlas y me han encantado.

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