Reseñas — 19 julio, 2016 at 8:00 am

El piano oriental (Zeina Abirached)

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piano port

El piano oriental (Zeina Abirached). Salamandra Graphic, 2016. Rústica con solapas. 212 págs. B/N. 28 €

Tengo un recuerdo muy vago de El juego de las golondrinas (Sins Entido, 2008) muy vago, de modo que llego prácticamente virgen a la lectura de la nueva obra larga de Zeina Abirached, más allá del parentesco artístico con Marjane Satrapi —sobre todo, creo, la Satrapi de Pollo con ciruelas o Bordados— y su condición de nacida en el Líbano pero residente en Francia, lo cual también marcaba un paralelismo con la autora iraní. El piano oriental es una obra sólo en parte autobiográfica, que insiste en tratar las diferencias culturales entre oriente y occidente y en el tono ligero y maravilloso, con el toque de magia y de cuento popular que tienen muchas de las ficciones que provienen de países del Próximo Oriente.

En El piano oriental Abirached nos traslada a finales de los años cincuenta, a una Beirut pintoresca, llena de gente amable pero atípica; una ciudad preguerra civil donde la gente vivía en paz. Puede que la mirada sea benévola, pero el tono de narración oral y el dibujo suave y expresivo de la autora permiten el encaje de un escenario así. Abirached cuenta la historia de Abdalah Kamanja, el bisabuelo de la narradora, un pianista que idea una serie de modificaciones para que sea posible tocar con un piano occidental tonos orientales. La historia gira en buena medida a sus peripecias para lograr que su invento se fabrique en serie —para lo cual tiene que lograr un mínimo de cien pedidos—, pero también hay muchas reflexiones sobre la música y la comunicación. De hecho, yo interpreto El piano oriental como una obra que trata sobre el lenguaje, ante todo.

Lo hace de una forma directa cuando la narradora explica su experiencia cuando empezó a hablar francés, y cómo sus dos idiomas —que son parte fundamental de sus dos culturas— se mezclan e interactúan o compiten entre sí según el momento de la vida de la mujer —todo esto se ve, sobre todo, en las páginas 164 y 165—. Las reflexiones son interesantes no tanto por las ideas expresadas a través del texto, intencionadamente sencillo, sino por cómo Abirached las dota de nuevas dimensiones gracias al dibujo. Y más aún: por cómo convierte la historia del piano oriental que mezcla dos culturas en una metáfora de su propia experiencia. Las dudas que el piano suscita reflejan los comentarios que escuchó cuando emigró a Francia y, en un sentido más global, se convierten en símbolo de la incapacidad de dos culturas para entenderse entre sí.

comic  El piano oriental  de Zeina Abirached

Pero decía que es gracias al dibujo que lo que podría ser un discurso obvio y simple alcanza nuevas cotas. Hay algo que siempre me ha parecido muy difícil de hacer en un cómic: trasladar el lenguaje musical a lo gráfico. Lo es, claro, porque en un cómic no tenemos sonido. Una solución fácil es, si la música es narrativa, dibujar la historia que cuenta. Si no lo es —o lo es pero no tiene texto que la concrete— siempre queda la opción de moverse en la abstracción y jugar con el color. Pero Abirached ha escogido el blanco y negro radical en su obra, y aunque se mueve en un plano simbólico —al que puede pasar con facilidad desde la realidad gracias a un dibujo icónico, de una fuerza antinaturalista que niega la ilusión de las tres dimensiones— nunca cae en la abstracción. En lugar de eso, llega a la representación de la música entendiendo que ésta es, ante todo, repetición, lo que nos lleva al ritmo. De este modo, y gracias a que concibe siempre la página como un todo orgánico, casi como una pieza musical con su propia melodía, puede repetir motivos con una frecuencia determinada, que envuelven la acción como lo haría de un modo figurado la música de una banda sonora. Las olas del mar, los golpes en un sombrero, los pasos de unos zapatos nuevos, las teclas de un piano —en unas páginas desplegables, entre otros momentos—, y algo más obvio: una nota musical o una onomatopeya en un círculo de color blanco o negro, según provenga de oriente u occidente. Cuando Abirached utiliza recursos similares para expresar la cuestión idiomática y la cuestión musical, imbrica ambas en una sola y nos dice, sin el subrayado del texto, que para ella son una misma cosa.

El final desarrolla una ironía —siempre presente, aunque temperada por el tono ligero e incluso naif— que culmina la metáfora sobre la que se construye la obra: el piano oriental nunca llega a construirse en serie porque no suscita suficiente interés, pero, décadas más tarde, los teclados electrónicos incorporan el sonido oriental sin esfuerzo. Es un buen final, pero creo que lo más valioso de El piano oriental reside en el despliegue gráfico de Abirached, y su manera de plasmar la música y el lenguaje, que son, además la nota original de una obra que logra así distanciarse de comparaciones tan obvias como injustas.

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