Reseñas — 6 julio, 2016 at 10:02 am

Vencedor y vencido (Sento Llobell)

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Vencedor y vencido (Sento Llobell). Autoedición, 2016. Rústica con solapas. 17 x 24 cm. 136 págs. Color. 20€

Sento Llobell es uno de los representantes de la Nueva Escuela Valencia –de la que puede verse una fantástica exposición en el IVAM estos días, comisariada por Álvaro Pons-, que ha seguido un camino similar al de muchas figuras de su generación: al diluirse el boom de las revistas, centró su trabajo en la ilustración, el diseño y la docencia. Parecía que ya había ofrecido todo lo que tenía que ofrecerle al cómic en aquellos años de efervescencia creativa. Sin embargo, el mercado se reactivó contra todo pronóstico, y no han sido pocos los autores de aquella primera ola de cómic adulto que han encontrado en la novela gráfica el estímulo suficiente para volver al medio que ayudaron a cimentar. En el caso de Sento, ese regreso ha tenido lugar nada menos que con una serie de tres libros en los que cuenta la historia de su suegro, el médico Pablo Uriel, que fue movilizado por el bando sublevado en la guerra civil. Se trata de un esfuerzo considerable, de los más importantes del cómic español reciente, aunque tal vez su azarosa vida editorial ha contribuido a restarle relevancia comercial: el primer tomo, Un médico novato, ganador del Premio Fnac/Sins Entido de 2013, es publicado por la editorial madrileña. Posteriormente Salamandra Graphic lo reedita, pero Sento decide autopublicar el resto de los tomos: Atrapado en Belchite (2015) y el que ahora nos ocupa: Vencedor y vencido.

El método de trabajo que ha seguido Sento se basa, principalmente, en la reconstrucción de la biografía de Uriel a través de su documentación privada pero también de sus memorias: No se fusila en domingo (Pre-textos, 2005). Adopta un tono narrativo neutro, sin voz de narrador, de modo que deja que sean los propios acontecimientos o los textos escritos por Uriel los protagonistas. Al contrario que en otras obras recientes, la trilogía de Sento no establece un diálogo explícito entre pasado y presente, ni entre autor y biografiado: hay, aparentemente, un solo nivel de lectura. Y digo “aparentemente” porque creo que cualquier obra que revise el pasado lo hace, de forma inevitable, desde la mentalidad de su presente. La mirada sobre la guerra civil de Sento sólo es posible ahora, en 2016, cuando todavía es necesario reclamar justicia para los que fueron enterrados anónimamente en cunetas, pero también desde una madurez personal que permite abordar la materia sin soflamas y sin posiciones absolutas: la lectura de esta trilogía huye del blanco y negro moral, y tal vez por eso el blanco y negro que Sento escoge para sus libros esté salpicado de sutiles toques de color, aspecto en el que el autor tiene la colaboración de su pareja y también artista, Elena Uriel.

Esta trilogía es quizá una de las primeras obras del cómic que ofrece un relato de la guerra civil desde el bando llamado nacional. Durante años, tal vez se ha evitado esto por temor a que el público pueda pensar que se está legitimando su actuación o su ideología, pero, en realidad, esta decisión se revela como una forma perfecta para, por un lado, aportar un punto de vista diferente y enriquecedor del conflicto y, por otro, conocer sus motivaciones y sus modos de operar.

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Uriel es movilizado forzosamente en un bando con el que no simpatiza, y a partir de entonces el joven médico recién licenciado tiene que adaptarse como puede para sobrevivir. Su prudencia e inteligencia le permitirán hacerlo, pero también su buen desempeño como médico militar. Muy pronto descubre que lo único que puede hacer en un conflicto como ése es salvar vidas: tantas como pueda, sin importar el bando al que pertenezca el herido, porque, como él mismo, no todos están ahí por voluntad propia. Uriel estará bajo sospecha en no pocas ocasiones por sus ideas moderadamente liberales, pero casi siempre la necesidad de la trinchera despeja esas dudas. En situaciones extremas, se forjan amistades extremas. Descubrimos que no todos los mandos del ejército sublevado eran unos sádicos fanáticos, aunque éstos existían; algunos oficiales eran capaces de ser justos y compasivos dentro de las pautas de un conflicto bélico. Esa zona de grises morales, como dije antes, es un terreno interesante desde un punto de vista narrativo, y tiene mucho que ver con el crecimiento personal de Pablo Uriel, al que vemos pasar de ser un joven sobrepasado por las circunstancias a un médico responsable, con autoridad moral y capacidad intelectual para imponerla en la medida en la que era posible. Tras pasar el infierno del bombardeo de Belchite, mostrado en el segundo tomo –quizá mi favorito-, Uriel parece haber llegado a su madurez. Tal vez la cercanía de la muerte le hiciera perder el miedo, de modo que en su etapa de prisionero de guerra dará la cara por sus compañeros, se enfrentará al comité de presos corrupto y velará por la salud del resto de presos de la cárcel militar, convertido en un líder no oficial.

Se ha contado la tragedia de quienes militaron convencidos en el bando republicano y sufrieron persecución y exilio por ello al finalizar la guerra, por ejemplo en El arte de volar (Antonio Altarriba y Kim, De Ponent, 2009). Pero hay otra tragedia, más íntima, en las personas que como Pablo Uriel ganaron la guerra sin ser fascistas, sin creer en Franco y sin dejar de sentirse demócratas. Uriel puede al menos decir que sus actos sirvieron para salvar vidas durante la guerra, pero la España que encontró al finalizar el conflicto era un páramo, y lo fue durante mucho tiempo. Pese a que el final de Vencedor y vencido muestra a un Pablo Uriel feliz por el fin de la guerra, como no puede ser de otro modo, que vuelve a casa y se reencuentra con la familia, la certeza de que las décadas que seguirán a ese fin del relato serán muy duras oscurece esa felicidad. Empezará entonces el tiempo de la sutil resistencia, anticipada por un detalle de las páginas finales: al paso de la comitiva militar, Uriel, aún vestido de militar, no realiza el saludo fascista.

Es un símbolo de no poca importancia, aunque suceda en una pequeña viñeta que bien puede pasar desapercibida, porque representa la culminación de un proceso de construcción personal llevado a cabo en condiciones adversas, sin referentes morales, guiado solamente por sus ideales y por un humanismo que es puesto a prueba constantemente. Ese proceso, paralelo a la caída de la república y al advenimiento de una dictadura revanchista y moralmente asfixiante, no es menos importante en la obra que éste. El enfoque micro tiene sentido en la historiografía porque enriquece de matices los grandes relatos, hasta el punto de limitar su alcance explicativo y cuestionar su validez. De este modo, la historia personal de un individuo es tan importante como los grandes acontecimientos bélicos y políticos, y nos aporta una serie de aspectos esenciales. Sento ha sabido entender eso y ha tratado la historia de su suegro con cariño, respeto y templada admiración, situando la materia de la obra por delante de cualquier otra consideración.

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