Reseñas — 5 julio, 2016 at 8:00 am

Nuestro universo en expansión (Alex Robinson)

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Nuestro universo en expansión (Alex Robinson). Astiberri, 2016. Rústica con solapas. 17 x 24 cm. 256 págs. B/N. 20€

Hace poco escribía sobre el último título de Michel Rabagliati publicado en España, y tal vez por eso encuentro muchos puntos en común entre su obra y la de Alex Robinson, el autor de Nuestro universo en expansión, su obra más reciente, publicada por Astiberri. Como Rabagliati, Robinson toma la materia de su obra de la vida misma, aunque en su caso los elementos autobiográficos estén más diluidos o elaborados en un relato de ficción. Como el autor canadiense, Robinson tampoco me parece un autor de primerísima fila, lo cual no impide que en algunas obras alcance alturas interesantes. No es un innovador, no ha creado escuela, pero ha contribuido con sus cómics al asentamiento de un cierto tipo de temas, primero en el cómic independiente y ahora en la novela gráfica. Personalmente, considero Malas ventas (2003) una obra importante dentro del slice of life, con cierta acidez que no siempre se ve en el género, y creo además que fue una obra relevante dentro del mercado español, cuando Astiberri la publicó. Sin embargo, para mí su mejor obra hasta el momento es Estafados (2006), una obra más cerrada y contundente.

Nuestro universo en expansión es una obra mucho más cercana a Malas ventas que a Estafados en objetivo y ejecución. Es también una obra acorde con su momento vital, de madurez. En aquella primera obra extensa, los protagonistas se enfrentaban al inicio de la edad adulta, las primeras relaciones estables, el emanciparse, los primeros trabajos de mierda… Ahora los temas tratados tiene más que ver con el siguiente rito de paso: la paternidad. Y digo paternidad simplemente, sin añadir maternidad, porque en realidad en esta historia las mujeres tienen un papel secundario, de reparto, podríamos decir: el núcleo son los tres amigos que siguen quedando cada semana para jugar al kickball. Son viejos amigos pero, por supuesto, las cosas han cambiado. Dos de ellos ahora tienen pareja, y uno ya ha tenido a su primer hijo, y espera al segundo. El otro emparejado medita con su mujer si dan el paso, y el último de los amigos juega el papel de misántropo y misógino con síndrome de Peter Pan.

La entrada definitiva en la edad adulta sin marcha atrás según asoman los cuarenta años es el gran tema de Nuestro universo en expansión. ¿Cómo cambia la vida ser padre? ¿A qué hay que renunciar? ¿Es obligatorio? En una de las pocas conversaciones en las que sólo participan mujeres se evidencia la presión social sobre ellas para ser madres antes de que se pase el momento. En el contexto en el que se mueven los personajes de Robinson, americanos blancos dedicados a profesiones liberales y de clase media, parece inevitable, un paso más tras la boda por todo lo alto en la carrera de la vida. En esto, por cierto, reside una de las principales objeciones que le puedo hacer al trabajo del autor: se trata de una obra más que refleja un universo muy concreto e ignora cualquier modo de vida alternativo, planteando como «normal» o incluso «natural» un orden de los acontecimientos propios de esa clase media americana conservadora en lo social. En Malas ventas también era así, por supuesto, pero ahora la sensibilidad general ha cambiado y, muchas veces, las cuitas de este trío de amigos suenan a lloriqueo de privilegiados, o, en el mejor de los casos, a problemas motivados por la estrechez de miras y la escasa capacidad para ver la vida de una forma diferente a la heredada. No se cuestiona gran cosa del sistema.

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Tampoco quiero dar la impresión de que eso impide disfrutar la obra o hacer interesantes lecturas. Robinson alcanza momentos muy intensos e incluso brillantes, y tiene una gran habilidad para trazar personajes complejos y que respiran como reales, y aunque aquí la corta extensión casi imponga que el punto de partida sea más estereotipado, consigue dotarlos de aristas y dobles lecturas. Pero, desde luego, no me parece casual que el único escéptico militante respecto a la paternidad sea uno de esos personajes totalmente insoportables que tan bien escribe Robinson. Sin embargo, pronto descubrimos que el amigo en modo padre proselitista y estresado de por vida oculta una infidelidad a su esposa. Y, en medio, el tercer amigo, de perfil bajo, ideado para que el lector, y puede que Robinson, se identifique con él y, sobre todo, con sus dudas. En su indecisión y sus pasos en falso se va a situar casi cualquier varón de su franja de edad, sobre todo porque ha sido una generación que ha prolongado la adolescencia y ha vivido en torno a su ocio, y por tanto tiene mucho a lo que renunciar. Este chico no quiere ser como su amigo padre psicótico, pero tampoco quiere ser como el misántropo friki que se pasa el día jugando a la consola y fumando hierba. Ambos intentar tirar de su amigo, llevarlo al buen camino, pero él puede encontrar pros y contras en ambas situaciones vitales.

Lo que más me gustado de Nuestro universo en expansión es el retrato amargo que hace de la amistad perdida: la incapacidad de los varones por expresar sus sentimientos a sus amigos; la inercia en las relaciones que ya no son lo mismo que antes pero que se mantienen porque, a determinadas edades, el acto social es más importante como rito que como realidad; el vínculo que el tiempo ha creado con personas con las que un día descubrimos que ya no tenemos tanto en común; y, claro, la contradicción constante. Nada es blanco o negro, nadie es totalmente un cabrón o un ángel. A veces el más miserable es capaz de un acto altruista, y a veces el ser humano más recto la caga. Y, muchas veces, aquello que parece una cagada —en este caso una infidelidad— parece casi la consecuencia lógica de un modo de vida asfixiante e impuesto por una sociedad que presiona en una dirección única. Por eso me habría gustado que se cuestionara de un modo más abierto todo eso.

Sin embargo, ya decía que pese a todo he disfrutado del libro, porque Robinson tiene una frescura en los diálogos y una habilidad para perfilar sus personajes que engancha. Arma sus historias con mucha habilidad y, aunque no se caracteriza por grandes experimentos con el lenguaje, ha desarrollado un estilo semicaricaturesco propio interesante y efectivo. Me chirrían un poco los interludios contados a modo de documental de ciencia, pero por lo demás la narración está perfectamente engrasada, y planteará preguntas al lector objetivo. Y además, después de tanto tiempo sin obras de Robinson, tiene algo de reencuentro con un viejo amigo muy agradable.

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