Reseñas — 15 junio, 2016 at 8:00 am

Un verano en las dunas (Seth)

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Un verano en las dunas (Seth). Fulgencio Pimentel, 2016. Cartoné. 17 x 24 cm. Bitono. 19,95€

Siempre menciono La vida está bien si no te rindes como uno de los tebeos más importantes de mi vida. Lo leí justo en el momento en el que necesitaba leer algo así. Seguramente podría haber sido otro cómic; tal vez La ascensión del Gran Mal, Ghost World o Locas, pero no: fue la primera obra larga de Seth. Desde entonces, he seguido leyendo todo lo que ha publicado. Con sus altibajos, ha mantenido un nivel admirable y, sobre todo, ha sabido evolucionar y mantenerse siempre en el grupo de cabeza de la novela gráfica norteamericana. Pero antes de aquella obra —superada en muchos aspectos, pero con el valor de ser la primera en muchas cosas— Seth ya estaba realizando incursiones en el terreno de la autobiografía, siguiendo la senda de los autores underground y de contemporáneos suyos como Chester Brown y Julie Doucet. Lo hacía en su propio comic book, Palooka-ville, porque era la única forma de publicar el material que entonces se denominaba alternativo. Ahora, por supuesto, la primera edición de dos de aquellas historias no se plantea en formato comic-book, sino que aparecen como un libro en tapa dura, excelentemente editado por Fulgencio Pimentel.

En su interior encontramos dos historias de un autor primerizo: «Un verano en las dunas» —que también da nombre al libro— y «Dichosa la hora». La primera se ubica en la adolescencia de Seth, cuando todo el mundo lo llamaba aún Greg. Se trata de una clásica historia de rio de paso, situada en un verano en el que trabajó en un restaurante costero y tuvo una historia de amor intensa con Dunas, la esposa de su jefe. Por supuesto, Seth se enamora perdidamente. Por supuesto, Dunas se cansa rápidamente del adolescente, y todo acaba con el final del verano. Lo cuento porque difícilmente puede considerarse un spoiler la descripción de un argumento que se ha convertido en un arquetipo narrativo. Lo relevante de esta historia no tiene que ver con eso, claro: reside en el tono, en la sensibilidad de un Seth que ya estaba encontrando una voz personal y única. El bitono de negro y ocre nos transporta a un mundo diferente y transmite cierta melancolía, aunque la narración de Seth nos redirija a una postura más desmitificadora de aquel primer amor: no en vano la última frase de la historia es «Mucho ruido y pocas nueces». El trazo de Seth ya es plenamente reconocible, esa especie de línea clara americana suve y elegantísima deudora de los dibujantes de chistes a los que rindió tributo en La vida está bien si no te rindes pero moderno al mismo tiempo, con soluciones osadas, por ejemplo, esas viñetas en las que en lugar de marco vemos una mancha de color de contorno irregular rodeando las figuras humanas. El uso de las sombras es notable, al igual que la integración de recursos del cómic clásico como las nubecitas de polvo que levanta un personaje al correr o las líneas cinéticas.

También está ahí ya su amor por el detalle, la mirada que se detiene en objetos estilizados, o elementos de la naturaleza. Hay una intimididad desarmante, producida no sólo con lo gráfico o los diálogos, sino también con los silencios. Tras una primera página magistral, Seth nos pone en situación con un monólogo de dos páginas acompañado de viñetas del paisaje. Y después ya no nos habla más: lo que vemos es lo que sucedió, filtrado por su recuerdo y, tal vez, por el mismo tamiz de autoficción que aplicó en su obra siguiente. Seth estaba ya convirtiéndose en un maestro en el arte de sugerir y evocar, que es el motivo por el que sus historias se vuelven universales y podemos sentirnos identificados.

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Tras el agradable sabor de boca que nos deja «Un verano en las dunas» nos encontramos una historia más breve, «Dichosa la hora». Se trata de algo mucho más anecdótica, de alcance más limitado, aunque su engañosa sencillez encierra algunas joyas. En la historia, vemos al autor en su primera adultez, pasando por una etapa filogótica a mediados de los ochenta, en la que se decoloraba el pelo largo y llevaba gafas de sol de día y de noche. El prólogo se anticipa a la posible burla del lector, pues se muestra a sí mismo riéndose de sus pintas en esa época, y el epílogo le quita hierro a lo narrado, que es, básicamente la narración de una paliza brutal que le propina un grupo de garrulos que se encuentra en el metro y que piensan que es homosexual. No es más que eso. Pero al relato de un suceso que era frecuente en los años ochenta —incluyendo la falta de ayuda de los testigos— y el retrato de un ambiente muy concreto que Seth visitaba entonces, se superpone una distancia irónica articulada a través de unos rótulos en flechas que, a la manera de los primeros cómics de Joe Matt —amigo personal de Seth—, apostillan con connotaciones subjetivas los diálogos que pronuncian los personajes. Su lectura no ha tenido el mismo calado que la primera historia, pero pese a ello es interesante y, desde luego, tan bien dibujada como aquélla.

Parece increíble que estas dos historias tengan nada menos que veinticinco años. Aunque Seth parece ahora muy lejos de aquellas coordenadas artísticas, y su camino como autor haya tirado por otros derroteros, en ambas encontramos ya muestras de un talento único. El libro se acompaña además de un pequeño cuaderno a color con historias breves de la misma época, alguna directamente relacionada con «Un verano en las dunas». Sé que no soy imparcial —tampoco lo pretendo—, pero creo que el rescate de este material es una de las mejores noticias del año en lo que a cómic se refiere, y confirma que la apuesta por las historias olvidadas de autores consagrados por parte de Fulgencio Pimentel es bien firme.

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