Reseñas — 26 mayo, 2016 at 8:00 am

Todos los hijos de puta del mundo (Alberto González Vázquez)

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Todos los hijos de puta del mundo (Alberto González Vázquez). ¡Caramba!, 2016. Cartoné. 24 x 17 cm. 136 págs. Color. 18 €

Habrá puristas que consideren que lo que hace Alberto González Vázquez es una aberración o incluso que no es cómic, porque «no sabe dibujar». Sin embargo, en mi opinión, es lo mejor que le ha pasado al cómic español de humor en los últimos cinco años. Una renovación de las formas y los contenidos como no vivíamos desde hace tiempo.

En el cómic —y más especialmente aún en el humor gráfico— el dibujo nunca debería ser un fin en sí mismo, sino un medio; una herramienta para comunicar ideas o sensaciones. Y González Vázquez ha encontrado una herramienta perfecta para comunicarse gráficamente: como «no sabe dibujar», tira líneas sobre fotografías para crear sus viñetas, pero no es un trabajo mecánico. Implica decisiones, porque opera un proceso de síntesis en el que González Vázquez escoge qué líneas mantiene en su traslación de la imagen fotográfica al dibujo final. Podría pensarse que su técnica, alejada de la caricatura al uso, serviría para representar a los personajes políticos tal cual son, pero, lejos de ello, en realidad revela aspectos ocultos y mucha veces siniestros, simplemente reforzando rasgos, escogiendo expresiones faciales o descontextualizando gestos. Rivera, Sánchez o Iglesias pueden tener expresiones neutras o desquiciadas —a veces basta con retratarles con la boca abierta—, pero son Rajoy, Aznar y Aguirre los más siniestros, en general: la barba con colores a cachos del ahora mismo presidente en funciones, los pliegues de la piel de la lideresa, el agujero negro en el lugar que antes ocupaba el bigote de Aznar…

En Todos los hijos de puta del mundo se recopilan las historias largas aparecidas en Orgullo y satisfacción y las viñetas de El Mundo Today. En éstas últimas hay buenos chistes, basados en giros inesperados, en choques violentos entre escena y textos. Sin embargo, creo que donde mejor se desenvuelve González Vázquez es en esas historias en las que puede extenderse y desarrollar las situaciones grotescas con el tempo necesario, partiendo de una premisa normal y complicando todo a través de los diálogos, principalmente. Las traslación al papel sacrifica un efecto de repetición que operaba muchas veces al pasar las páginas y encontrar a los personajes en posturas muy similares y que funcionaba a la perfección, pero también se gana una pausa en la lectura que le sienta bien. Aunque eso no significa que la lectura digital no dejara huella, desde luego. Muy al contrario, algunas de las historias incluidas en este libro se han convertido en clásicos de lo perverso, e incluso enfermizo, y me resulta difícil no acordarme de algunas de ellas a menudo. La historia de Pablo Iglesias (pp. 48-54), que juega con el lenguaje de su formación política para narrar con elipsis una historia de amor imposible, demuestra dos cosas: que González Vázquez conoce perfectamente los principios de la narración gráfica, y que su humor político, lejos de ser simplemente bestia, se basa en un conocimiento minucioso de los usos de la política española. «Golden» (pp. 38-42) tiene unos diálogos brillantísimos, para leer una y otra vez. La potencia de la conversación entre los dos personajes que aparecen es tal, y los conceptos que introducen tan buenos, que el desenlace es casi lo de menos. «Cocaína» (pp. 102-108) presenta una conversación entre Rajoy y Rafael Hernando sobre drogas en la que González Vázquez emplea un recurso que siempre se le ha dado muy bien: comenzar la historia con situaciones y diálogos plausibles, con los personajes serios, hablando de un modo realista, para poco a poco ir torciendo la realidad, con un par de puntos de giro claves para que funcione el conjunto. En otras, como en «Sucesión» (pp. 100-101) el primer giro llega muy pronto, con un Francisco Franco que ha escogido a su sucesor perfecto. Es también el caso de una de mis historias favoritas de todo cuanto he leído de este autor, que sobrepasa todos los límites imaginables de la escatología: «Necrofilia» (pp. 20-24), protagonizada por Ana y Jose Mari. No creo que haga falta decir nada más. Bueno, sí: el asco alcanza cotas poéticas. Una poesía extraña, desde luego, pero poesía. Y eso sólo puede hacerlo un maestro de primer nivel.

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Alberto González Vázquez no se preocupa por los límites del humor. De hecho, a mí me parece que la etiqueta de humor negro se le queda pequeña. Es un escritor magnífico, afilado, oscuro, inteligente. Su capacidad para imaginar situaciones anómalas y su habilidad para contarlas en un cómic son tan buenas como el de cualquier autor consagrado. Creo, además, que sabe qué en el cómic puede permitirse cualquier cosa, por dos motivos: por mucho que sus libros tengan éxito, siempre tendrán menos alcance y capacidad potencial de generar escándalo que sus colaboraciones en El Intermedio. Pero, sobre todo, está la diferencia entre imagen real y dibujo, aunque tenga base real como es el caso: simplemente, no se puede hacer lo mismo con ambas, porque los efectos que generarían serían muy diferentes. Si intentara, por ejemplo, manipular vídeos y doblarlos para contar las mismas historias, la relación más directa entre imagen filmada y discurso se interpretaría de un modo más literal. Intentar imitar las voces generaría una comicidad por sí solo que daría al traste con el verdadero objetivo. Por eso, creo, González Vázquez recurre a otros mecanismos humorísticos para elaborar sus piezas en el programa televisivo —muchas de ellas auténticas obras maestras—, en los que manipula imagen y voz pero busca, sobre todo, el desconcierto, la situación surrealista.

Por eso sé que cuando está haciendo cómics, aunque «no sepa dibujar», sabe muy bien lo que hace. González Vázquez, pese a sus buenas ventas, por el momento creo que está siendo un poco olvidado por parte de los aficionados al cómic y la crítica. Tal vez por venir de fuera, por la falta de referentes a la hora de juzgar su trabajo —es algo que suele sucederles a los autores que hacen cosas nuevas o rupturistas: a menudo la crítica no sabe cómo tratar su trabajo— o porque «no sabe dibujar». Pero lo cierto es que Todos los hijos de puta del mundo es un libro importante, tanto como lo fue Humor cristiano (¡Caramba!, 2012), y al que sólo puede objetársele algo que precisamente su antecesor sí contemplaba: habría sido buena idea incluir algún material inédito, en mi opinión. Pero eso no resta un ápice de calidad al contenido, por supuesto.

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