Reseñas — 16 mayo, 2016 at 8:00 am

Como viaja el agua (Juan Díaz Canales)

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Como viaja el agua (Juan Díaz Canales). Cartoné. 17 x 24 cm. 112 págs. B/N. 14 €

Juan Díaz Canales es uno de los autores españoles que trabaja para la industria francobelga más exitosos del momento, no sólo por su trabajo conjunto con Juanjo Guarnido en Blacksad, sino por su reciente álbum de Corto Maltés junto a Rubén Pellejero. Por bagaje lector y gustos personales, nunca he sido consumidor de ese tipo de BD de aventuras, lo cual no impide que siempre haya respetado profundamente la profesionalidad de gente como Díaz Canales, que se toma muy en serio su trabajo y siempre intenta hacerlo lo mejor posible. Sin embargo, la noticia de que se embarca en un proyecto en solitario para el mercado español suscitó en mí mucho más interés. ¿Qué haría Díaz Canales con total libertad, sin tener que ceñirse a una extensión determinada y sin colaborar con nadie?

Como viaja el agua no es, desde luego, una obra rupturista. No lo es en lo formal, pues la narrativa que despliega Díaz Canales es bastante clásica. Su estilo de dibujo no sorprende si recordamos que el autor ejerció de animador: se rastrea el oficio en la gestualidad de los personajes y las expresiones de sus caras. En esto también hay algo de Will Eisner, aunque más contenido —cosa que agradezco, porque el último Eisner me parece teatralmente histriónico—. No asume demasiados riesgos y en algún momento puntual le falta un poco de contundencia, pero me gusta su eficacia, y que prescinda de efectos y texturas ajenos a la propia tinta: las sombras y los volúmenes se aplican a la vieja usanza, y eso le da un aspecto a las páginas sencillo e íntimo. Y, cuando se decide a jugar con las masas de negro, consigue resultados muy interesantes (pp. 98 y 99, entre otras).

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Destaca también su habilidad para dibujar un Madrid actual, reconocible, sin caer en el postalismo: es un Madrid sucio, algo decadeante, muy del aquí y el ahora, lleno de miseria. Quizá esto sea lo más interesante teniendo en cuenta que la obra de Díaz Canales, por los géneros que ha explorado, se ha alejado de la actualidad para centrarse en ambientaciones exóticas o del pasado.

En Como viaja el agua la crisis no es el tema central, pero, como sucede en cada vez más novelas gráficas españolas, se ha convertido en un trasfondo que, como sucede en nuestra realidad, se filtra en todas nuestras relaciones y actividades. Y en ese contexto, Díaz Canales despliega una historia sobre la vejez y la muerte, que parece centrada en un primero momento en las andanzas de un grupo de ancianos que trapichea con material robado, pero que, creo, en realidad está hablando de la relación de tres generaciones y cómo se entienden entre ellas. El abuelo, comunista, descreído y ya huraño, lleno de las rarezas propias de su edad; el padre, al borde de la jubilación y católico practicante; y el hijo, trabajador del Samur social y a punto de ser padre. Por supuesto, chocan entre ellos, de un modo que se plantea casi como natural, y el resto de los personajes orbitan alrededor de ellos y actúan como auxiliares en la trama.

Sobre la trama, precisamente, se puede decir que Díaz Canales recurre a estrategias propias de un género donde puede moverse con comodidad: el policíaco. Hay una serie de asesinatos de gente cercana a Niceto —el protagonista anciano—, en cuya investigación está involucrado el hijo de éste, médico forense. Sin embargo, más que esta trama, me ha interesado la reflexión que se desarrolla de forma paralela, así como cierta simbología que Díaz Canales emplea con efectividad, y que anticipan la identidad del responsable de las muertes, lo que, creo, indica que en realidad al autor le interesaba más esa reflexión.

Porque, al final, si de algo trata Como viaja el agua es del miedo a la muerte, y de qué sucede cuando nos asalta la certeza de que no hay nada tras la vida. No sé si está expresando una crisis personal, pero la decisión de proyectar la cuestión en tres edades diferentes diluye el posible rastro autobiográfico y vuelve el relato más universal. El monólogo clave, en el clímax de la historia, está bien medido, no cae en lugares comunes ni deja todo excesivamente masticado, sino que más bien el final sorprende por su falta de clausura… y de optimismo. Desconcierta la secuencia de las cloacas, que no termina de aclarar los motivos de Niceto para hacer lo que hace, pero me gusta esa sensación un poco perturbadora, sobre todo porque en el epílogo puede verse que la decisión del anciano afecta a sus descendientes, y que la esperanza de un nuevo nacimiento no puede hacernos olvidar una verdad que escogemos olvidar la mayor parte del tiempo para poder vivir, para no dejarnos llevar: que todos moriremos.

Es cierto que no deja de ser uno de los grandes tópicos literarios, y que Díaz Canales no le añade ninguna vuelta de tuerca significativa. Tampoco lo pretende, creo: se trata de ahondar en él, en una historia bien armada, en la que se permite una ambientación y una actualidad muy oportunas y donde puede reflexionar con todo el espacio que necesita sobre temas importantes, que en una historia de género puro seguramente quedarían o diluidos o faltos de profundidad por las exigencias mínimas de acción y peripecia. Tal vez por eso los mejores momentos —los que más huella me han dejado, al menos— son íntimos, familiares.

Más allá de ser una lectura agradable y reflexiva, no olvidemos otro factor a tener en cuenta, que no es precisamente menor: la inquietud de un profesional en la cima, que podría haber escogido el camino fácil de seguir actuando como guionista en proyectos mainstream, pero que sin embargo se lanza al dibujo por un camino incierto, pero que intuyo que puede ser muy interesante si profundiza en este camino temático y se va sintiendo más seguro con las herramientas del dibujo.

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