Reseñas — 12 mayo, 2016 at 8:00 am

El ala rota (Antonio Altarriba y Kim)

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El ala rota (Antonio Altarriba y Kim). Norma Editorial, 2016. Cartoné. 19,5 x 16 cm. 256 págs. B/N. 23,90€

Cuando se estudie lo que ha sucedido en el cómic español durante el siglo XXI, es evidente que El arte de volar (De Ponent, 2009) ocupará un lugar destacado, como obra clave para entender cómo se ha desarrollado la novela gráfica en nuestro país. Si Arrugas (Paco Roca, Astiberri, 2007), publicado previamente en Francia, y María y yo (Miguel Gallardo, Astiberri, 2007) llegaron a un público general, alejado de los círculos de aficionados y coleccionistas, con historias sencillas y cercanas, humanas, podríamos decir, El arte de volar demostró que había un público importante dispuesto a leer una obra densa, seria y ambiciosa sobre la historia reciente de España. Su éxito fue completamente inesperado, como el propio Antonio Altarriba ha explicado: la primera edición constó de mil ejemplares, la tónica habitual en ese momento para una editorial como De Ponent. Pero pronto se hizo evidente que el libro que Altarriba y Kim habían realizado iba mucho más allá de esas expectativas. Un Premio Nacional más tarde, con la obra traducida a varios idiomas y vendida incluso en Corea del Sur (¡!), podemos considerarla sin miedo a exagerar un hito del cómic español y parte importante del canon de la novela gráfica española, siempre en construcción y revisión. Desde esa posición, resulta aún más arriesgada la decisión de embarcarse en la realización de una obra que revisite el universo de El arte de volar. El ala rota, publicada en España por Norma —pero aparecido simultáneamente en Francia, de la mano de Denoël—, nace del deseo de Altarriba de reparar la imagen de su madre que había ofrecido en su primera colaboración con Kim, tal y como explica el guionista en el epílogo de la nueva obra. En El arte de volar la figura materna era poco más que un estereotipo, una beata que chocaba con su padre, espíritu libre encadenado por las circunstancias de la vida, de las que casi podríamos decir que la esposa formaba parte.

De la certeza de que su madre no era así realmente, Altarriba sacó las energías necesarias para escribir un guión que es en buena medida investigación familiar, pero que tiene mucho también de reconstrucción. Pero mientras que su padre había contado su historia cuando pudo hacerlo, su madre permaneció casi siempre callada. Puede que no fuera represaliada por sus ideas políticas, pero fue mujer en una época en la que eso implicaba el silencio, el segundo plano, la sumisión a los hombres. Como si de un restaurador de mosaicos se tratara, Altarriba toma las teselas dispersas de la historia de su madre y las completa con sus indagaciones, y con la ficción cuando es necesario. Por todo esto, mientras que en El arte de volar ejecuta una transformación simbólica, al convertir la voz narradora en tercera persona en una primera, como si el hijo se convirtiera en el padre, en este caso no se atreve a ello; no conocía lo suficiente a su madre, y habría sido artificioso e imitativo de la obra anterior. En lugar de ello, la historia de Petra Ordóñez se cuenta sin narrador de ningún tipo. No hay cartuchos de texto, ni globos de pensamiento; todo se nos expone a través de los hechos y los diálogos, de modo que Petra nunca llega a ser una figura tan cercana como lo fue Antonio Altarriba padre. Es, por el contrario, una persona hermética, que se movió en el ámbito privado y rara vez habló de sus sentimientos. Sin apoyarse tanto en lo literario, es preciso recurrir a herramientas narrativas más visuales: planos que subrayan las sensaciones, miradas, y, sobre todo, un dominio total de la elipsis, que evita que haya que contar lo obvio: todo lo que pueda darse por sentado entre dos viñetas es eliminado.Un excelente ejemplo es la página 36, donde el padre de Petra la acepta de nuevo en la familia, tras una visita de la pequeña a su estanco: una sonrisa del padre ante el interés de la hija por la lectura es seguida de una viñeta en la que un plano medio nos muestra a toda la familia reunida de nuevo, sentada a la mesa. El detalle que nos habla del cambio de actitud del padre es sutilísimo: mientras que en las viñetas previas mostraba un peinado desaliñado, en la última aparece pulcramente repeinado.

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En lo gráfico, no obstante, sí hay una continuidad. Kim mantiene la unidad estética, con la misma paleta de grises, pero sin duda se beneficia de la experiencia anterior y alcanza un nivel superior, pese a que sigue siendo un dibujante poco dado a la experimentación. En El arte de volar, Kim era un dibujante veterano, acostumbrado al registro humorístico y la extensión brevísima de «Martínez el facha», que tuvo que realizar un esfuerzo tremendamente exigente. Sobre todo en las primeras páginas, a veces esa caricatura se colaba entre el retrato documental de la época, provocando sensaciones disonantes; pienso, por ejemplo, en algunas de las primeras mujeres que dibujó en aquel libro. Pero en El ala rota Kim no necesita realizar ningún tipo de ajuste en su estilo. La caricatura sólo hace acto de presencia con fines cómicos, para retratas a personajes negativos, como Regina (p. 103). Kim ha aprendido mucho, quizá tanto como en el resto de su carrera, y desde el primer momento está magnífico en su minuciosa reconstrucción de una época oscura, sórdida por momentos, con un campo miserable y una ciudad rancia, en el retrato de las gentes pero también de los ambientes. Acaso su retiro de El Jueves le ha proporcionado más tiempo y energía para repetir la tarea titánica de completar un libro de más de doscientas páginas.

Pese a que ambos libros dialogan entre sí, Altarriba y Kim han dotado de autonomía a El ala rota. No se justifica como complemento del anterior, ni su función es rellenar los huecos de aquél. Huelga decir que puede leerse de modo independiente, porque está contando una historia distinta. Incluso los puntos de contacto entre ambas, el momento en el que se conocen Petra y Antonio, la boda y la convivencia rápidamente deteriorada, se cuentan de maneras muy diferentes, al ser el punto de vista otro. El relato relega a Antonio al lugar de un comparsa, un secundario tan desdibujado como lo era Petra en El arte de volar. Ella vive su propia historia, con su propio mundo ideológico, que no tiene mucho en común con el de Antonio. Altarriba hijo plantea en el epílogo que «las historias de mi padre y las de mi madre se parecen más de lo que pensaba». Pero hay diferencias esenciales en cómo vivieron, que se explican, por supuesto, a través del análisis sociológico de la España del siglo XX. Los propios títulos de las obras simbolizan esas diferencias. El arte de volar es la historia de un hombre de izquierdas que, como tantos otros, soñó con la libertad, luchó por ella y luego tuvo que sufrir la humillación de la derrota, que implicó un silencio y una renuncia a sus ideas, simbolizada, precisamente en la secuencia de la boda con Petra, y más concretamente en el momento de comulgar. La historia de Antonio termina con un vuelo literal que supone el último grito de libertad posible para alguien que ha renunciado a todo. El ala rota, sin embargo, es un título que nos habla de una represión brutal y absoluta que opera desde el mismo momento del nacimiento: la lesión permanente que su padre enajenado provoca a Petra refleja la violencia sistémica que la España del momento ejercía sobre todas las mujeres, por el mero hecho de serlo. Petra nunca pudo soñar, no puedo luchar por su libertad. Nunca tuvo alternativa, ni modelos que le hicieran pensar que la vida fuera otra cosa que callar y servir. Empieza a hacerlo de niña, ocupando el lugar de Florentina, suficientemente rebelde como para, al menos, plantar cara al padre. Su silencio mientras el resto de mujeres chismorrean en la pila (pp. 64-65) nos habla de una personalidad discreta, más introvertida que sumisa: porque algo interesante, que destaca el propio Altarriba hijo en su epílogo, es que «supo preservar un espacio propio, una parcela, si no de libertad, al menos de realización personal»

El trauma brutal con el que la recibe el mundo nos habla de una España profunda, un mundo rural cruel y aún inmerso en un conjunto de mentalidades decimonónicas opresivas, donde lo privado es público y la religión domina todo. En ese mundo Altarriba comienza a mostrar un país alejado de clichés y visiones maniqueas, donde domina la contradicción y la ambigüedad moral. Los buenos pueden ser malos y los malos pueden ser buenos: el padre de Petra es un hombre de izquierdas que apoyará la república y estará a favor de la colectivización, pero al mismo tiempo es un machista y un maltratador que hace la vida imposible a sus hijos. Por el contrario, el señor al que sirve Petra cuando marcha a vivir a Zaragoza, el general Sánchez González, es un militar sublevado contra la república, pero aparece como una buena persona que además se opone a Franco y conspira para reinstaurar una monarquía borbónica —en ese sentido, es impagable el retrato gris del futuro Juan Carlos I en su fugaz aparición: la viñeta en la que come contrasta con la situada en la parte inferior, con el pequeño Toñín cagando en el ruinoso retrete de su casa (p. 165)—. Petra abraza muy pronto la religión católica como refugio ante su situación familiar. Su fe, mostrada en El arte de volar de forma caricaturesca, es aquí una devoción sincera que le hace ser buena persona, aunque también la vuelve discreta y obediente. Toda la vida de Petra está marcada por las órdenes que recibe, no sólo de hombres —los hombres que dan nombre a cada uno de los cuatro capítulos, como una denuncia de la sumisión e invisibilización de Petra, y de todas las mujeres—, sino también de mujeres que aceptan el entramado ideológico y lo perpetuan, y que explotan y se aprovechan de las que como Petra ha aprendido a rehuir el conflicto.

Quizá porque Petra no se metió en política —a pesar de su servicio al general Sánchez González, que le permitió estar cerca de una conspiración reprimida antes de lograr materializarse—, la historia de España actúa más como telón de fondo que como hilo conductor. Al contrario que en El arte de volar, donde al menos hasta cierto momento el protagonista del relato lo fue también de hechos decisivos, en El ala rota hay muchas cosas que simplemente suceden alrededor de Petra. La guerra civil, por ejemplo, sucede fuera de la diégesis narrativa, elidida, apenas mencionada como un presagio —«esto no va a terminar bien, Damián» (p. 77)— y luego encarnada en el hermano de Petra que se alista en el bando sublevado, y en el incidente con los pollos de la Falange que pretendían darle el paseíllo al paralítico padre de Petra (p. 84-85). La muerte del padre en el mismo pueblo que tanto odiaba culmina la permanente frustración de su vida y sus expectativas literarias, y anuncia la de Petra, que, sin embargo, por ser mujer y haber sido educada para ello, acepta estoica su vida.

Y consigue realizarse. Logra que su padre le enseñe a leer, que es la máxima formación a la que podía aspirar una mujer de su clase y su procedencia, y logra superar su minusvalía. Se aplica en su trabajo y consigue ser gobernanta en una casa de postín. Sirvienta, sí, pero con gente a su mando. En esa época, quizá la más feliz de su vida, si las circunstancias hubieran sido otras tal vez Petra habría logrado llegar más lejos. Pero sus alas están rotas: como manda Dios, cuando Petra se enamora —algo que durante treinta años evitó deliberadamente—, Antonio y ella se casan rápidamente y ahí acaba su vida laboral. Esa renuncia, que es la renuncia de millones de mujeres en la España franquista, es pobremente recompensada. Los ideales de su marido la fuerzan a renunciar a la ayuda de su antiguos señores y se contenta con un cuchitril que a pesar de todo se esfuerza en adecentar. El hijo que llega muy pronto ilumina su vida, pero la situación económica va a peor. Su aversión al sexo, motivada por una violación en su juventud que siempre calló y potenciada por la fe, aparta definitivamente a la pareja. A partir de entonces, Petra tendrá que vivir soportando el engaño sistemático de Antonio. La escena en la que la mujer llora en silencio y se tapa la nariz para no oler el perfume femenino que ha impregnado a su marido adúltero (p. 170), además de desgarradora, es reveladora de una verdad dolorosa para nosotros como lectores: si le damos la vuelta a la situación, Petra está humillándose por no romper un matrimonio que considera sagrado.

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La relación entre Antonio y Petra me recuerda, en ciertos puntos, a la mantenida entre Menchu y Mario, de Cinco horas con Mario (1966). En la obra de Miguel Delibes, la pareja protagonista también estaba formada por una mujer beata y conservadora y un hombre idealista y ateo. El contraste se consigue por estrategias narrativas diferentes: el narrador diegético que es Menchu se retrata a sí misma, mediante su monólogo, como una mujer mezquina, clasista y esclava de las apariencias, y de entrada con la descripción negativa que hace de su marido en realidad lo que consigue es nuestra empatía hacia él. En El arte de volar, nuestra simpatía está con el anarquista que luchó por la república, el hombre que tuvo que huir a Francia y después volver a España humillado y soportando en su vejez las beaterías de una esposa que se negaba a mantener relaciones sexuales. En Cinco horas con Mario, es precisa una lectura más atenta, desprejuiciada y, sobre todo, más madura, para darnos cuenta de que Mario también tenía culpa, que desatendía a su esposa y a sus hijos, y que ella, en definitiva, se sentía abandonada. En El ala rota, el proceso es más evidente, porque se nos está ofreciendo un nuevo relato completo, en el que el punto de vista del narrador ha cambiado totalmente. Y es así como descubrimos nuevas perspectivas en la relación de la pareja: el que era un pobre hombre prácticamente empujado a la infidelidad para ser un poco feliz se revela ahora como un marido insensible a los traumas y miedos de su mujer, que es capaz de acostarse a su lado como si tal cosa tras serle infiel, con todo lo que eso implica para su esposa. Y a negar a su familia una vivienda digna por unos ideales que, de todos modos, ya ha traicionado. Es cuestión de perspectiva. Sí hay algo en lo que coinciden ambas partes del matrimonio: eran personas resueltas a no atarse a nadie, a vivir en soltería toda la vida, que se enamoraron sin pretenderlo y se casaron arrastrados por las circunstancias. ¿Un error? Ojalá fuera fácil decirlo. Pero la vida nunca es fácil.

¿Dónde está, entonces, la verdad? En la mirada, por supuesto. En la del autor y en la del lector. Estas dos obras nos muestran que las cosas no son tan sencillas, y que sólo en las ficciones el mal es algo nítido e identificable. Y precisamente porque la historia reciente de España se presta a la interpretación simplista y maniquea, es necesario construir relatos complejos, que muestren la realidad en todas sus dimensiones: en lugar de un cuento de buenos y malos, lo que tenemos en El ala rota y El arte de volar es una aproximación sincera a la historia, sangrante aún, de un país que si se caracteriza por algo es por su traumática relación con el pasado. Por eso tenemos que persistir en la representación de ese pasado, tanto en lo colectivo como en lo individual. El ala rota consigue funcionar en ambos planos: en lo colectivo, supone una herramienta para comprender a unas generaciones con las que a veces hemos sido injustos; en lo individual, supone un ejercicio de inmersión en los recuerdos y en la historia familiar no exento de consecuencias: como me explicó Altarriba en una entrevista que le realicé cuando aún no se había publicado este libro, la construcción narrativa acaba por superponerse a los recuerdos y ser más real que la realidad. «La memoria es siempre una construcción» (en El guión de cómic, Diminuta Editorial, 2016).

Lo que voy a decir, para terminar, no tiene en el fondo tanto valor como el análisis de la obra, pero lo diré de todos modos: creo que El ala rota no es inferior a El arte de volar. Por supuesto, el momento en el que aparece no tiene nada que ver con 2009, cuando se publicó aquélla. Por lo tanto lo que aquella obra significó para el mercado español no es replicable; El ala rota no va a causar tanto impacto, porque ahora tenemos muchas obras que se beneficiaron de la puerta abierta por El arte de volar. Es una obra más madura, tan intensa como su primera colaboración, pero más arriesgada. Su previsible éxito no será tan inesperado, pero será igualmente merecido.

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