Reseñas — 9 mayo, 2016 at 8:00 am

Permanezcan en sus asientos (Jano)

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Permanezcan en sus asientos (Jano). Fosfatina, 2016. Rústica. 17 x 24 cm. 48 págs. B/N. 12€

Alejandro Viñuela, alias Jano, es un historietista e ilustrador gallego de treinta y seis años, que pese a llevar muchos de ellos trabajando, quizás no es muy conocido fuera del ámbito de Galicia. Espero que eso empiece a solucionarse con la publicación de un cómic tan contundente como Permanezcan en sus asientos, fantásticamente editado por la gente de Fosfatina. La tinta metálica de su cubierta llama la atención de inmediato, y las líneas rectas y gruesas del dibujo del edifición y la composición de la portada reflejan ya el hermetismo antisentimental de su interior.

Y en ese interior, las líneas contrastan con un punteado obsesivo e irregular, que genera una textura en cierta forma retro, aunque en el fondo no busque imitar el punteado de los cómics antiguos. De hecho, en realidad le sirve a Jano para hacer algo nuevo, y para perturbar al lector: el punteado cansa la vista, y si uno se queda un rato mirando, acaba por ver bailar los puntos en una especie de moiré hipnótico. Eso nos lleva al estado de percepción alterada perfecto para que la lectura de Permanezcan en sus asientos sea una experiencia que genera las mismas sensaciones extrañas, alienígenas, que los trabajos de David Sánchez, a cuyo universo recuerdan los temas tratados en esta obra de Jano.

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Por ejemplo, es así con la premisa de partida: una terapia de grupo anunciada en un periódico, junto a propaganda de gafas de rayos x o métodos de musculación. El contexto nos predispone para el timo, pero lo que sucede es algo mucho más extraño. Sorprende el ritmo lento del arranque: dos páginas —fantásticas— para llamar al timbre y entrar en una mansión en la que tendrá lugar una reunión donde se desgranarán tres historias fantásticas. En la tradición oral de las historias contadas junto al fuego por distintos narradores —que es, en el fondo, loque subyace detrás de muchos títulos del cómic americano clásico, los de EC, por ejemplo—, se suceden relatos que no sabemos si son ciertos o no, impregnados de una poesía basada en la elipsis y en la falta de explicaciones al uso: lo gráfico, por supuesto, tiene un papel central.

El segmento final es lo mejor de este cómic, porque no sólo rompe la dinámica de las páginas anteriores, sino que introduce una sorpresa, un golpe de efecto que no resulta artificioso porque no traiciona el tono elíptico del tebeo: la atmósfera sigue siendo la misma, y aquello que no se nos permite ver nos perturba más que lo que no se oculta a la vista. Mientras el terapeuta se explica, las viñetas nos muestran objetos y estancias sin relación de continuidad, lo que permite que formulemos hipótesis acerca del destino final de unos pacientes a los que vemos por última vez antes de que realicen un ejercico de relajación… Las páginas finales, que muestran al terapeuta dibujando un cómic, parecen sugerir la verdad.

Permanezcan en sus asientos ha sido un descubrimiento. Conocía a Jano de algunos fanzines e ilustraciones, pero esto es otro nivel. No sé si seguirá por este camino, porque si por algo se caracteriza es por su heterogeneidad. Sin llegar al grado de experimentación de un José JaJaJa o una Begoña García-Alén, el formalismo riguroso de Jano puede ser vehículo para contar historias de género desde un punto de vista novedoso, algo que necesitamos desesperadamente.

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