Reseñas — 11 abril, 2016 at 8:00 am

El día de Julio (Gilbert Hernandez)

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El día de Julio (Gilbert Hernandez). La Cúpula, 2016. Rústica con solapas. 16,3 x 24 cm. 116 págs. B/N. 12 €

El paso del tiempo siempre ha sido uno de los temas clave de la obra de Beto Hernandez —también, de otro modo, de su hermano Jaime—; el tiempo lineal, inexorable, que nos cambia y nos transforma hasta morir. Por eso su obra fundamental, Palomar, se desarrolla a lo largo de los años, volviendo a los mismos personajes en diferentes momentos de sus vidas. Y tal vez también por eso en su madurez artística está dibujando novelas gráficas cortas, narraciones cerradas que son, entre otras cosas, ensayos sobre el tiempo y la memoria. Tiempo de canicas (La Cúpula, 2014) explora la memoria personal en una autobiografía oblicua, algo enmascarada, que conseguía rebrotar las sensaciones de una infancia perdida. Es un cómic excelente, pero creo que la gran obra de madurez de Beto es El día de Julio.

El día de Julio también trata sobre la memoria, pero en esta ocasión Beto nos habla de la memoria colectiva, tanto familiar como histórica, ya que el libro es tanto un relato de los cambios sociales acontecidos en el siglo XX —aunque eso sea más bien un trasfondo— como la crónica familiar de varias generaciones de una familia sin nombre, a lo largo de cien años, los que vive Julio, el protagonista. Julio aparece silueteado en la cubierta, oscurecido: es un indicio de que su papel nunca será central. Las cosas suceden a su alrededor, a lo largo de toda una vida: es el eje de una historia que empieza y termina con dos viñetas negras: la boca abierta de un recién nacido y la de un muerto. La historia es circular porque el tiempo mítico siempre lo es, y El día de Julio, aunque se apoye en la historia, alcanza categoría de mito.

A menudo se ha vinculado el realismo mágico con Beto; tal vez haya sido una afirmación debatible, pero, desde luego, es totalmente cierto en lo que respecta El día de Julio. Y no sólo por la referencia a Cien años de soledad con los cien años que abarca la obra, que no deja de ser algo puramente circunstancial, sino más bien por el tono alucinado, el ligeramente alterado orden de las cosas, que permite que, como en la narrativa de García Márquez, sucesos inusuales se filtren a la realidad: las tormentas de ecos bíblicos, que caen durante meses y se recuerdan durante décadas, los gusanos azules cuyo contacto causa la muerte, el rumor de los fantasmas, el soldado lisiado que mandan a una casa que no es la suya y vive en ella por décadas. La sensación mágica y el concepto de tiempo mítico y circular se apuntalan con la ausencia de referencias espaciotemporales explícitas. Por un lado, el pueblo donde sucede todo no tiene nombre ni sabemos dónde está: se halla en medio del desierto rodeado de un paisaje de barro cambiante, y permanece siempre igual, con sus habitantes yendo y viniendo —o quedándose, como Julio, que jamás lo abandona—; la ciudad es igualmente mítica, un símbolo innominado de lo externo, del mundo que rodea al pueblo y que sí cambia a su alrededor. Por otro lado, tenemos el tratamiento del tiempo: no hay un solo cartucho de texto que nos informe del año en el que estamos en cada secuencia, o de cuánto tiempo pasa entre una escena y otra. Sólo las guerras —gracias a que una amiga de Julio participa en varias de ellas como enfermera voluntaria— marcan el paso del tiempo universal, pero lo que de verdad importa es el tiempo personal, que se marca en los rostros de los personajes de un modo inexorable pero indefinido.

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En esa combinación, que es más bien un cruce de caminos, se haya una de las claves de un libro que consigue algo muy complicado: girar en torno a lo no dicho y lo no mostrado. El día de Julio transcurre en el terreno de lo elidido. Son elipsis abismales, a menudo articuladas en viñetas que reflejan la inmensidad del cielo, las que nos conducen a través de la vida de Julio y su familia y amistades, pero también me estoy refiriendo a los silencios, lo que Julio calla, lo que nunca se dice: carga con un secreto que nunca llega a reconocer, y que sólo es desvelado —tras nuestras sospechas— por un familiar joven que vive ya con otra mentalidad. Estoy hablando de una más que posible homosexualidad vivida en el silencio y la omisión durante cien años. La manera en la que Beto apunta, sin perfilar, diferentes episodios de la vida de Julio —incluyendo unos posibles abusos de su tío Juan— inciden en el misterio. Nada se resuelve en torno a él; no del todo. Todo lo que tiene que ver con los posibles abusos infantiles a varios miembros de la familia, por ejemplo, queda en realidad a juicio de los lectores: nunca se muestran explícitamente. Podemos creer a unos o a otros personajes. Pero así es la vida, por supuesto, y la familia a menudo es una institución llena de secretos y cosas que no pueden decirse, aunque todos las sepan.

Creo que El día de Julio consigue alcanzar un plano verdaderamente trascendente: es una de esas raras obras que refleja la vida en toda su grandeza y en toda su miseria. Cien años de historia de varias generaciones caen sobre nosotros como la lluvia torrencial sobre el poblacho olvidado de la mano de dios en el que sobreviven sus escasos habitantes, peleando con una naturaleza hostil para sacarle unos pocos frutos miserables. Tal vez que la muerte sea algo cotidiano, que las tumbas estén junto a las casa, dota a la obra de una sencillez muy dura: los nacimientos y los fallecimientos no son aquí grandes cosas, sino pequeños eventos inevitables en el pasar de las vidas corrientes. Y sin embargo, el espíritu luchador de los personajes de Beto conmueve como en Palomar —especialmente en lo que respecta a las mujeres—. Todos están perfectamente caracterizados a través del dibujo, de sus palabras y sus acciones: pocas veces vemos un plantel de personajes tan amplio en un cómic tan breve que logre la misma empatía por nuestra parte como si hubiéramos leído una larga saga de varios volúmenes. Hay un modo fácil de hacer esto, que consiste en emplear estereotipos que la tradición ficcional nos ha enseñado a reconocer e interpretar de inmediato, y está el camino difícil, en el que la única forma de alcanzar el éxito es la conjunción de trabajo y talento.

Por otro lado, soy consciente cuando leo este libro de que todo lo bueno que hay en él tiene que ver con una sencillez expositiva naturalista que permite imbricar los elementos semifantásticos que provocarían la ruptura de la verosimilitud de otro modo. Beto, que ha llegado a un punto de su carrera en el que dibuja como quiere, ha seguido su propio camino, al igual que Jaime, sin que aparentemente se hayan visto influidos por el gran faro del cómic occidental de nuestro tiempo: Chris Ware. Pero esa aparente sencillez formal —que no es tan sencilla como parece— esconde sutilezas magistrales, que permiten a Beto contar historias enormes, las más grandes, con un calado psicológico y emocional que no admite comparaciones, ni siquiera con Jaime, que juega a otra cosa —ni mejor ni peor—. Beto puede perderse en extraños experimentos a veces, pero siempre podrá recordarnos que es uno de los más grandes. Un último apunte, que creo que termina de situar esta obra en un lugar privilegiado al alcance de pocos: Beto logra contarnos algo muy grande en tan sólo cien páginas —una por cada año, aunque por supuesto no cuente un año en cada página—, lo cual puede considerarse hoy una novela gráfica breve. No necesita más para urdir las vidas de un puñado de personajes que ya nunca olvidaremos, al igual que esa última página perfecta, que cierra el círculo y termina de explicar con el dibujo lo que la palabra no puede.

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