Reseñas — 23 marzo, 2016 at 9:00 am

Que no, que no me muero (María Hernández Martí y Javi de Castro)

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Que no, que no me muero (María Hernández Martí y Javi de Castro). Modernito Books, 2016. Rústica con solapas. 21 x 21 cm. Color. 168 págs.

A menudo —aunque creo que cada vez menos— se escucha que hay demasiadas novelas gráficas sobre enfermedades. La gente que lo dice suele ignorar todas las que hay, sean muchas o pocas, pero a pesar de eso se sienten con el derecho —y casi la obligación— de insistir mucho en los supuestos perjuicios que estas obras hacen al medio. Esto tiene que ver, en mi opinión, con las tradiciones culturales y las inercias de unos lectores que han naturalizado una serie de géneros y temáticas en el cómic que se consideran, por defecto, las correctas: no hay un número significativo de cómics que traten sobre personas que se enfrentan a sus enfermedades si lo comparamos con cómics de ciencia ficción, superhéroes, fantasía o terror.

Más allá de eso, siempre me ha parecido que el desdén apriorístico siempre es una falta de respeto al autor. Una cosa es decir que una temática no te interesa, y otra despreciar estas obras como maniobras comerciales, simples pajas mentales de autores que nos cuentan su vida. Hay, por supuesto, buenas y malas obras en este ámbito. E incluso algunas en las que se adivina cierto cálculo comercial que, si menoscaba la honestidad en el relato, pude llevar al desastre. También se corren riesgos, desde luego: la autocompasión, el melodrama o el relato de autoayuda acechan siempre tras cada esquina.

Cada persona gestiona sus sentimientos y su propios problemas como puede y quiere, por supuesto: no tengo nada en contra de que alguien expurgue sus demonios en un cómic en una de esas claves. Aunque luego el juicio crítico lo valore. Pero personalmente tiendo hacia las obras que no se quedan en un nivel superficial y saben encontrar un punto de vista diferente, o imbricar en su relato personal cuestiones universales. La ascensión del Gran Mal de David B., por ejemplo, es mucho —muchísimo— más que la historia de un hermano con epilepsia.

Por eso me ha gustado mucho Que no, que no me muero, de María Hernández Martí y Javi de Castro. Se trata del primer cómic editado por Modernito Books, un pequeño sello madrileño que ha cuidado mucho el proyecto, y ha insistido en él durante varios años hasta llevarlo a buen puerto. Que no, que no me muero no juega en la misma liga que la obra de David B., ni en realidad parte de un interés por crear un cómic relevante: en origen, es un conjunto de relatos breves escritos por Hernández Martí tras superar un cáncer de mama, en los que vuelca no sólo sus experiencias, sino también sus estados de ánimo, sus emociones y reflexiones. No pensó, en principio, que aquello pudiera convertirse en un cómic. Pero al tomarse esa decisión, todo cambia: la manera de enfrentarse a la obra no puede ser, simplemente, trasladarla. Hay que traducirla, como dice la propia escritora. Todo ese trabajo corrió a cargo de Javi de Castro, uno de los dibujantes más prometedores y talentosos del cómic español. Al aceptar el trabajo, asume en realidad convertirse en algo más que un dibujante. Tiene que hacer suyos los textos y, a partir de ellos, crear algo nuevo. Las cuestiones narrativas que indica un guión, como la composición de página, los planos o la secuenciación de las viñetas, serán responsabilidad suya. Puede hacer con el texto lo que quiera. Y, consciente de ello, lo hace. Cuando ha colaborado con guionistas, siempre he tenido la sensación de que de Castro, bastante innovador cuando trabaja solo, se frenaba un poco, se ponía al servicio del guión, de algún modo. También tuve esa sensación en el interesante Sandía para cenar (Thermozero, 2014), que realizó en solitario, pero, tal vez, con el peso de desarrollar una historia más clásica, más elaborada.

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La estructura de Que no, que no me muero, le viene a de Castro como anillo al dedo, porque al trabajar con textos breves e independientes entre sí, está trabajando, en realidad, con pequeñas historias, y en esas distancias cortas es donde ha dado su mejores frutos su talento. Concibe cada una de ellas como una unidad independiente, y la desarrolla en consecuencia: en cada una hace algo diferente, busca una composición distinta, emplea herramientas nuevas. Es, creo, su mejor trabajo hasta la fecha porque explota sin miedo sus virtudes, y afina las cuestiones de puro dibujo: de Castro es un dibujante muy técnico. Toma elementos de señalética, se inspira en las últimas vanguardias, mira de reojo a Chris Ware y sus afines sin perder personalidad… Y se lanza a experimentos muy osados, con buenos resultados: en «Vinos», que es una historia dentro de la historia, deja intacto el texto de Hernández Martíy lo ilustra en sus márgenes, por ejemplo. Y en «Ojos» es preciso girar el cómic para leer los textos en espiral, que reflejan el pensamieno oscuro del texto.

A pesar de que gráficamente cada capítulo —cuyos títulos responden con sus iniciales al abecedario completo— es independiente, la cohesión narrativa la aporta la voz en prmera persona de Hernández Martí, siempre presente, y con una fuerza literaria nada desdeñable, aunque prefiera el camino directo a la elaboración. El cómic está lleno de mala leche y sarcasmo, pero también de miedo y momentos de bajón. Es normal, porque eso es una enfermedad: estás enfadada la mitad del tiempo y jodida la otra mitad. Lupe, el alter ego de la escritora, a veces quiere estar sola, otras necesita compañía. Le toca las narices la compasión de los que la rodean y las preguntas de extraños, y no cae nunca en los buenos sentimientos de manual. Porque estar enfermo es una putada y sonreír no va esfumar el cáncer. Por eso Javi de Castro acierta de pleno al parodiar los mensajes motivacionales de Mister Wonderful, una de las plagas de nuestro tiempo.

Que no, que no me muero consigue ser fresca y no caer en lugares comunes, y es, también una lectura muy divertida. Nos reímos con Lupe, sufrimos con ella, más que en lo previsible, en los pequeños detalles, en esas cosas en las que nadie piensa cuando piensa en un cáncer. En lo cotidiano y en lo personal, y en el esperpento que surge cuando el drama choca con las convenciones sociales y la gente en general. De Castro lleva los textos de Hernández Martí a alturas notables, y demuestra que la experimentación no es, pese a lo que muchos creen, superflua, pedante o gafapasta: cada invento en este cómic tiene su sentido, y sirve para lograr un efecto dramático y narrativo concreto, que enriquece no sólo el aspecto gráfico, sino el conjunto de la obra: ya va siendo hora de que dejemos de aplicar análisis trasnochados al cómic que distinguen aspectos que no están separados ni siquiera en una obra como ésta, cuyo logro, precisamente, es conseguir una armonía perfectamente equilibrada.

2 comentarios

  1. Me ha encantado el libro y tu reseña. Me he permitido recomendarla en mi blog. Gracias http://cirujanodemama.blogspot.com.es/2016/05/contarlo-poder-contarlo.html?m=1

  2. Hola,

    Considero que el cómic/novela gráfica es una forma de expresión por lo que cualquier tema está incluido y lo importante es que esté bien hecho.

    Personalmente, estoy pasando por lo mismo que la protagonista y me ha encantando y me he reído bastante. El sentido del humor es muy importante para todo y especialmente en los momentos más difíciles.

    Ana