Reseñas — 9 marzo, 2016 at 8:57 am

Paciencia (Daniel Clowes)

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Paciencia (Daniel Clowes). Fulgencio Pimentel, 2016. Cartoné. 24 x 19,5 cm. 180 págs. Color. 24,99 €

No es nada fácil ser Daniel Clowes. Hasta la explosión de Chris Ware, seguramente ha sido el autor independiente —como se los llamaba entonces— más influyente de Norteamérica. Estaban los Hernandez Bros o Charles Burns, pero por algún motivo fueron menos imitados o imitables. Clowes representó mejor que nadie el equilibrio perfecto entre tradición y vanguardia, y trazó una línea llena de curvas entre los tebeos de derribo de los años cincuenta y las historias más personales, donde traslucía un sentido de la vida oscuro y desalentador. Por eso quizá su obra maestra —para mí— sea El rayo mortal (Random House/Mondadori, 2013), donde todas sus obsesiones cultuales se filtran por su visión de la humanidad.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel 2004 en el que se publicó por primera vez aquel cómic, pero, de algún modo, Paciencia parece una especie de continución ideológica, o una depuración fruto de la madurez. Este libro supone la historia más larga que ha contado Clowes y se sumerge en el género y la serie B de la ciencia ficción más desmadrada sin distancia irónica, con más sinceridad que en El rayo mortal, donde ya había una buena dosis de la misma. Clowes se despreocupa del acabado del dibujo, lo suelta sin miedo y se concentra en lo que quiere contar: una historia de viajes en el tiempo protagonizada por Jack, un hombre obsesionado por salvar a su pareja, Paciencia, muerta en su casa en extrañas circunstancias. Convertido en una suerte de Terminator cazurro —más cazurro—, vaga sin un plan elaborado por diferentes momentos de la historia, desde un no demasiado lejano futuro en el que se ha descubierto un medio experimental para viajar en el tiempo hasta el pasado, donde puede influir en diferentes momentos de la vida de Paciencia, con la esperanza de que hacerla vivir su vida de una manera ligeramente diferente la salve de su asesinato.

Hay algo que siempre me ha resultado muy divertido de las historias de viajes en el tiempo: se han establecido unas normas para las ficciones que los emplean que pasan por científicas, de modo que lograr la verosimilitud del relato pasa por ajustarse a ellas, aunque no sean más que un puñado de convenciones. «Esto está mal, si hace que sus padres no se conozcan nunca no cambia su línea temporal, sino que creará una nueva línea paralela que…». Esto se dice con mucha seriedad, pero lo cierto es que, por supuesto, no tenemos ni puta idea de cómo funcionarían los viajes en el tiempo. Tampoco lo sabe el protagonista de Paciencia, que obviamente afectado por todo lo que le ha sucedido, tarado sin remedio, se agarra a una esperanza que no lo salvará exactamente a él, sino a su yo del pasado. Él está vendido desde el mismo momento en que toma la decisión de viajar en el tiempo, y lo sabe.

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Empieza así un periplo temporal de calado psicológico, donde la confusión y la deriva mental se expresa a través del dibujo y sus recursos. Las formas abstractas y psicodélicas que Steve Ditko ensayó en Doctor Strange y trabajos anteriores se retoman en un homenaje que es además una reformulación del pop. No es la única: los aparatos y vestimentas del futuro, los colores saturados y puros… Todo remite a un universo muy codificado, pero, como sucedía en El rayo mortal, pasa por la oscura mirada personal, la de Clowes, que sólo sabe dibujar historias de personas normales, entendiendo lo de «normales» como «llenas de problemas psicológicos».

Pero hay algo que ha cambiado en ese cinismo. No es que la esperanza o los buenos sentimientos sean ajenos a la obra de Clowes —muchas de sus obras parecen decirnos que el ser humano es lo peor, pero aquí estamos, y la vida hay que vivirla—, pero Paciencia me ha parecido, en un primer nivel de lectura, la obra más optimista y luminosa de Clowes. Porque puede leerse como una búsqueda del amor romántico, una desesperada lucha a través del tiempo por encontrar una felicidad que se cifra en una relación heteronormativa, y que pasa por salvar una y otra vez a la mujer de sus sueños.

Sin embargo, Clowes nunca va a ser tan obvio. En esa historia de amor romántico hay algo oculto, y no me refiero sólo a los secretos de Paciencia, que oculta su pasado y hasta parte de su presente al hombre que quiere. Estoy hablando de cómo se retrata a los dos protagonistas a través de los ojos del hombre: él habla de la mujer más maravillosa del mundo, pero al final, ambos son, ni más ni menos, que personajes puramente Clowes: grises, mediocres, sin aspiraciones, basura blanca que tuvo sueños pero los abandonó en pos de una vida anodina frente a la tele y una pizza revenida. La manera en la Jack habla de su relación recuerda lejanamente al misántropo Wilson, protagonista de cómic homólogo (Random House/Mondari, 2010), que construye en su imaginación una relación familiar ideal y pretende encajar la realidad en ella. Lo interesante es que lo que Jack quiere recuperar no es especialmente destacable; sería una vida de la que querer escapar… si no fuera por el amor.

¿Nos está diciendo Clowes que el amor nos ciega, o que nos impulsa y nos eleva, hasta al más miserable de los seres humanos? Cuando contrastra la devoción que verbaliza Jack por Paciencia con su retrato, ¿nos está queriendo decir que no importa que nos amen, porque en el fondo somos todos igual de grises? ¿O nos dice, más bien, que no importa lo grises que seamos, porque siempre seremos el ser más maravilloso de la Tierra para alguien? Es una indefinición maravillosa, que eleva varios escalones un cómic que no supera a El rayo mortal, pero que sí supone una magnífica obra de madurez, una fase en la que Clowes, más que nunca, nos aporta preguntas pero nos niega las respuestas, porque eso ya es parte de nuestro trabajo.

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