Reseñas — 18 febrero, 2016 at 9:00 am

La luna al revés (Blutch)

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La luna al revés (Blutch). Norma Editorial, 2016. Cartoné. 56 págs. Color. 17 €

Blutch tiene quizás el talento para el dibujo puro más avasallador de su generación. Mientras que otros miembros de la Nouvelle BD optaron por destruir las bases del dibujo académico —con un evidente impacto— Blutch es un dibujante naturalista perfecto y rotundo, que basa su subversión de los cánones en cuestiones argumentales y, sobre todo, simbólicas.

Velocidad moderna (La Cúpula, 2010) y sobre todo La voluptuosidad (Ponent Mon, 2006) son cómics viscerales, de una plasticidad exuberante, en los que Blutch dibuja como quiere. Hay humor, siempre hay humor en Blutch. Y hay erotismo, soterrado, profundamente psíquico, en estrecha unión con lo onírico. Blutch habría sido un psicoanalista excelente. Su obra está llena de símbolos oscuros, de secuencias que parecen recurrir al método paranoico-critico para construir relaciones ambiguas entre significantes y significados. La inspiración surrealista es evidente. Lo subconsciente aflora en los momentos más inesperados, por supuesto en relación al sexo, pero también a otras cuestiones. Los diálogos y las situaciones sin contexto nos sitúan de inmediato en un terreno fronterizo, entre las ficciones convencionales, que imitan la lógica de nuestra realidad, y la narración que prefiere la lógica de los sueños y del arte.

Por eso en La luna al revés nunca sabemos en qué momento del futuro nos encontramos. Su título, deliberadamente surrealista, no evoca nada concreto, y al mismo tiempo evoca sensaciones indefinidas. Lo sensorial en Blutch siempre es central, porque su dibujo, aunque de fondo figurativo, transmite siempre mucho más que las meras formas de la realidad. El color de Isabelle Merlet potencia esta cualidad y enriquece los matices de las atmósferas.

No sabemos dónde estamos, ni por qué la gente se comporta como lo hace —no del todo—, pero sí sabemos otras cosas. Por ejemplo, que en esta Francia del futuro los cómics son un medio de masas de nuevo, y la repercusión entre la población del próximo álbum de El Nuevo Nuevo Testamento será brutal. Lantz es el último de los artistas que trabaja cada cómic de un modo artesanal, como un autor a la manera clásica. Pero ese paradigma está a punto de ser superado —«Ya no existen los tiempos pasados, Lantz… Han sido suprimidos» (p. 10)—. Una gran empresa ha ideado un sistema para producir obras en cadena, valiéndose, aparentemente, del subconsciente de los empleados. Liebling, una joven que entra a trabajar en esta fábrica, sólo tiene que introducir sus manos en sendos agujeros, junto a otras compañeras, y una máquina de apariencia orgánica genera las páginas de los cómics. Por supuesto, podemos interpretrar esto en una clave jungiana y escribir sobre cómo el inconsciente colectivo superará la mente individual… pero, sabiendo del sentido del humor de Blutch, no puedo evitar recordar que algunas grandes editoriales francesas ya han insinuado que podrían trasladar la producción de los álbumes de sus personajes franquicia a estudios de producción en Asia, y entonces la lectura de la parte más política de La luna al revés ya no puede ser la misma. Creo que su sátira apunta a un futuro mucho más cercano, y en la figura del joven dibujante de vanguardia que se vende al dinero que supone dibujar El Nuevo Nuevo Testamento está señalando al mercado actual. Todo por supuesto, desde quien es consciente de que está publicando en Dargaud.

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Los rasgos distópicos clásicos, presentes en la obra, están filtrados por la sensibilidad de un Blutch que no quiere ser nunca obvio. Se aleja de una ciencia ficción canónica y penetra en terrenos más poéticos, a través del surrealismo que comentaba antes: cuando el joven Blütch entre en escena, su amor-en-relieve —una especie de realidad virtual que le transmite imágenes de sexo con las personas que se cruza— también enturbiará nuestra percepción, porque el dibujo no nos indica ninguna diferencia entre realidad y virtualidad.

El sexo, de hecho, siempre está presente, como no podía ser de otra forma si reconocemos la influencia surrealista y psicoanalítica. Blutch tiñe con él prácticamente todo, desde las posturas y los gestos, hasta cualquier interactuación de los personajes. La manera en la que Liebling es obligada a sentarse, por ejemplo (p. 14), o, por supuestos, esos dedos corazón que descargan oleadas de dolor / placer, de obvia reminiscencia fálica.

Como sucede en otros títulos de Blutch, el final no es un verdadero final, ni se explican la mayor parte de los enigmas planteados. Es un final consecuente, que aporta, eso sí, una sensación de circularidad al conectarse con el principio, que permanecía desconectado del resto de la historia hasta ese justo momento. Termina de redondear una obra rica en lecturas y matices, densa, tanto en su dibujo, lleno de volúmenes y sombreados, como en sus temas, nunca explícitos, siempre esquivos. Blutch desafía a esa industria que en su propia obra se revela voraz con el talento manteniendo un compromiso consigo mismo allí donde publica, da igual que sea en Dargaud, en Futuropolis o en L’Association.

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