Reseñas — 8 febrero, 2016 at 9:00 am

GoGo Monster (Taiyô Matsumoto)

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GoGo_Monster portada

GoGo Monster (Taiyô Matsumoto). ECC, 2015. Rústica con sobrecubierta. 472 págs. B/N. 27 €

Afortunadamente, cada vez que se publica en España más manga que se sale de los márgenes del shonende aventuras interminables. La increíble variedad del mercado japonés se va trasladando poco al nuestro y, en concreto, el manga adulto está viviendo una pequeña explosión, que demuestra que no todo es Jiro Taniguchi, Suehiro Maruo o Shigeru Mizuki. En los últimos años, la labor editorial de Norma o ECC está permitiendo conocer a muchos otros autores que funcionan fuera de los estándares de lo que aquí hemos identificado siempre como manga por defecto, demostrando la enorme riqueza temática y estilística que tiene. En el caso de ECC, el terror adulto ha sido una apuesta en firme, y un autor como Taiyô Matsumoto hasta ahora prácticamente inédito en España, ha visto publicadas en castellano un puñado de obras. GoGo Monster es la que he podido leer recientemente, aunque en realidad la fecha de edición original es de 2000.

GoGo Monster se inserta con facilidad en el terror psicológico, un calificativo que suele incluir cualquier obra en la que no haya monstruo —humano o no— o bien aparezca solo al final. Aquí, todo gira en torno a Tachibana, un niño que está convencido de que está en contacto con seres sobrenaturales, gobernados por algo que llama Big Star. Matsumoto sitúa la acción en el escenario de un típico colegio japonés. Todo sucede en un microuniverso en el que los padres no parecen existir, un espacio simbólico, en el que tienen lugar pequeños ritos de paso cotidianos y en el que los niños se hacen, si no adultos, sí adolescentes. Tachibana, un muchacho inteligente, está en un punto de su vida en el que se da cuenta de que está cambiando, se está «pudriendo», convirtiéndose en adulto, lo cual, en la lógica de la obra, está simbolizado por el alejamiento de esas criaturas, que ya apenas le hablan. Incluso reconociendo que es artifioso que un niño deesa edad reflexione sobre su propia madurez con la profundidad con la que lo hace Tachibana, el recurso funciona para, a partir de esa situación, desarrollar toda una alegoría del fin de la infancia.

El estilo de dibujo de Matsumoto, alejado del agotador fotorrealismo de los fondos de muchos mangakas de éxito —Kengo Hanazawa, por ejemplo—, recrea con trazos temblorosos un mundo borroso, sin contornos definidos, donde la realidad se mezcla con lo que Tachibana ve y todo parece irreal. Los seres que percibe pueden identificarse  fácilmente con yokai, pero nunca llegamos a verlos; sólo en la portada, que, paradójicamente, muestra un colorido desfile de criaturas, exactamente lo opuesto a lo que encontramos en su interior.

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Otros dos niños juegan un papel destacado en la obra. Suzuki es un niño normal que llega nuevo al colegio y traba amistad con Tachibana. Es nuestra puerta de entrada, el recuros narrativo obvio para que los lectores nos identifiquemos con él y se nos pueda dar a conocer lo que sucede según él lo va descubriendo o preguntando. IQ, por el contrario, es un personaje en el otro extremo, un niño misterioso y excéntrico que no permite que se le vea sin su caja sobre la cabeza.

Lo más interesante de GoGo Monster no se encuentra en lo que se cuenta. Si atendemos sólo a eso, podríamos caer en la tentación de pensar que la historia está estirada. Pero ese estiramiento es esencial para lograr cosas que van más allá de lo narrado, de los hechos concretos: existe un tono, un ritmo, un ambiente, que son imposibles de conseguir sin esa demora, sin esa cuidadosa atención por el detalle. Matsumoto se para, el lector acelera: todo está estudiado y puesto en escena de un modo muy japonés.

De hecho, incluso diría que sus influencias van más allá del manga; hay mucho del cine de terror reciente y, sobre todo, de la animación más experimental y extraña de los últimos años, lo cual no sorprende: el propio Matsumoto ha estado involucrado en la producción de anime.

El mayor logro de Matsumoto reside en la manera en la que se maneja con deliberada ambigüedad entre las posibles explicaciones a lo que sucede en el colegio; como decía antes, nunca vemos a las criaturas de las que habla Tachibana, y lo único que podemos percibir son sus visiones, los fallos en la realidad que sólo él percibe. La relación con Ganz, un viejo jardinero, añade más duda al misterio, y lanza una duda sombría sobre Tachibana: tal vez la única manera de no pudrirse —y se dice explícitamente que Ganz no lo está— sea la exclusión social, condenarse a los márgenes, para no perder contacto con ese mundo sobrenatural que sólo los niños muy pequeños pueden sentir, porque es en la infancia donde la frontera entre razón y mito es más endeble. Pero, por supuesto, ésta es la explicación romántica, fantástica, si se quiere; Tachibana bien podría ser un enfermo, un esquizofrénico con episodios alucinatorios que le llevan a ver animales parlantes, imaginarse cosas escritas en la pizarra o a tener ciclos de deja vù que recuerdan a los efectos del LSD —en una secuencia, magnífica, que transcurre en una piscina—. Sea como fuere, Tachibana se sitúa en un momento decisivo en su vida, en el que tiene que elegir entre dos opuestos, simbolizados por su dos únicos amigos: Suzuki —integración social, normalidad— e IQ —excentridad, marginación definitiva.

He disfrutado de GoGo Monster como se disfruta de las cosas únicas e imperfectas. Con una sensación de extrañamiento, de no saber exactamente qué está pasando y hacia dónde iba, sin expectativas, más allá de la de ver al fin esos fantasmas que, acertadamente —porque nada habría colmado esas expectativas— jamás se muestran del todo.

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