Reseñas — 18 enero, 2016 at 9:00 am

Peepshow (Joe Matt)

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Peepshow (Joe Matt). Fulgencio Pimentel, 2015. Cartoné. 23 x 30 cm. 96 págs. B/N. 23 €

En un peepshow participan dos partes; una paga para que la otra se desnude. Es una definición que encaja perfectamente con el Peepshow de Joe Matt. Nosotros pagamos el cómic y él se desnuda. Sin filtro; lo tomas o lo dejas. Matt lo enseña todo.

Siempre ha sido uno de mis autores de autobiografía favoritos porque, de algún modo, conseguía hacer entrañable todo lo censurable en un ser humano. Matt es ruín, miserable, tacaño, vago, insolidario, un infierno como pareja… Se inserta en esa tradición de cómicos que basan su discurso en la autohumillación, en el subrayado de sus miserias. Decía Robert Crumb en una entrevista con Gary Groth en 1988 que «me atrae mucho todo ese rollo del autodesprecio, de convertirte a ti mismo en un personaje absurdo. Es muy irritante que algunos hagan cosas autobiográficas y se pinten como héroes» (en R. Crumb. Entrevistas y cómics, Gallo Nero, 2014). Matt parece suscribir esto por completo, y huye de esa posición yéndose al otro extremo: nadie podrá dudar de que no tiene compasión consigo mismo. Y sin embargo, hay algo en él tierno, infantil, una cualidad que lo redime: sabe que es lo puto peor. Pero no puede hacer nada para dejar de serlo.

Puede, eso sí, contarlo. Cuando comenzó a dibujar su diario, en 1987, el principal referente que manejaba era el mismo Crumb. Crumb mantenía una postura ambigua con respecto a su propia representación, nada fácil de analizar: sí, se retrataba como un sátiro pequeño y malicioso, y muchas veces salía humillado de sus historietas, pero al mismo tiempo había cierta superioridad moral en otras. Algo de eso hay en estos primeros ensayos de Matt: la misantropía pugna con el autodesprecio constantemente. El libro, fantásticamente editado por Fulgencio Pimentel, recopila las primeras historias de Peepshow —inéditas en castellano—, y lo hace en un formato de tamaño suficiente para apreciar con comodidad la acumulación de microviñetas de algunas páginas —más de cincuenta—. Matt cuenta su vida, pero lo hace con cierto distanciamiento, e intercala recuerdos de su niñez y adolescencia con vivencias más inmediatas, sobre todo relativas a su vida en pareja con Trish, con quien tiene broncas antológicas.

Matt, como tantos autores, es fruto del sistema educativo americano y la represión religiosa. Fue un marginado social durante toda la adolescencia, y sólo su habilidad para el dibujo le deparó cierto margen de acción. Por supuesto, nada de eso le salvó de ser un inadaptado social. Matt odia a la masa, odia lo comercial y lo mainstream, pero carece de la fuerza de voluntad necesaria para crearse un mundo aparte. Trabaja dando color a los cómics de superhéroes que detesta, procrastina como si no hubiera un mañana, tiene acceso de consumismo compulsivo, y aprovecha cualquier tiempo muerto para masturbarse sin compasión. Es neurótico, iracundo y egoísta.

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O quizá no, claro. Porque lo que nosotros vemos es solamente lo que Matt quiere enseñarnos. No sólo de él mismo, sino de su entorno, de sus familiares y amigos. En estas historias cortas —la mayoría de una página, alguna de seis, a lo sumo— va buscando un modelo, una forma de contar las cosas. Va perfeccionando el dibujo, haciéndolo menos tosco, y al mismo tiempo da con un tono narrativo justo. Los dibujos caricaturescos deforman y exageran, y nos indican que esto no es exactamente la verdad. A pesar de que al principio ejecuta algún experimento narrativo donde juega con la página, pronto los deja de lado para concentrarse en las situaciones y diálogos, y adopta una estructura densa pero sobria. Y, sobre todo, va encontrando la manera de contarse a sí mismo. Hasta aproximadamente la mitad del libro, Matt habla directamente al lector. Le mira mientras le cuenta lo que le ha pasado, o introduce con su voz los recuerdos infantiles y juveniles. Pero siempre impone una distancia sutil: está el Matt que vemos, el monigote que se dirige a nosotros entre aspavientos y polemiza —por decirlo suavemente— con su novia; pero tras él está el Matt autor, invisible, esquivo, bien seguro tras el papel. Esos dos niveles diegéticos —que a veces son tres: cuando el Matt dibujado habla de los propios cómics en los que aparece— se superponen siempre, y a veces uno matiza al otro. De Crumb toma el recursos de los pequeños cartuchos de texto que apuntan al protagonista y señalan sus incongruencias y sus burradas; son la manera que tiene el Matt autor de decirnos que sabe perfectamente que su conducta es deplorable. Lo cual nos indica que aún hay esperanza para él.

Conforme avanzamos, son cada vez más frecuentes las historias un poco más largas en las que renuncia a ese tipo de diálogo con los lectores y adopta una narración más clásica, en la que le suceden las cosas directamente —no nos las cuenta—. Es en la que, finalmente, se sentirá más cómodo y abordará las historias más largas que ha hecho hasta el momento: Pobre cabrón (La Cúpula, 2008), Buen tiempo (La Cúpula, 2005) y Consumido (Fulgencio Pimentel, 2011), para mí su mejor obra.

Uno lee las páginas de Peepshow con una mezcla de rechazo y fascinación difícil de solventar. El personaje de Matt es deleznable, y, en concreto, en sus relaciones con las mujeres es lo peor. Pero lo sabe, y lo asume, y no pretende excusarse o ser perdonado. En esa sinceridad extrema, que lleva hasta las últimas consecuencias, es donde encuentra también la forma de contar las cosas de un modo complejo que hace pasar por simple. Joe Matt es más experimental, más profundo en su dominio del medio e incluso más inteligente de lo que parece. Para mí siempre ha sido el tapado del trío de colegas que completan Chester Brown y Seth. Tal vez sea el menos importante de los tres, el que ha construido una obra más ligera, irregular y dispersa —también escasa—, pero su voz es única, y su compromiso artístico con su propia incongruencia es admirable. Si no fuera tan disperso, habría dibujado más páginas en su vida, pero no serían como son éstas. Peepshow, este libro, quiero decir, hay que leerlo con calma, poco a poco, como él lo dibujó. Bueno, tampoco hace falta tardar cinco años, pero merece y pide algo de aire para disfrutarlo al máximo.

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