Reseñas — 17 noviembre, 2015 at 9:00 am

Bajo el sol de medianoche (Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero)

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Bajo el sol de medianoche (Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero). Norma Editorial, 2015. Cartoné. 22,5 x 29,7. 96 págs. Color y B/N. 19,50 €

Sin duda, en cuanto a atención mediática, Bajo el sol de medianoche va a ser uno de los tebeos de la temporada, al igual que la última entrega de Astérix, cuyos respectivos lanzamientos se han concentrado en unas pocas semanas. Para bien o para mal, esos personajes han trascendido su propio entorno, así como al conjunto de consumidores habituales, para convertirse en marcas reconocibles. Por esa misma circunstancia, cualquier aproximación crítica al respecto vendrá inevitablemente contaminada por la especial naturaleza del producto. Al ser nuevas entregas de series míticas de la historieta europea –encargadas además a nuevos responsables, tras la jubilación o la desaparición de sus creadores primigenios-, el retorno de ambos será siempre comparado al original.

Precisamente esa curiosidad de los medios de comunicación, iniciada con el anuncio de la designación de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero y multiplicada ahora tras la salida del álbum, hace innecesaria la inclusión aquí de una introducción o una explicación acerca del contexto, del origen o de la personalidad de unos y otros. Han aparecido ya tantas entrevistas, reportajes y reseñas al respecto que determinadas afirmaciones necesarias son ya conocidas (el carácter icónico de Corto Maltés, la identificación en él de determinados rasgos de su creador o el permiso de Hugo Pratt para que alguien continuara sus historias), más en el caso de un personaje tan popular, con casi cincuenta años de historia, y que llegó a dar nombre a una prestigiosa revista en los buenos viejos tiempos de las publicaciones periódicas. Es mejor, pues, ir directos al grano.

Quien busque una versión propia o una modernización del clásico no la va a encontrar aquí. No es esa la intención de los autores, y ya lo han dejado bien claro en sus declaraciones. Tal y como reza el escueto mensaje de la cubierta, juegan con el tablero y las reglas heredadas del maestro. Puede que esa elección resulte a la postre más arriesgada, e incluso que se les exija más que si partieran de cero. Sin embargo la legión de seguidores y los guardianes del orden pueden darse por satisfechos y dormir tranquilos, esta recién estrenada aventura es una más de la colección. Para lograr tal grado de semejanza era necesario contar con alguien como Pellejero, alumno aventajado, discípulo directo del propio Pratt, cuyo trabajo sirvió de innegable inspiración a la hora de dar forma a Dieter Lumpen. Su dibujo elegante, menos tosco, puede que carezca de la fuerza de aquel, pero se ajusta a las mil maravillas a las exigencias de un reto de estas características. Consigue no renunciar a su individualidad (es menos caniffiano, por decirlo de alguna manera) al tiempo que lidia con la herencia gráfica de Pratt, principalmente en la gestualidad, el esbozo de los fondos o el tratamiento del color, en la versión correspondiente, claro.

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Resulta, asimismo, igual de acertado, plantear este episodio –y los que puedan llegar a continuación- como una suerte de capítulo perdido o desconocido dentro de la biografía del (anti)héroe, buscando rellenar huecos entre aquellos períodos y hechos históricos ya suficientemente explotados (el conflicto ruso-japonés o la Gran Guerra), respetando en todo momento la coherencia interna de esa vida imaginaria. Sin ir más lejos, en esta ocasión hará gala nuevamente de sus simpatías políticas (la causa independentista irlandesa, el antiimperialismo) o se reencontrará con viejos conocidos. Rasputín, por ejemplo, en su suerte de eterno resucitado, será el artista invitado, el guiño de complicidad a los viejos lectores. La aparición de Jack London, a su vez, será el detonante de la acción, amén de servir de incuestionable homenaje a uno de los inspiradores de La balada del mar salado. Es habitual hallar, en las páginas de Corto, la presencia de actores históricos reales, que en Bajo el sol de medianoche se multiplican exponencialmente (el boxeador Frank “Paddy” Slavin o el aventurero y espía “Klondike” Joe Boyle, entre otros), puede que para dotar al relato de un mayor –aunque innecesario- verismo. Podríamos seguir enumerando otras constantes de la bibliografía previa, igualmente presentes: la perpetua melancolía, el mensaje humanista, su condición de errante apátrida o su cinismo, rasgo explotado aquí en demasía, hasta llegar a resultar exasperante, y eso que todavía no había visitado las trincheras en el frente del río Somme, por citar uno de los escenarios más desmitificadores de cuantos conoció (en una de las historietas cortas, por cierto, más afortunadas: “Vinos de borgoña y rosas de picardía”).

No obstante ese exagerado respeto argumental e idiosincrático por el patrón, que supongo que para muchos era deseable, yo lo veo como un paso atrás, como una concesión excesiva. La personalidad de Díaz Canales, al contrario que la de Pellejero, se ha diluido en un afán de fidelidad desmedido, un tanto decepcionante. Ha recreado tan escrupulosamente el modelo primigenio que el resultado peca de canónico, no deja espacio a la improvisación, a la sorpresa, al hallazgo fortuito. El respeto por el espíritu y la atmósfera de los títulos precedentes es tal que se corre el riesgo en todo momento de caer en la fotocopia del original. Por supuesto, nadie ha dicho que sea fácil cargar con un bagaje como este; el margen de maniobra es muy limitado y los objetivos marcados muy concretos. Otorgarle una segunda vida a una de las obras más celebradas de los últimos decenios es una tarea compleja que siempre se verá cuestionada, tanto si se elige un camino u otro. Con un poco de suerte la empresa acaba de empezar. Corto está en buenas manos y le queda todavía mucho por decir.

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