Reseñas — 22 septiembre, 2015 at 8:00 am

¡García! 1 (Santiago García y Luis Bustos)

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Santiago García y Luis Bustos). Astiberri, 2015. Rústica con solapas. 16 x 21 cm. 192 págs. B/N y Bitono. 15 €

¡García! fue un proyecto de Santiago García y Manel Fontdevila que, tras años de esperar su momento, los autores decidieron abandonar oficialmente, en 2012. Pero, de un modo parecido a como sucedió con Beowulf, otro proyecto de García, ¡García! ha encontrado nueva vida gracias a Luis Bustos, que es, hoy por hoy, uno de los cuatro o cinco dibujantes españoles si no mejores —siempre subjetivo— sí más en forma. Venía, de hecho, de publicar Versus (Entrecomics Cómics, 2014), un pulso que le echaba al medio, exprimiendo todo su potencial. Estaba en el momento justo para afrontar un proyecto tan complicado como ¡García!, por razones que ahora explicaré.

¡García! tiene al menos dos puntos de partida diferentes. El primero es social y externo al propio medio: pretende ofrecer una lectura crítica del momento que atraviesa el país, no tanto en lo socioeconómico, que también, sino sobre todo en cuanto a la crisis profunda de las instituciones y el descrédito del sistema político emanado de la transición y la constitución del 78. Para ello, García toma una decisión inteligente; no hablemos de hoy, sino de mañana: asistimos a un futuro inmediato más que plausible, un pacto de estado entre las dos fuerzas políticas mayoritarias, que no se identifican directamente con las siglas de los partidos reales, pero son las que son, claro: los «socialistas», que «saben jugar el juego», y los otros, los que Jaime, uno de los personajes más oscuros del libro, llama «el legítimo gobierno, heredero de nuestro caudillo». Las elecciones son inminentes, el gobierno es débil, y todo parece indicar que la nueva izquierda llegará al poder… pero entonces un grupo desconocido secuestra a la candidata liberal, que apodan «la Capitana» y que guarda un perturbador parecido con cierta política de nuestros días.

La segunda premisa de ¡García! es metarreferencial, y remite a un clásico del tebeo español, el archiconocido Roberto Alcázar y Pedrín, la obra que popularizó Vañó y que se convirtió en un mito generacional, un tebeo de aventuras de dibujo irregular pero acción franca, tan sincera y exenta de ironía que su deconstrucción posmoderna parecía muy difícil. Pero en ¡García! no es eso exactamente lo que sucede; es otra cosa.

Porque de entrada el sr. García, el sosias de Roberto Alcázar, aparece viviendo cándidas aventuras enfrentando a hostias a los enemigos de la patria acompañado del contestón Jaimito. Son aventuras dibujadas por Fontdevila, en un bitono rojo y negro que imita el coloreado clásico de cierta época de Bruguera, en las que Santiago García clava el tono de los diálogos y el vocabulario típico de sus personajes. Pero el personaje acaba, por vericuetos de la trama que no voy a desvelar, despertando en el presente —en nuestro futuro cercano, en realidad— tras décadas de sueño criogénico, y el mundo moderno le pasa por encima como una avalancha que tiene que asimilar.

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Ese choque generacional es un aspecto central de ¡García!, y es planteado en términos nada maniqueos, sin caer en la parodia ni ofrecer respuestas simples y demagógicas. Para empezar, sí, García es un fascista, un agente secreto de leyenda que tiene la opinión de los comunistas y socialistas que cabía esperar. Pero eso no significa que no sea un héroe. Y una buena persona. Propone, por supuesto, un modelo de masculinidad desfasado, un galante caballero varonil y fornido, peinado con gomina impecable, traje blanco impoluto… Está tan fuera de época como el Capitán América debería estarlo —y no me parece descabellado pensar que Santiago García tenía la referencia en mente al pensar en su personaje—. Frente a este héroe de una pieza e ideario fascista, tenemos a Antonia, una joven periodista en prácticas, que experimenta en carne propia la precariedad que define nuestra era. Precariedad laboral y precariedad sentimental, que provocan una incertidumbre total respecto al futuro muy preocupante, porque llega en el momento de la vida, precisamente, en el que empezamos a asegurárnoslo. Antonia es de izquierdas, más concretamente de esa nueva izquierda que ya no percibe como tal a la de toda la vida, que busca una ruptura porque siente que se ha llegado a un punto de no retorno. Antonia no duda en llamar facha a un locutor de radio pasado de vueltas, perturbadoramente familiar para nosotros los lectores, pero la realidad es mucho más compleja que esas etiquetas. El enemigo puede ser amigo, el facha puede guardar un pasado anarquista, los políticos pueden ocultar sus intenciones con oscuras intenciones —¡quién lo habría supuesto!—. La trama política de ¡García!, que en cierta forma es un thriller de espionaje que muestra las cloacas del asunto, se instala en una zona de grises donde ideológicamente es complicado encontrar acomodo, y lo hace muy bien, sin recursos facilones, provocando al lector dilemas realmente interesantes. Porque, sí, el sr. García es lo que es, pero cuando se lía a hostias todos aplaudimos, y cuando lo manipulan, sabemos —y queremos— que se armará una buena. La catarsis de la violencia, a veces, no entiende de ideología; ¿el fin justifica los medios? Dicho de otro modo: la alegría primaria, infantil, que nos provoca ver a policías al servicio de sus amos fascistas apaleados por este héroe de una sola pieza, ¿es lícita? ¿Acaso no es eso también una forma de fascismo?

Son preguntas que se deslizan subterráneas durante la lectura, que tiene un ritmo muy medido, con sus puntos álgidos de acción, sus momentos de calma tensa, una caracterización de personajes muy estudiada… Y, sobre todo, una estructura de puro género, con mucha influencia del manga adulto pero también del cómic americano, lo que hace que la crítica sociopolítica sea oblicua, sin subrayados o grandes discursos. Se filtra por la trama y la impregna, está siempre presente, pero sigue siendo una historia de acción. Este tipo de obras son, a mi juicio, muy importantes para ofrecer lecturas de la realidad, para conectar el cómic con ésta sin estrechar sus márgenes, sin tomar el camino único del cómic documental o ensayístico, a la Joe Sacco, para entendernos. El género, el buen género, siempre ha aprovechado sus reglas y sus herramientas para elaborar discurso, para hablar de su tiempo; no es incompatible con la reflexión, a pesar de que, demasiadas veces, en el cómic lo que se ha ofrecido es mero escapismo y fantasías de poder, incluso cuando ha intentado afrontar la geopolítica: pienso en The Authority y su brutal y sencilla solución a los problemas del mundo.

Frente a eso, el género en la era del cómic adulto no puede simplemente limitarse a plasmar las fantasías adolescentes de sus autores y lectores, sino hacer lo que hacen las grandes obras de cualquier medio: cuestionar, hacernos dudar de nuestros principios y permitirnos tomar conciencia de que las soluciones fáciles no existen ni han existido nunca. Pero tampoco significa que se renuncie a la diversión: hay en ¡García! mucho humor, y secuencias que son puro goce estético y adrenalítico, posible gracias a la capacidad multiforme de Luis Bustos, un dibujante que en Versus fue capaz de dar rienda suelta a todo lo que sabe del medio y que aquí sigue en esa línea. Sería un error, creo, pensar que en esta novela gráfica está más contenido; simplemente se adapta al guión y sus necesidades, y está igual de bien, de adecuado, en las conversaciones de café y en los combates, aunque estos sean, como es lógico, más espectaculares.

Es significativo que ¡García! no borre las huellas que lo han llevado a ser lo que es: se trata de un tebeo muy tebeo, que abraza los recursos gráficos y narrativos de su tradición de un modo natural y profundo, sin limitarse al cascarón estético. Mientras algunos autores de cómic adulto sienten la necesidad de alejarse del aspecto clásico de los tebeos y prescindir de sus elementos extradiegéticos para ganar en seriedad, hay otra corriente, más rica, en mi opinión, que busca por el contrario subrayar la especificidad del cómic, celebrar sus recursos únicos y contar las cosas como sólo pueden contarse en uno. Para que esto haya sido posible, para que un tebeo adulto con aspecto de tebeo sea asumido por el público como tal sin problemas, ha sido necesario todo un procesor legitimador, porque, al contrario de lo que piensan algunos, los objetos culturales no tienen una legitimidad natural ni intrínseca, sino que ésta sólo se construye socialmente. Y por eso ahora ¡García! puede sacar pecho y mostrarse como un cómic en el que todo nos indica que estamos leyendo un cómic. Sé que puede parecer de perogrullo, pero no lo es tanto si atendemos a ciertos comic books donde hasta las onomatopeyas son extirpadas para convertir los tebeos —irónicamente— en un verdadero cine para pobres.

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En las páginas de ¡García! encontramos un blanco y negro que obtiene sus gradaciones con tramas de apariencia mecánica, un recurso que Bustos manejó de maravilla en Versus y que ahora perfecciona. Hay cambios de estilo propios de un dibujante capaz de integrar en la narración a todos sus maestros y ser humorístico cuando la situación lo requiere —pp. 21-22, por ejemplo—, pero también dramático. Sabe endurecer la línea para ganar en expresividad, y desatarse gráficamente manchando la página con violencia cuando el sr. García se pone a repartir galletas. Es, de hecho, uno de los dibujantes que mejor manejan la acción en la actualidad. Pero más allá de eso, o de otros recursos como las clásicas gotas de sudor del manga o las líneas cinéticas, hay en el tratamiento de la trama y de la acción una visión decididamente pop y de tebeo: los trompazos, por ejemplo, puro slapstick, las explosiones, las caídad al vacío… Es cierto que aquí sí hay una revisión más o menos consciente, cuando esa violencia propia de ficción provoca una destrucción muy tangible y víctimas mortales, pero todo se mantiene en un equilibrio difícil de conseguir y funciona en su conjunto de un modo engañosamente natural —digo engañosamente porque nada lo es, por supuesto.

El primer tomo de ¡García! deja la trama en un punto perfecto para dejarnos con ganas de mucho más. La conspiración en la sombra, que conecta el pasado de García con la situación actual, puede leerse como un reflejo de la pervivencia del franquismo sociológico, y de todo ese aparato que hoy sigue instalado en las grandes empresas, manejando el poder económico, al margen de las reformas democráticas. Sólo que en la vida real ni siquiera hace falta que exista un Servicio Privado que vele por el statu quo y los privilegios de unos pocos. Tengo muchas ganas por ver el encuentro entre Antonia y García y presenciar el choque entre dos personajes tan antagónicos: un hombre de los de antes, machista y patriarcal, frente a una mujer de hoy, independiente, trabajadora y consciente de las luchas que tiene que llevar a cabo como mujer. Y, por supuesto, tengo muchas ganas de saber cómo resolverán Bustos y García esta trama apasionante que dice de nuestra sociedad muchas cosas, y no muy tranquilizadoras.

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