Reseñas — 28 mayo, 2015 at 9:10 am

El diccionario ilustrado de la democracia española. 1975-2015 (VVAA)

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El diccionario ilustrado de la democracia española. 1975-2015 (VVAA). ¡Caramba!, 2015. Rústica con solapas. 17 x 21 cm. 224 págs. Color. 16 €

Hace casi un año Orgullo y satisfacción hizo aparición. Y supuso muchas cosas: por ejemplo, una revuelta contra los modos tradicionales de la prensa escrita y sus dinámicas económicas, todo eso que atenta contra los principios democráticos básicos pero que hemos aprendido a tolerar porque así son las cosas y si no te gusta vete a [inserte aquí el país que toque esta semana]. También supuso la primera prueba clara y sostenible en el tiempo de que el cómic digital podía resultar rentable, porque sí hay gente dispuesta a pagar por él. Pero la novedad de la que voy a escribir aquí en realidad es la primera publicación en papel de Orgullo y satisfacción: El diccionario ilustrado de la democracia española. 1975-2015.

Si bien la democracia no llegó justo en el año en el que Franco la espichó, sí hay consenso para considerar la fecha como el inicio de la transición. De modo que en 2015 celebramos —aunque en realidad no haya mucho ánimo de celebración en el ambiente— cuarenta años desde el fin de la dictadura. No han sido, ni mucho menos, cuarenta años de inmovilismo, porque la historia nunca se detiene, pero sí parece que ahora es cuando ha llegado una auténtica crisis sistémica cuyas consecuencias no podemos aún anticipar. Y resulta muy significativo que precisamente este Diccionario nos llegue coincidiendo con las primeras elecciones en las que, al fin, percibimos un cambio en la política española, atrancada en el bipartidismo desde la debacle de UCD y el alzamiento de AP, luego PP, como tan bien ilustra el chiste de Oroz (p. 24). Cuarenta años después, ¿qué ha cambiado, qué sigue igual? ¿A dónde vamos? ¿Spain is different o no?

Son preguntas que de manera indirecta responde este libro, por supuesto incompleto, porque no tiene vocación de compendio. Son ideas, términos ordenados alfabéticamente dibujados por todos los dibujantes de la revista. Aunque no se reparten los chistes de forma equitativa, sí se guarda cierta proporcionalidad con lo que encontramos mes a mes en OyS: Manel Fontdevila, Bernardo Vergara Albert Monteys, Guillermo, Manuel Bartual y Mel son algunos de los que más viñetas dibujan. Todas tienen una estructura similar: el chiste gráfico acompañado de unas líneas que lo completa o, en ocasiones, supone el verdadero chiste. Entre las entradas de este diccionario hay de todo, no sólo asuntos políticos: personajes, ocio, sociedad, televisión… Al final el fresco es bastante completo y, me temo, desalentador. El cuadro que muestra este libro es el de un país a medio hacer, un estado que ha ido dejando para luego reformas importantes, que ha aplazado cambios a todos los niveles y ahora está todo manga por hombro, como cuando vas dejando cosas descolocadas en tu cuarto y te dices que ya lo pondrás en su sitio el finde.

Por eso la lectura del libro es demoledora, ácida y hasta un punto oscura. La mala leche desatada de la que son capaces algunos de los mejores dibujantes humorísticos del país no tiene demasiados límites, pero además hay mucha inteligencia en estos chistes, llenos de dobles sentidos y segundas lecturas. Sus autores saben que todo es política, también el ocio, y por eso muchas de las viñetas que a priori podrían parecernos más apolíticos revelan una cara oculta donde reside el análisis más fino: «Destape (el)» (p. 50) de Guillermo o «Cocina moderna» (p. 40) de Fontdevila son buenos ejemplos.

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La visión de la política es evidentemente crítica, pero llueven hostias para todos, desde Suárez a Pablo Iglesias. Lo que sucede es que, como es normal, son los principales causantes de la situación actual los que más protagonismo tienen. Y, en ese sentido, la capacidad para la caricatura es clave. Deformando el rostro de nuestros políticos es como salen a la luz sus verdaderas naturalezas. Y aquí Guillermo es el rey. Lo veo en los últimos meses muy motivado en sus colaboraciones, cada vez más afilado y gracioso, en su propio estilo. «Calvo-Sotelo, Leopoldo» (p. 32), «Guerra, Juan» (p. 77), «Juan Carlos I» (p. 96) y «PCE» (p. 141) son sus mejores aportaciones, en mi opinión. Vergara también toca sobre todo temas directamente políticos, que es donde, creo, mejor se desenvuelve: su entrada de «Rajoy, Mariano» (p. 160) es una de las más brutales de todo el libro, brillantísimo. También tiene chistes muy negros, pero sin duda el más negro es Fontdevila. Lleva un par de meses cultivando un registro oscuro, casi tremendista, excelente. La viñeta de «Violencia (de género)» (p. 145) es escalofriante… pero perfecta. Y lo mismo con «Iglesia católica» (p. 84) u «11-M» (p. 132). Ha entendido Fontdevila aquel mecanismo que animaba a los mejores humoristas negros, desde Chumy Chúmez hasta Ja: si tienes claro quién es el blanco, el chiste puede pasarse todo lo que necesites para violentar al lector y provocarle una reflexión, aunque sea a metafóricas hostias. «Autonomías» (p. 14), «Plural» (p. 142) o «Bancos» (p. 21) exhiben en cambio su faceta más analítica, igualmente interesante. Y es autor, además, de una de las mejores viñetas de todo el libro o, al menos, una de las que más me han hecho reír, «Constitución» (p. 44), que explora otra vía: la desmitificadora, aquella que ridiculiza lo intocable.

Bartual juega a lo que mejor se le da y se queda muchas de las entradas del Diccionario que aluden al cine y a la música, con buenos resultados y algún chiste genial: id a la página 61 y leed el dedicado a Extremoduro, por ejemplo. Paco Alcázar se queda con los conceptos más pop y marcianos y aporta su dosis de insania: «Alaska» (p. 11), «Carlos Jesús» (p. 34) o «Lobatón, Paco» (p. 111) son puro Alcázar, y no hacen concesiones. Y qué decir de Luis Bustos, una de las principales atracciones de OyS todos los meses; en este Diccionario entrega algunas viñetas antológicas, en las que consigue trasladar al mínimo espacio la experimentación gráfica que está caracterizando sus aportaciones a la revista mensual. «Macarena» (p. 114) es hilarante, pero, en su sencillez de concepto, mi favorita es «Dimitir» (p. 51), demoledor.

Monteys por su parte se encuentra en el punto donde se encuentra más cómodo, creo: entre el humor político y el costumbrista. Y en ambos entrega algunas de las mejores viñetas del libro, como por ejemplo «AVE» (p. 15), o «Calatrava (hermanos)» (p. 30), un chiste brillantísimo que no trata sobre los conocidos hermanos humoristas, en realidad.

Incluso algunos dibujantes con los que no conecto a menudo me han hecho reír en este libro. Es el caso de Mel o Malagón —sobre todo con su caricatura de Jiménez Losantos (p. 95). Ágreda demuestra el tremendo dibujante que es en sus viñetas, y junto con Morán haga uno de los chistes más certeros y representativos de la democracia: «Ayuntamientos» (p. 16). Miguel Brieva, en su línea, recrea mundos enteros en tan solo una viñeta. Triz colabora poco pero también deja muestras de su talento, y Alberto González Vázquez también escasea, y hay que decir que la viñeta única no es donde mejor se mueve. Lo cual no impide que sus aportaciones sean buenas y, concretamente, «Verano azul» (p. 193) me parezca buenísima. Y mejor aún es «González, Felipe» (p. 74, donde la literalidad de los dibujos con base fotográfica es la mejor manera de satirizar al expresidente.

El diccionario ilustrado de la democracia española es un libro fantástico que justifica su condición de «especial en papel» de la revista digital. Se lee como un pequeño acontecimiento y contiene reflexiones de varias generaciones que, al fin, pueden mirar atrás y publicar algo tan ácido como esto. Hay un tabú que definitivamente se ha roto en la sociedad española, y ahora el humor tiene que asumir su responsabilidad en ello.

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