Reseñas — 29 diciembre, 2014 at 9:00 am

Nosotros llegamos primero (Furillo)

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Nosotros llegamos primero (Furillo). Autsaider Comics, 2014. Cartoné. 29 x 21,5 cm. 104 págs. B/N. 20 €

Hace poco escribía en esta misma web sobre la recopilación de Ranciofacts de Pedro Vera, y reflexionaba sobre la soberbia del español medio, que nos lleva a refocilarnos en nuestra propia incultura. Cabe preguntarse, ante eso, de dónde procede esa actitud. Seguramente venga de muy atrás, de algún íbero que le dijo al esposo de su hermana algo así como «quita que tú no tienes ni puta idea», pero desde luego se apuntaló y volvió a prueba de bombas en los cuarenta años de dictadura franquista de moral nacional católica, esas cuatro décadas en las que el país, especialmente durante la autarquía, se blindó ante cualquier influencia extranjera política o social: ellos no nos entienden, sus costumbres son liberales y libertinas, la masonería y el ateísmo acechan… El español es valiente, aguerrido y noble, y la gloria imperial del pasado se perdió únicamente porque sus enemigos, que le tienen envidia, hicieron trampas y así no se vale. Pero España es lo más grande. Luego, con el desarrollismo, se nos contaba —y se contaba a los de fuera— que Spain is different y que aquí teníamos democracia pero a nuestra manera, y que los guiris eran tontos y se les podía cobrar la paellita a precio de oro en el chiringuito y venían aquí buscando nuestro sol y nuestro arte y salero.

Toda esa mística xenófoba y carpetovetónica, pero también terriblemente cursi, es la que recoge Furillo con admirable maestría en las páginas de Nosotros llegamos primero. Por edad él no vivió en sus propias carnes la gloria de esa época, pero su estilo es perfecto para ilustrar la cutrez y absurda grandilocuencia desfasada. Furillo bebe del underground americano, de Crumb e incluso, en su entintado y línea, de Jim Woodring, pero por supuesto lo mezcla con una tradición de dibujo satírico muy español: Kim, Pedro Vera… No en vano Furillo lleva años siendo uno de los puntales del TMEO. Su España es tan sórdida que duele, porque se nos antoja real. Franco como caudillo de sofá y mantita, un cursi que se cree sus propias fantasías imperiales y que, alejado de toda realidad, considera que España puede efectivamente ganar la carrera espacial, del mismo modo que le dijo a Hitler que cuando quisiera le ponía un millón de soldados a su disposición. De verdad que Franco se creía esas mierdas, y el resto de militares que aparecen en este cómic se debaten entre el peloterismo rastrero y un realismo cauto que, al final, se ve empujado por las circunstancias. El argumento que imagina Furillo está lleno, por tanto, de esa cutrez tan hispánica, pero al mismo tiempo le permite introducir elementos pulp y de ciencia ficción especulativa. La primera parte de la historia transcurre por caminos muy cercanos a la ficción de espionaje, con los americanos y los soviéticos siguiendo los patéticos pasos de los españoles, y de ese loco científico nazi que es su única baza para poner un cohete en la luna. Aquí tengo que confesar que creo que la trama se mete en una deriva extraña, especialmente en lo que respecta a la espía que encandila a Roberto Buitrago, el castizo héroe, y cómo se resuelve de manera apresurada, como si Furillo viera que por ahí no es. Sin embargo el giro que viene a continuación, cuando el cohete despegue, es maravilloso: un viaje al futuro en el que, más que nunca, los tres españoles aparecen como los monstruos que son. En un mundo hipersexualizado y sin tabúes, los suyos los convierten en celebridades exóticas que pueden hacer auténticas fortunas y follar todo lo que quieran. Los dos compañeros de Buitrago tienen bastante con eso, pero él no puede simplemente olvidar la promesa que le hizo al caudillo: hay que poner la rojigualda en la luna. Esa última parte de la historia tiene un raro tono poético que contrasta con la primera mitad del libro y enriquece sus matices.

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Más allá del argumento hay dos cuestiones que me han interesado mucho de Nosotros llegamos primero —que es, digámoslo ya, una de esas obras con vocación de grande, en la que es evidente que el autor ha puesto todo lo que tiene y cuyo resultado final está a la altura de ese esfuerzo—. La primera es cómo ridiculiza un régimen y una España que Furillo no vivió. Especialmente en lo que respecta a Franco. La ficción española moderna ya puede, más o menos, criticar abiertamente el franquismo, pero el enfoque humorístico me parece que es esencial porque, además de esa denuncia dura y seria que es preciso hacer, el humor provoca algo igualmente importante: la desactivación. Y la manera en la que Furillo retrata a Franco lo desactiva, al tiempo que nos hace ver que el hecho de que semejante tipo llegara a donde llegó nos deja a los españoles en muy mal lugar. Hay una crítica implícita más sutil y seguramente más compleja que en el panfleto al uso, y seguramente tenga que ver con los tiempos que corren y con las influencias de la generación de Furillo. De la siguiente generación son los autores de un fanzine reciente, Baltasar y Franco, donde el caudillo también es desactivado a través de un humor absurdo y situacional que aparentemente carece de carga política, pero que sí la tiene. Pero ya hablaré a su tiempo de esa otra obra.

La segunda cuestión que aborda Nosotros llegamos primero tiene que ver con esa moral nacional católica que mencionaba al principio y que es aquí, como fue entonces, una doble moral hipócrita de manual. Estos tipos a los que se les llena la boca con conceptos como patria, moral y caridad cristiana se pasan las noches poniéndose ciegos a todo y jincando con prostitutas hasta que sale el sol. Buitrago, el íntegro protagonista, el único que cree con cierta sinceridad en la misión espacial, tiene querida, amantes y resume con certera puntería cómo funcionaban las cosas, al hilo de la obligatoriedad de presentar el libro de familia en los hoteles para que accedieran a alquilar habitación a una pareja: «… son medidas para salvaguardar un poco de decencia en la sociedad… Aunque al final la gente acaba haciendo lo que le da la gana (…) En fin, lo contrario sería un sin dios de mil pares de cojones». Y en eso se resume todo, en la imagen que se proyecta,  en el orden público, en que el que pueda —el que tenga dinero— haga lo que le salga de las narices pero con discreción. Y funciona, ¿eh? No se crean. Que se lo digan al campechano.

Pero por supuesto además de todo esto conviene decir que Nosotros llegamos primero es un cómic muy divertido, aunque la risa siempre esté a menos de un paso del asco. Entronca en la tradición esperpéntica genuinamente española y en lo que respecta a la historieta, además de con los citados Kim y Pedro Vera creo que recoge la influencia de Martí, quizás el autor de cómic que mejor supo identificar esa esencia e inocularla en tramas de género. La novela gráfica de Furillo es, lo he dicho antes, una gran obra, de dibujo excelente y un cuidado por los detalles que hace que me sorprenda más el principal problema que le he visto: la rotulación, irregular y temblorosa, con un espacio entre palabras francamente incómodo en la lectura. Obviamente no es un tebeo al que le pegue una rotulación mecánica estándar a lo cómic de Marvel, pero una rotulación manual un poco más clara y ajustada habría sido de agradecer. Sin embargo, no impide que sea una lectura fantástica, uno de los mejores cómics españoles de este año que está a punto de acabar y, sobre todo, un tebeo de nuestro tiempo.

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