Opinion — 24 diciembre, 2014 at 9:00 am

FIRMADO MR. J (XXX) Vida en tierra quemada

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conan

Las crónicas de Conan n.º 23 (Jim Owsley, John Buscema y Ernie Chan). Planeta, 2014. Cartoné. 248 págs. 25 €

A pesar del sincero respeto que siento por escritores como Michael Fleisher, Bruce Jones o J. M. DeMatteis, considero que su paso por las distintas cabeceras de Conan el cimerio, allá por los años ochenta, fue nefasto. Estos y otros desdibujaron el rico tapiz recreado por Roy Thomas para los cómics (a partir del original de Robert E. Howard y los posteriores pastiches literarios) y lo llevaron a una monótona sucesión de historietas basadas en la fórmula: bárbaro-mata-monstruo (o en su defecto, brujo), bárbaro-salva-chica, muy en sintonía con la reducción neuronal del personaje operada por las versiones cinematográficas de Arnold Schwarzenegger. Leyendo aquellos tebeos insulsos, uno llega a comprender que lo que provocó el fin de la era Hiboria no fueron las guerras, catástrofes climáticas o movimientos migratorios de sus habitantes, sino el simple y llano aburrimiento.

            Sin embargo, a mediados de 1985, y sin hacer el más mínimo ruido, el joven guionista Jim Owsley (Queens, 1961) llegó a Conan the Barbarian. Owsley llevaba ya unos años trabajando como asistente editorial de Larry Hama, el editor (por aquel entonces) de las publicaciones de Conan en Marvel, y su estrategia con el bárbaro fue clara: si la fórmula está gastada, cambiemos de fórmula. Al igual que todos los que siguieron a Thomas, Owsley se pasó por el forro el original howardiano, pero, a diferencia del resto, logró escribir un conjunto agudo y coherente. Su intervención se basó, primero, en la continuidad, pues renunció a las historietas autoconclusivas y enlazó argumentos para componer una imagen más absorbente, amplia y compleja. En segundo lugar, enriqueció la serie creando numerosos personajes secundarios, tanto compañeros del héroe como villanos, a los que pudo aplicar los puntos de giro que no cabían al icónico protagonista. El resultado está tan alejado de las rutas hiborias como puede imaginarse, pero es convincente y muy entretenido. Como señaló Francisco Calderón en una antigua carta publicada por Mariano Ayuso en La Espada Salvaje, el Conan de Owsley es un “mutante invencible y frío, con su correspondiente grupo de supermuties (la serie se debió llamar Conan-X)”. ¿Es acaso un reproche? Calderón añade: “reconozco que este hizo que la saga alcanzase un nivel de calidad bastante decente”.

            Los dos primeros episodios de Owsley aparecieron en el tomo 22 de Las crónicas de Conan, y este 23 recién publicado contiene nueve más: los números 174 a 181 de Conan the Barbarian (septiembre, 1985-abril, 1986) y el Annual 10 (1985). La mayoría de ellos están dibujados por John Buscema con acabados de Bob Camp, Pablo Marcos y Ernie Chan, y el propio Chan dibuja un par de historietas. El culmen de la etapa de Owsley, que duró unos tres años y medio, vendrá algo más adelante, con la llegada del dibujante Val Semeiks, pero ya desde aquí se nota claramente el revulsivo. Los nuevos lectores de Conan y los nostálgicos están de enhorabuena, nos adentramos en una de las mejores etapas del personaje en Marvel en ausencia de Roy Thomas.

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