Reseñas — 20 agosto, 2014 at 12:56 pm

Aquel verano (Mariko y Jillian Tamaki)

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Aquel verano
Aquel verano (Mariko Tamaki y Jillian Tamaki). La Cúpula, 2014. Rústica. 15 x 21 cm. 324 págs. Bitono. 24,90 €

En una entrada titulada “Una sensación desconocida”, fechada el 18 de marzo de 2010, Santiago García comentaba en Mandorla, su blog, que “después de pasarme toda la vida sintiéndome obligado a que me gustaran todos los tebeos buenos que se publicaban, por pura militancia, ahora por fin puedo renunciar a tebeos realmente buenos porque, sencillamente, no me interesan. Por mucho que sean tebeos. Eso por sí sólo ya no va a hacer que me interesen, como no me interesarían si fueran una película o una novela”. Esa impresión, además de resultarle totalmente novedosa, la consideraba una buena noticia: habíamos llegado a un punto (donde seguimos) en el que no todos los tebeos reconocidos fuera del ámbito de los lectores habituales, que, por cierto, van creciendo en número (los tebeos, no los lectores), debían ser del agrado de estos; sólo por ser aficionado a ellos, y un enamorado del medio, no tenían porque gustarte todos aquellos títulos alabados desde dentro y fuera de la industria. Él lo comentaba a propósito de Rosalie Blum, de Camille Jourdy, pero a mí me pasó lo mismo con, entre otros, Skim, la primera obra de las primas Mariko y Jillian Tamaki. Rodeado de cierto eco mediático, aquel debut fue bastante bien recibido, entró en la lista de recomendaciones de The New York Times y se llevó asimismo un premio Ignatz a la mejor novela gráfica independiente del año. Las razones, supongo, radicaban en el tema (las dificultades de la pubertad), la palabra (narradora omnisciente, quien incluso compartía con nosotros sus monólogos interiores) y la estética (un blanco y negro estilizado, sumamente serio).

Seis años después deciden abordar en Aquel verano un nuevo episodio de iniciación adolescente trufado de desengaños, descubrimientos y sinsabores, utilizando los que parecen, en principio, los mismos ingredientes: las relaciones familiares, las amistades que parecen eternas, las dudas acerca de la identidad sexual o el enamoramiento. Sin embargo, para empezar, cambian el escenario (del instituto a las vacaciones estivales, ya que esa calurosa estación siempre ha sido muy propicia dramáticamente para los tránsitos hacia la madurez) y rejuvenecen a sus protagonistas, lo cual supone, y aquí viene la metáfora facilona, un soplo de aire fresco. Y no es broma. Puede que Rose y Windy, las cabezas de cartel de Aquel verano, por contar con un par de años menos que Skim y su amiga Lisa, no hayan perdido todavía su sentido del humor ni su capacidad para sorprenderse, unas virtudes que rebajan la gravedad del discurso, aligerándolo. La intrascendencia y la levedad en el tono narrativo son, sin duda alguna, sus mejores bazas y sus mayores atractivos, sobre todo porque deciden no cargar las tintas en los rincones trágicos del relato. Las cuestiones delicadas son mostradas a retazos, al mismo ritmo que las descubren los personajes. Y pese a que las situaciones aquí descritas son igualmente complejas a las de Skim, las Tamaki renuncian en esta ocasión a engolar la voz y optan por sonar sinceras, naturales, no impostadas.

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Lógicamente, por pura coherencia, el dibujo de Jillian también ha tenido que evolucionar, adaptándose a la entonación escogida. La forzada elegancia de aquellas figuras esbeltas de su anterior trabajo, de aquellos rostros que (me) recordaban en cierto modo a François Boucq, un tanto antipáticos, dan paso a perfiles relajados, sin perder interés en el detalle. El agradable trazo, bitonal en azul y blanco, se simplifica para presentar un grafismo sencillo, aunque eso no signifique caricaturizarlo en exceso. La forzada gracilidad y el estudiado diseño de antaño se torna aquí improvisación y auténtico movimiento, con líneas cinéticas, con onomatopeyas, con una secuenciación que deja de lado los textos de apoyo (que los hay, pero justos y necesarios) y asume la responsabilidad de conducir la historia hasta el final. Es cierto que en el aspecto narrativo no arriesga en exceso en sus planteamientos, manteniendo una estructura bastante conservadora, si bien con algunos hallazgos destacables como la ausencia de fondos en los momentos más desoladores, esos bocadillos inaudibles que se cuelan, llorando, por la ventana entreabierta, o las numerosas escenas acuáticas. Los silencios están muy bien aprovechados, aportan ritmo a la lectura, y tienen sentido, no son mera poesía visual para llenar viñetas.

De resultas de dichos (acertados) cambios de rumbo, tenemos un libro la mar de entretenido, menos ambicioso y literario que su predecesor, que no obstante llega mucho más lejos. El contraste entre el comportamiento, las ansias y los quebraderos de cabeza de los adultos por un lado y de las menores por otro, o entre ellas y los muchachos que rozan ya la mayoría de edad, se explota con acierto, asumiendo todos ellos una corporeidad que los aleja de las meras comparsas que eran los secundarios que pululaban por las páginas de Skim. La personalidad de las dos niñas está mejor definida a partir de sus acciones, de sus reacciones, de sus gestos, que todos los fragmentos literales copiados de un diario personal, que era la fórmula elegida en la primera obra de las Tamaki. Por todo lo dicho, parecerá que Aquel verano sólo gana interés en contraposición con Skim, y no es así, ni mucho menos. Posee entidad por si mismo, y es, sin dudad, un retrato excelente de lo que emocional y sentimentalmente entendíamos por verano cuando éramos algo más jóvenes.